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The Köln Concert: la improvisación en estado puro cumple 40 años

The Koln Concert Keith JarrettEstaban sólo él y el piano. No había nada más en el escenario del Cologne Opera House. Y en el recinto, el público esperaba expectante el inicio del concierto aquel 24 de enero de 1975 en la ciudad de Köln (Alemania).

Comenzó a teclear y no se detuvo. Poco más de una hora frente al instrumento tocando, lanzando alaridos y gemidos. Disfrutando de lo que se iba produciendo. La magia de la improvisación surgía con destreza y facilidad.

Atrás había quedado la discusión con los organizadores, que le habían dejado en el escenario un piano Bösendorfer pequeño y cansado. Habían acordado un Bösendorfer 290 Imperial, pero cuando se dieron cuenta del error era demasiado tarde.

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Keith Jarrett, el niño prodigio que cumplió 69 años

Keith JarrettHace unos 69 años, más precisamente un 8 de mayo de 1945, nació en en la ciudad de Allentown (Pennsylvania – Estados Unidos) un niño que pronto demostró tener el talento propio de un prodigio.

Su capacidad, sumado al oído absoluto que poseía, hizo que antes de cumplir tres años ya comenzara a tomar clases de piano. Ese instrumento que lo acompaña y con el que crea las obras más maravillosas.

Era sólo un nene de cinco años cuando se presentó en el programa televisivo de jóvenes talentos que organizaba Paul Whiteman y dos años después realizaba su primer concierto formal donde no sólo tocó obras de Bach, Mozart y Beethoven, sino que remató con sus propias composiciones.

Eso explica parte de lo que vino después. Art Blakey lo había contratado para que toque con los Jazz Messengers, pero su acuerdo se vio interrumpido cuando Jack DeJohnette, consciente de su talento, lo convenció para que se una al cuarteto de Charles Lloyd.

Con el baterista no sólo grabó Forest Flowers -que tuvo excelentes repercusiones, al igual que las presentaciones que hizo tanto en el continente americano como en Europa- sino que creó un vínculo que mantuvo por varios años.

Quien se fijó en su talento fue Miles Davis. Sin embargo, el trompetista necesitaba que los pianistas tocaran teclados eléctricos, algo que Jarrett hacía bien, pero que no le complacía lo suficiente.

También en los ’70, llegó el tiempo de descubrir sus propios caminos. Y lo hizo de diversas maneras. Por un lado, a través de sus conciertos de improvisación, tales como el que brindó en la ciudad alemana de Colonia (The Köln Concert) y que quedó registrado en un disco imperdible.

Por el otro, creó un cuarteto con el saxofonista Dewey Redman, el contrabajista Charlie Haden y el baterista Paul Montian con los que trabajó una línea musical que contenía un poco de todo: jazz, blues, gospel y free, entre otros ritmos.

Por último, ya entrados los ’80, creo una de las bandas que el año pasado cumplió tres décadas y que lo celebró con el álbum Somewhere. Hablamos, claro está, del trío compuesto por Dejohnette y Gary Peacock (contrabajo).

Su marcha no se detiene. Sigue buscando el sonido perfecto, fiel a su instinto de superación y exigencia permanente. Y, con casi siete décadas encima, los que disfrutamos con cada disco nuevo rogamos larga vida a Keith Jarrett.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Keith Jarrett, un maestro en convertir la improvisación en arte

Cómo al 90 por ciento de la música que escucho, a Keith Jarrett llegué de la mano de Mario Pergolini. Más de una vez lo mencionó en su programa de radio y eso hizo que sin mediar muchos días me dirija a Zivals, la clásica disquería de Callao y Corrientes, en busca de algunos de sus cd´s.

Hasta el día de hoy recuerdo ese box celeste que contenía seis cd´s en donde estaban registradas las grabaciones completas de los conciertos dados en el mítico Blue Note.

La ecuación costos – ingresos de aquellos años hizo que no me los compre. Y luego, con el fin de la convertibilidad mediante, no los vi más.

Y así pasaron los años, y cada tanto, volvía a resonar en mi cabeza Jarrett, ya sea por una nueva mención de Pergolini, o simplemente al pasar por delante de Zivals y entrar con la esperanza de volver a encontrar aquel esquivo “box set”.

Pero, aunque suene a viejo, las vueltas de la vida me iban a volver a juntar con Jarrett. Hace casi tres años y medio atrás, a mi vieja le regalaron “Purgatorio”, la novela póstuma de Tomás Eloy Martínez quien describe como nadie a Keith Jarrett. Y como corresponde, reconociendo mi incapacidad de escribir algo mejor sobre el pianista, tomo prestado los siguientes párrafos:

“Simón revolvió el equipaje, tomó un grabador de bolsillo y pulsó el play. Del aparato fluyeron, imperfectos por la mala calidad del registro, unos pocos acordes, muy simples, tocados con extrema pureza, que no se parecían a ninguna otra música de este mundo.

Cuando estoy solo, la improvisación de Keith Jarrett me excita. Con vos tendría que excitarme el doble.

Es bellísimo, aprobó Emilia. ¿Está improvisando, dijiste?

De principio a fin.

Demasiado perfecto. Debía de tener la melodía en la memoria.

No. Ése fue su hallazgo. Jarrett se presentó a tocar en la Ópera de Colonia sin la menos idea de lo que iba a hacer. Estaba cansado después de una semana de recitales continuos y para él mismo fue una sorpresa que la música le llegara en oleadas. Hasta entonces había sido un gran solista de jazz, pero a partir de esa noche construyó un género único. Su música es un continuo, un absoluto. Las toses en la sala, los crujidos del instrumento, nada está preparado. Quizá Bach o Mozart crearon galaxias parecidas, armonías improvisadas que ahora navegan en la noche de los tiempos, pero nada ha sobrevivido. Por eso jarrett hizo algo que no volverá a suceder. No con las mismas notas, no de esa manera. Su noche en la Ópera de Colonia no podrá repetirse jamás. Ni siquiera él mismo podría hacerlo. Es un concierto fugitivo, nacido para vivir y morir en ese instante. Se convertirá en un lugar común, en una vulgaridad para enamorados como nosotros, y la especie humana seguirá necesitándolo.

Estaban tendidos en la cama, desnudos, relajados. A los siete minutos, Jarrett se puso a gemir, como si estuviera cogiendo con el instrumento. La verga de Simón seguía impasible.

Dejame que te abrace, dijo Emilia.

Siguió acariciándolo con una mano mientras, con la otra, se acarició a sí misma lentamente. Al poco rato, junto con Jarrett, soltó un gemido”.

Obviamente, me apuré a terminar el capítulo, y tal como hice unos años atrás volví a Zivals con la decisión de comprarme “The Köln Concert”. En el subte pensaba que, por ahí, el cd no estaba o que costaría carísimo. Cuando llegué lo tomé y fui directo a la caja. Una vez en mi casa fue poner el cd en el equipo para luego saber que pocas melodías que iba a escuchar en el resto de mi vida me iban a conmover tanto como el famoso Concierto en la Ópera de Colonia de Keith Jarrett.

Seguramente a los lectores de este blog les importará conocer un poco más sobre Jarrett. Les puedo asegurar que con la magnífica descripción de Tomás Eloy Martínez tienen todo lo que necesitan saber, o aún más.

Aunque pensándolo bien, el músico y crítico Ian Carr, biógrafo de Jarrett también supo describirlo de manera impecable. Carr aseguró que en el mundo del jazz hay dos clases de trayectorias: están, por un lado, los músicos como Charlie Parker, es decir vidas que se consumen rápidamente al ritmo de una contribución incandescente; y músicos como Duke Ellington o Miles Davis, cuyas carreras se despliegan lentamente en un proceso con varias facetas. Carr llega a la conclusión de que la trayectoria de Jarrett tiene la intensidad del primer grupo y la durabilidad del segundo.

Hernán Gilardo