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Un piano exquisito para una voz maravillosa

Tommy FlanaganEl pianista Thomas Lee Flanagan (o, simplemente, Tommy Flanagan) quedó en la historia del jazz principalmente por las actuaciones realizadas junto a la cantante Ella Fitzgerald durante los años sesenta.

En efecto, estuvo al lado de la vocalista en dos etapas. La primera fue de apenas dos años (entre los años 1963 y 1965), mientras que la segunda inició arrancó en 1968 y se prolongó durante toda una década.

Incluso, entre las tantas actuaciones que realizaron juntos, quedaron inmortalizadas las realizadas en el prestigioso Festival de Montreux en 1975 y 1977. Los discos, ambos para el sello Pablo (perteneciente al productor Norman Granz), se denominaron “Montreux ‘75” y “Montreux ‘77”.

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Un austríaco muy porteño

Miklin y Quinteto ArgentinaKarlheinz Miklin es austríaco, tiene 67 años y es doctor en historia y literatura, aunque sus mayores energías las destina a otras actividades. Saxofonista desde pequeño, supo hacerse un camino en el jazz cuando nadie sabía de qué se trataba esa música en su país.

Y, como no le alcanzaba con tocar ritmos ajenos a su cultura, decidió hacer algo aún más complejo: tocar latin jazz. Esto fue luego de conocer a un grupo de argentinos con los que aprendió mucho de nuestra tierra y del idioma (aunque asegura que lo hace como Tarzán). Hoy, 30 años después, convirtió en una costumbre salir de gira con su “Quinteto Argentina”.

Antes de la presentación que realizará junto a Gustavo Bergalli (trompeta), Marcelo Mayor (guitarra), Alejandro Herrera (contrabajo), Quintino Cinalli (batería) y Mario Gusso (percusión) en el Centro Cultural San Martín el próximo martes 2 de septiembre, Miklin se tomó unos minutos para contestar unas preguntas a Animales del Jazz.

¿Cuándo comenzó con la música y cómo fue que llegó al jazz?
Comencé con la música antes del primario. Mi padre era músico autodidacto bueno, y en mi casa había acordeones, bajo, guitarra. Mis primeras clases “oficiales” fueron a los 12 años en piano en el conservatorio Klagenfurt, cuando estaba en el secundario. A los 13 años empecé con un saxo que me presto un amigo de mi padre. A los 14 ya tocaba en los bailes (soy paisano, y en los pueblos a fines de los ‘50 y principio de las ‘60 se podían hacer…). No recuerdo como llegue al jazz, esta música casi no existía en ese tiempo.

¿Quiénes fueron sus referentes dentro del jazz?
El primer concierto al que fui en vivo fue “Papa Bue´s Viking Jazz Band” de Dinamarca. El dixieland formaba parte de la programación de música popular en la radio. Cuando empecé a estudiar mis referentes eran Dexter Gordon, Charles Lloyd y después John Coltrane y Miles Davis. Cuando tocaba con “Los Argentinos” me conectaron con músicos como Wayne Shorter y Joe Henderson que eran muy populares en este periodo (hablo de principio de los ’70). En mi opinión no hay saxofonistas con este súper nivel después de ellos dos. También tocamos free jazz en esa época.

Menciona a “Los Argentinos”, ¿en qué consistía este proyecto y quiénes lo integraban?
Para finales de 1970 de causalidad en un conjunto con cuatro argentinos que tocaban en Europa -música de baile- pero tres de ellos eran muy buenos músicos de jazz, mucho mejor que yo en ese tiempo. Eran “Gato” Zemma (piano y órgano), Hernán Sánchez Reinoso (guitarra y bajo) y Alberto Canonico (batería). Con ellos aprendí mucho más de la música que antes como estudiante. Toqué con ellos casi tres años, y volví a Graz (Austria) cuando nació mi segundo hijo (con el primero y su madre estuvimos de gira juntos y él toca actualmente la batería en mi trío)

¿Cómo surgió la idea de compartir escenario con músicos argentinos?
En 1984 ya era conocido como músico de jazz -había sido elegido como músico de los años 1983 y 1984- y recibí una invitación para venir a tocar en “Mar del Jazz”, donde tocaba entre otros con Kike Sanzol y Bucky Arcela. El gran “Nano” Herrera me escuchó y me presentó a los mejores músicos de jazz de esa época (Jorge Navarro, Jorge “Negro” González, Alfredo Remus y “Pocho” Lapouble, etc.) para que toquemos. Después de tocar con ellos una entrada en “Jazz y Pop”, se me ocurrió la idea de invitarlos a Austria. Como yo era el decano del “Departamento de Jazz” en Graz, les organicé una clínica allá y como yo ya era conocido, pude organizar una gira de tres semanas. Así vinieron en el otoño de 1984 e hicimos la gira con gran éxito, donde grabamos el primer disco, que en aquel momento era LP (“Pasando”).

La lista incluye a varios músicos de la talla de “Pocho” Lapouble, Ricardo Lew, Jorge Navarro, Jorge González, Alfredo Remus, Kike Sanzol, “Cacho” Tejera, Gustavo Bergalli, Francisco Rivero y Javier Malosetti, entre otros… ¿Existió un proceso de selección o fue afinidad con la forma de tocar de cada músico?
Como escribí antes, empecé con Navarro, Remus y Lapouble. En 1986 grabamos un disco en Buenos Aires (“Carlitos”). Allí conocí al percusionista “Cacho” Tejera y tocamos la siguiente gira en cuarteto. Desde ese momento nos dedicamos a latin Jazz. Antes tocábamos más o menos la mitad latin y el resto jazz “puro”. En 1989 pude invitar también a Ricardo Lew y, desde ese año, se convirtió en el “Quinteto Argentina”. Por supuesto cambiaron mucho los músicos. En 1990 tocaba con trompeta en vez de piano (Navarro y Lew no pudieron viajar mas, por el éxito de la “Banda Elástica”, así entró Gustavo Bergalli). Él está todavía en el grupo como Marcelo Mayor (guitarra) y Alejandro Herrera (bajo), que empezaron las giras en 1992 y tocaron en todas las giras después de ahí. Cuando falleció “Cacho” Tejera (la buena alma del conjunto) vino “Pocho” Porteño a una gira y, desde 2006, está Mario Gusso en la percusión. Después de la muerte de “Pocho” Lapouble tocó Luis Ceravolo, y ahora empezó a tocar Quintino Cinalli. La mayoría de los cambios no elegí hacerlos (soy un bandleader muy “fiel”, y no cambio mucho), sino que pasó por otras razones. Y por supuesto, al cambiar los músicos, también fue cambiando un poco la “onda” de lo que tocábamos.

¿Está en contacto con el ambiente local de jazz? ¿Qué agrupación o músico de la actualidad le gusta y recomendaría?
Lamentablemente no conozco mucho del ambiente local. En los años 90 tocaba con Horacio Larumbe o “Baby” López Furst, el “Negro” González... y conocí a músicos como “Fats” Fernández, Junior Cesari, Walter Malosetti… En este tiempo había muy pocos músicos jóvenes. Me alegra mucho que ahora se encuentren muchos músicos primer nivel. Por ejemplo, toque una vez con Oscar Giunta y escuchaba a algunos otros muy buenos. Tendría que estar más tiempo acá para conocer más, pero no me da…

¿Puede rescatar alguna anécdota de las giras realizadas por Europa con alguno de los grupos con los que se presentó a los diferentes eventos?
Bueno, hay anécdotas que no se pueden contar… No, sin broma, hay muchas, pero no hay lugar. En general tocar con este grupo fue siempre muy divertido para mí, es otra onda en muchos aspectos, el grupo tuve un éxito bárbaro y es muy conocido allá. En verdad, me cambiaron un poco, pero también yo los cambié a algunos de ellos un poco. Jorge Navarro me dijo, cuando escuchaba por primera vez el primer disco: “Esta música no existía antes, tocamos onda latin pero muy, muy libre, jazzístico y abierto y con tu voz se mezcla en algo nuevo”. Bueno, no está mal, si un músico de primera piensa así…

¿Cuáles eran las expectativas que tuvo al ser invitado al festival “Mar del Jazz” en 1984 y cuáles las que tiene ahora que celebra 30 años con este proyecto?
Cuando vine en 1984 tenía una expectativa completamente falsa de la Argentina, a pesar de haber tocado tres años con argentinos antes (medio lento se puede decir). Como eso pasó justo después de la época de los militares, todo el país estaba en el cielo, y esta alegría se me contagió completamente. Casi no quise volver. Me parece que es una de las razones más importantes por la que me dedique tanto a este país y sus músicos. Ahora ya pasaron 30 años, y por supuesto cambió mucho, pero conozco la ciudad y el ambiente más o menos. No obstante, siempre vuelvo con muchas ganas y la risa y la joda empieza desde el primer momento. Una buena razón, aparte de la música, para seguir con esto.

Recibió una distinción del Consejo Deliberante como “Visitante Ilustre de Mar del Plata y Esteban Echeverria”. ¿Qué representó ese premio para Usted?
Claro que eso representa mucho para mí, no es tan común recibir algo así en un país tan lejos de la patria. Recibí premios (awards) muy importantes en Austria, pero esto es otra cosa.

¿Cuáles son los planes de acá al futuro?
Por empezar, me voy a Santiago de Chile el miércoles antes de volver a casa. En el otoño sale un CD de una grabación que hice con el cantante mundial Mark Murphy en 1996, donde puso letras a dos temas míos y del excelente pianista Fritz Pauer. (“Shadows” Mark Murphy feat Karlheinz Miklin, Fritz Pauer, TCB 33802).
En marzo saldrá otro CD del trío que tengo con el suizo Heiri Kaenzig (en el trío tocó durante muchos años el gran Ron McClure) en contrabajo y la leyenda Billy Hart en la batería, uno de los mejores bateristas del mundo (elegido recientemente por la “Association of Jazz Journalists” como mejor baterista 2013, con toda razón). El CD se llamará “Encore” TCB (con Billy llevo 27 años de cooperación y muchos discos, es un privilegio para mi que le guste tocar conmigo durante tanto tiempo). Haremos una tour para presentarlo. En octubre haremos la gira con el “Quinteto Argentina” en Austria, Italia y Croacia. Después tocaré unos conciertos solo (hay un CD que grabé en una iglesia) y me esperan conciertos con mi “Double Trio” (dos bajistas y dos bateristas, muy divertido y fuerte). Toqué en South Africa hace dos meses e hice nuevas conexiones, por lo que parece que volveré, lo mismo que en Brasil, donde toqué con Sizao Machado (bajo) y Bob Wyatt (batería), con los que tengo la misma onda y queremos seguir. Y por supuesto la enseñanza (viene mi último año como profesor, lo voy a extrañar). Bueno, el viejito todavía está en la carrera.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Tristes parches: el adiós de Chico Hamilton

imagesEl pasado martes 26 de noviembre, falleció a los 92 años en la ciudad de Nueva York el gran baterista norteamericano Foreststorn “Chico” Hamilton.

Su carrera musical se inició en una banda en la que compartió escena con otros grandes talentos del género sincopado: Charles Mingus, Illinois Jacquet, Dexter Gordon, Enrie Royal, Buddy Collette y Jack Kelso.

Luego, llegaron otros nombres que, en aquel entonces, ya eran verdaderas estrellas. Ocurre que también formó parte de las bandas de Lionel Hampton, Count Basie, Billie Holiday, Nat King Cole, Duke Ellington y Lester Young, por mencionar algunos.

No obstante, su nombre es sinónimo de cool jazz y se convirtió en uno de los referentes indiscutidos de esa movida que nació en la década del ’50 en la costa oeste de los Estados Unidos. Además, supo marcar diferencias a la hora de amar sus propias bandas.

Tal es el caso de su insólito quinteto formado en 1955 en el que incluyó instrumentos pocos comunes en el género, como ser el violoncello (Fred Katz) y una flauta (Buddy Collette), a los que sumó una guitarra (Jim Hall) y un contrabajo (Carson Smith).

Junto con Shelly Manne, Hamilton fue sinónimo del estilo de batería del oeste. Y, tal como lo define Joachim Berendt en su libro “El Jazz – De Nueva Orleáns al Jazz Rock”, Chico toca un “Jo Jones de la costa occidental”.

Y, si se tiene en cuenta que sus solos más emblemáticos fueron los que incluyó en los temas “Drums West” y “Mr. Jo Jones”, podría decirse que Berendt no está del todo desacertado al mencionarlo de esa manera. Incluso, el mismo Hamilton afirmó que Jones fue su mentor.

El camino del cool lo había iniciado como “miembro fundador” del cuarteto que Gerry Mulligan integró en 1953, y continuó como líder de sus propias formaciones donde una de sus características más sobresalientes fue la capacidad de detectar grandes músicos.

Algunos ejemplos de ello fueron el clarinetista Eric Dolphy y el contrabajista Ron Carter que formaron parte de su quinteto a fines de los años ’50. Luego, ambos se convirtieron en estrellas indiscutidas.

También se puede mencionar el aporte que hizo en el cine, con la musicalización de la película “Repulsion” de Roman Polansky y su aparición el film “Sweet Smell of Success” del productor James Hill.

Su legado perdurará en su extensa discografía (que incluyen más de 60 títulos) y habrá un poco de Hamilton en los músicos que reciben sus enseñanzas en el Programa de Jazz y Música Contemporánea de la New School University, aquel que Chico ayudó a crear y en el que se desembolvió como profesor.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Adiós a George Duke, el sintetizador y la fusión del jazz

george duke

El pasado 5 de agosto falleció el pianista y compositor George Duke, conocido por introducir sintetizadores en el jazz y lograr grandes fusiones del género con el rock y el funk.

Nacido en San Rafael (California – Estados Unidos) el 12 de enero de 1946 y con sólo cuatro años ya sabía qué quería hacer: tocar el piano como Duke Ellignton.

George mismo contó que a esa edad su madre lo había llevado a ver un espectáculo del músico y salió realmente convencido de lo que iba a hacer en el futuro. Incluso, a los siete años comenzó a dar sus primeros pasos con el instrumento.

Su primer contacto con el funky llegó de la mano de la iglesia bautista local. Duke afirmó que “ahí es donde empecé a tocar funky”. Sin embargo, también se vio hipnotizado por el soul-jazz de Miles Davis.

Ya con 16 años formaba parte de varias bandas estudiantiles y unos años después (en 1967) recibió su título de bachiller en música. Pero su instrucción musical no se quedó allí, sino que continuó en la Universidad Estatal de San Francisco.

Por aquellos años se unió al cantante Al Jarreau (mucho tiempo antes de que ganara Grammys a lo loco) y musicalizaban las noches del Half Note Club de San Francisco, excepto por los lunes, que se cruzaba al The Both/And and I donde compartía escenario con Dexter Gordon y Sonny Rollins.

Sin embargo, su explosión como artista llegó primero cuando formó el George Duke Trío con el violinista Jean-Luc Ponty. Con él apareció en el Festival de Jazz de Newport y en 1969 tocó en el Thee Experience.

Entre el público del lugar estaban dos personas que marcarían su vida: Frank Zappa y Julian Cannonball Adderly.

Con el primero formó parte del Mothers of Invention en 1970 y, con posterioridad, se reunió con él en 1973.

Fue en 1970 cuando Cannonball le ofreció trabajar para su banda y George no pudo decir que no. Allí también tuvo la oportunidad de compartir espectáculos con grandes del jazz, como Dizzy Gillespie.

El año 1976 encontró a un Duke más asentado y en solitario, realizando trabajos con el baterista Billy Cobham, con quien comenzó el camino de la fusión y con el que grabó From Me To You.

A fines de los ’70, había comenzado su carrera de productor y en la década siguiente siguió trabajando en el detrás de los discos, al tiempo que se animaba a la mezcla del jazz con la salsa.

Ya en 1992, España lo recibió como director musical del festival de guitarra más grande de la historia, que contó con artistas de la talla de George Benson, Stanley Clarke, Larry Coryell, Paco de Lucía, Rickie Lee Jones y John McLaughlin.

Recibió nominaciones a los Grammy por producciones como la recordada “We are the World” y con “Sweet Baby”, al tiempo que fue nombrado “tecladista del año de R & B” por la revista Keyboard en dos ocasiones consecutivas.

Realizó trabajos de musicalización para Disney en varias oportunidades y fue productor de varios discos de Miles Davis.

Los últimos años de su vida los pasó grabando y de gira con su banda, mientras combatía con una leucemia linfocítica crónica. Fue su agente Mike Wilpizeski quien informó el triste desenlace.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Jack Kerouac y el bop

Jack Kerouac“Quisiera preguntárselo todo, pero no puedo, no sé cómo hacerlo, qué es ese misterio de lo que quiero de ti, qué es el hombre o la mujer, el amor, qué quiero decir con amor; por qué debo insistir y preguntar, y por qué me voy y te dejo” – Los Subterráneos, 1958.

Kerouac nace en Massachusetts pero su hogar y fuente de inspiración termina siendo toda la extensión asfaltada (o no) que pueda recorrer por tierra. Su escritura es el andar desorganizadamente estructurado del bop. Un subir y bajar frenético por carreteras sin detenerse jamás. Como si fuesen protagonistas de una relampagueante escala sus personajes fluyen como notas al pasar una melodía: vertiginosos, sudorosos, febriles. Van y vienen. De una punta a otra viven sus sentimientos intensamente, tan a flor de piel que terminan desgarrándolos. La improvisación va variando según la estructura armónica. Sus ideas, una melodía en un tempo acelerado. La rebeldía de toda una generación y dos dicotomías: el laberinto social que transitaban los jóvenes y el rompimiento definitivo con el swing de etiqueta en lo musical.

Una juventud que creció en la Gran Depresión y se ve inmersa en las grietas de una sociedad quebrada a punto de desmoronarse por completo. Kerouac lo retrata con simpleza y gestos mínimos que transmiten vida a los pasajes y hace que podamos sentir esa mezcla entre tristeza, melancolía y soledad que está impregnada durante toda su obra. Como un blues etílico en alguna cantina perdida. Las ciudades se alinean demacradas y todos los submundos marginales conviven en estas. Nueva York, Chicago, San Francisco, Denver. Submundos que conviven a los tumbos. De costa a costa adictos, mujeres, trabajadores, vagabundos, poetas, músicos, estudiantes, más mujeres, más adictos, viven vidas volátiles que terminan ardiendo en llamas y perdiéndose en el cielo nocturno, enviciado como pocos y como muchos otros.

Clubes, bares de mala muerte, casas de putas, autostop, teatros, moteles, sótanos, más bares, apartamentos de 1,2,3,4 ambientes, se presentan infinitos para descubrir la esencia de la vida, eso que flota espeso en el aire y solo tenemos que movernos un poco para alcanzarlo. Viajando, hablando, viviendo. La cerveza, la marihuana, la bencedrina, las anfetaminas y demás sustancias de turno que sirven como catalizadores en estos actos ardientes de descubrimiento e interacción. Personajes que giran noche y día entre autos, charlas, miradas, cuerpos y comida. En ciudades profanas sin esperanza, sin desarrollo.

El sexo que une, que separa. Para luego unir. El sexo como motor. El sexo como combustible. Todo espontáneo, todo improvisado. El deseo es guía. Cada cual se junta con quien quiere, con quien desee. Deseo por conocer la verdad, deseo por lo desconocido también.

“Nada de intervalos que rompan las estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos comas y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso” – En el camino, 1957.

En los callejones de las mismas ciudades se respira individualismo experimental. La virtud está harta de la voluntad ajena. Los brillantes músicos de las Big Bands sienten la opresión de las melodías y del europeísmo en su música: esas pocas intervenciones y la monotonía ensayada hasta el hartazgo. Buscan devolverle lo pagano al jazz. Lo negro que fue perdiendo en cada. Se suben a escenarios del bajo mundo dejando los grandes teatros de lado para expresarse y profesar lo que en esa década más llamaba la atención: la libertad. Una libertad que en la música se presenta como un frenetismo creativo: sinfines de notas en solos eternos. Prolongaciones del alma inquieta. Duelos de tenores. Trompetas que chillan, escurriendo el bronce. Manos que pasean su deseo por teclas, cuerdas y pistones. Bares abarrotados de gente: intelectuales, vividores, gente de ciudad. Solistas tocando toda la noche sobre acompañamientos sincopados a una velocidad hipnótica que parece haber estado esperando décadas para encontrar sus canales. Feroces y hambrientos como una erupción surgen Charlie Parker, Dexter Gordon, Max Roach, Monk y Dizzy Gillespie devastando todo los parámetros que tienen a su paso y rompiendo las barreras ideológicas dentro de la música. Mingus, Art Blakey, Coltrane, Billy Eckstine. El renacimiento de lo experimental. Vuelve lo negro al jazz.

Frecuentemente, tan experimental que no quedan registros grabados de sus creaciones por la falta de interés de las grandes compañías y lo poco “comercializable” que era este estilo. Tiene rasgos muy personales: un fraseo asimétrico, poca relevancia a lo rítmico y las transiciones desde lo grave a lo agudo, de lo agudo hasta lo inexplicable. No se baila, todos buscan sentirlo. Todos buscan en los rincones más marginales para consumirlo. El humo, las historias, la libertad, el fanatismo, la velocidad, la búsqueda constante hacen al bop un fruto de las ciudades. Va cultivándose como un estilo de vida, con un argot propio, una forma de vestir, de saludarse. Esa concepción sucia del jazz que se mezcla con matices típicos de la vida urbana: autos que circulan constantemente, luces que iluminan esquinas a medias. Jóvenes envalentonados por el trago son aún más jóvenes, viejos sabios tambaleándose embriagados de vida. La poesía y la basura (cadáveres de nuestro consumo). El Hot de la Costa Oeste y el Cool de la Costa Este.

Los beatniks, el bop, los hipsters, los errantes, los que todo lo saben, viven y conviven en los Estados Unidos de los finales de los 40 y principalmente los 50 convirtiendo las ciudades en escenarios gigantes y noches interminables. Fumando las colillas de la calle, Kerouac escribe como un gran solista bop: inmaculado, poderoso y fugaz. Sincronizando lo que vive con lo que escribe. Sus inspiraciones, sus ardientes deseos de conocer. En una gran poesía larga y tendida. Un solo con miles de notas yendo y viniendo por una armonía profunda y llena de búsqueda.

Joaquin Cruzalegui
Blog: La ciudad desde el arte

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