Uno de los músicos que más aportó al jazz fue Charlie Parker.

Basta recordar que -junto con Dizzy Gillespie, Max Roach y Thelonious Monk– fue uno de los creadores del bebop, como para confirmarlo.

Aunque existen muchas otras muestras de su talento, que exceden las magnánimas noches del Milton’s Playhouse de la década del ’40, ya que su grandeza era reconocido por artistas y críticos por igual.

Por ejemplo, Harold Baker, trompetista por más de dos años en la banda de Duke Ellington, afirmó que Bird (tal como se lo conocía) era el único que podía tocar la misma melodía dos o tres veces más rápido que cualquier otro músico.

En tanto que Miles Davis (otros de los grandes del género) fue contundente al hablar de él: “Louis Armstrong y Charlie Parker, esa es la historia del jazz”, disparó.

Sobre el escenario, era un verdadero showman. Porque no sólo demostraba su talento, sino que además, se encargaba de hacer chistes tras cada acto.

Y era capaz de poner en el intervalo un espectáculo horroroso. “Luego de que terminen, van a pedir a gritos que regresemos”, se justificaba. Como si hiciera falta algo malo para escucharlo nuevamente.

Pero, en su vida privada, parecía que el genio que poseía se diluía con cada acto.

Nunca fue un virtuoso para los negocios, y no sólo eso, sino que cada vez que pudo ganar un billete, lo despilfarraba con sus amigos. Era capaz de invitar todas las rondas de una juerga, como si le sobrara el dinero.

Tampoco tenía una relación carnal con sus instrumentos. Muchos son los que les ponen nombres, los cuidan, los arreglan y buscan cada tanto hacerles aquellos cambios que les sirvan para hacerlos sonar de un modo único.

Sin embargo, a Bird no le interesaba. Incluso, muchas veces los empeñaba para saciar sus vicios. Otras tantas lo extraviaba en algún lugar o los olvidaba en los trenes. Es que podía tocar con cualquiera por igual. Tenía tanto talento que hasta hizo sonar un saxofón de plástico del mismo modo que uno de bronce.

Como muchos artistas de la época, Parker tuvo serios problemas con las drogas y con el alcohol. Un paso por el Hospital Camarillo da cuenta de la gravedad de su situación. Ya curado, creó Relaxin at Camarillo:

La única razón por la que Bird no realizó otros temas iguales fue porque no era un artista que se repitiera una y otra vez. Si bien salió perfecto del hospital, su salud comenzó a quebrantarse.

Esas irresponsabilidades lo convertían en un niño descuidado, que lo único que buscaba era un poco de cariño. “Basta con un suave aplauso”, solía decir cada vez que terminaba de tocar.

Los vicios siguieron, la plata siempre faltó, y sin dinero para pagar el tratamiento de su hija, Parker tuvo que enfrentarse a la muerte por primera vez en años: la pequeña Pree murió de neumonía en 1953.

Luego llegaron los intentos de suicidio. Para aquel entonces, ya no era el mismo Bird. Su vida era un infierno y no quería tolerarlo. Todo 1954 fue destinado a girar de un hospital a otro.

Para 1955, ya estaba todo dicho. Aunque nadie quisiera creerlo. Charlie Parker, ese niño de gran sonrisa, fue encontrado muerto mirando un espectáculo cómico por televisión en un hotel de Nueva York.

Lo curioso, fue que cuando llegó el médico, hizo constar en su registro que el paciente tenía entre 50 y 60 años. El 12 de marzo de ese año, Bird sólo tenía 34 años.

Gonzalo Chicote