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Héctor “Finito” Bingert, un músico de jazz en la tierra del candombe

20160924_002630El pasado 23 de septiembre, en el sótano de un restaurante cercano al Parque Rodó de Montevideo (Uruguay), se presentó por primera vez el cuarteto que dirige Héctor “Finito” Bingert. El saxofonista uruguayo es de esas personas que tienen mucho para contar. Parte de su historia la transmite entre canción y canción. Con un gran manejo del espectáculo, y como si el público no estuviera metido en su bolsillo desde el primer momento que suena su tenor Selmer, se da el gusto de decir algunos chistes. “Siempre quise hacer stand up, pero en mi casa no se reía nadie. Tendría que haber venido acá”, se sincera y hace reír a más de uno. También explicó el por qué de su apodo, siempre en clave de humor: “Era tan flaco que para que vieran que llegué a algún lugar tenía que entrar dos veces”. Otra vez risas. En la cava del Blanes todo fue jazz y sonrisas. Pasaron grandes standars de John Coltrane, algo de bossa nova y hasta “Europa”, el tema que popularizó Leandro “Gato” Barbieri. La química que hubo entre Finito, Sebastián Zinola (piano), Ignacio Correa (bajo) y Jorge Rodríguez Stark (batería) fue verdaderamente atrapante y el público recién se retiró del lugar cuando los músicos aseguraron que no les quedaban temas para tocar.
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Un trotamundos con traducción musical

Michael SarianMichael Sarian nació en Canadá, pero se crió en la Argentina. Hijo de madre canadiense, viajó de Toronto para Buenos Aires por insistencia de su padre que, si bien era rumano, tenía gran parte de la familia radicada en el país.

Era un niño introvertido y tímido. Y su forma de hablar hizo que sus amigos le pidieran que ponga los “subtítulos” para que lo entiendan cada vez que hablaba. Por aquel entonces comenzaba a darse cuenta que su camino estaba en la música.

Con grandes talentos como profesores (entre los que figuran Richard Nant , Juan “Pollo” Raffo y Juan Cruz de Urquiza) inició un trayecto por el jazz y otros ritmos con la trompeta como compañero de viaje.

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James Moody, un exponente de la flauta del jazz

jamesmoodyEn la película “Medianoche en el jardín del bien y del mal”, que fue estrenada en 1997 y tuvo como director y productor a Clint Eastwood, Mr. Glover llama la atención de los espectadores al pasear por las calles un perro invisible.

Lo que muchos desconocen es que ese no era un actor cualquiera, sino que en realidad era James Moody, uno de los grandes talentos que tuvo el jazz y que compartió escenario con el trompetista Dizzy Gillespie.

Nacido en la ciudad de Savannah (Georgia – Estados Unidos) el 26 de marzo de 1925, Moody deslumbró con su talento a los 16 años, cuando arrancó a tocar el saxofón alto primero y el tenor después.

Tuvo también curiosidad por tocar otros instrumentos de viento y fue así como llegó a tocar la flauta traversa. Pero no fue un paso furtivo. Por el contrario, se convirtió en uno de los pocos exponentes de este instrumento en el jazz.

Su carrera tomó impulso cuando formó parte de la big band que organizaba Gillespie. Corría el año 1946, cuando a Dizzy se le ocurrió la maravillosa idea de montar una numerosa orquesta para tocar bebop.

La primera grabación como líder de banda llegó dos años después cuando registró “James Moody and His Modernists” para el sello Blue Note, junto a artistas de la talla de Art Blakey y de Chano Pozo.

A fines de la década del ’40 viaja al Viejo Continente donde realizó varios grabaciones que sobresalieron. Por caso, la versión de “I’m in the Mood for Love” sirvió para que se extendiera su audiencia.

Tanto Francia como Suecia fueron países donde quedaron registrados varios de sus materiales más interesantes, como “James Moody and his Swedish Crowns”, “Moody’s Blues” junto a The Swedish Allstars y “New Sounds from France with James Moody”.

En el año 1952 vuelve a Estados Unidos y realiza varias grabaciones para sellos como Cadet, Chess, Emercy y Prestige durante la década del ’50. Durante ese período estuvo al mando de su propio sexteto que incluía al cantante Eddie Jefferson.

Diez años después, volvía a la orquesta de Gillespie, con la que permaneció hasta 1968. La década del ’70 fue rara. A partir de 1973 se retiró repentinamente de la escena del jazz para dedicarse a trabajar en bandas que animaban los shows de Las Vegas.

En 1980 hizo su regreso triunfal al género sincopado y permaneció allí durante las próximas tres décadas hasta que abandonó este mundo el 9 de diciembre de 2010. Dejó tras de sí más de 60 discos en los que demostró que un instrumento como la flauta traversa puede brindarle mucho al jazz.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Bebo Valdés: el pianista que le puso “ritmo” al jazz

Ilustración Viktoria Martín

Ilustración Viktoria Martín

Si hay algo que caracteriza a la música del Caribe es su “ritmo”. Y si existe un lugar que es sinónimo de esta palabra, sin dudas ese es Cuba.

Justamente, es allí de donde provino Bebo Valdés que, junto a otros como Mario Bauzá, Chano Pozo o Tito Puente, fue partícipe de la introducción de un poco de “latino” al jazz.

Nacido en Quivicán el 9 de octubre de 1918, Ramón Emilio Valdés Amaro se dedicó de pequeño a tocar el piano en cuanto lugar pudiera, formando parte de varias bandas juveniles.

En su adolescencia comenzó su carrera profesional participando de la orquesta de Julio Cueva, una de las más populares de Cuba.

Ya en la década del cuarenta empieza a trabajar junto a Armando Romeu en el cabaret “Tropicana” convirtiéndose, luego, en el asesor musical del lugar.

Subieron junto a él en el escenario grandes artistas norteamericanos, como el cantante Nat King Cole.

La fama dentro del jazz llegaría en 1952 de la mano del productor Norman Granz quién decidió grabar la primera “descarga” en la isla.

Estas “descargas” no eran otra cosa que el primo latino de las jams sessons, es decir, el momento en el que los músicos se juntan a tocar e improvisar.

En los años sesenta, Bebo viaja a México para colaborar con Lucho Gatica, un cantante de boleros chileno. Además, en aquella época emprendió una gira por Europa junto a la banda “Habana Cuban Boys”.

Esos aires trajeron un gran cambio: decidió abandonar Cuba y exiliarse en Estocolmo (Suecia). Allí se casó y formó una nueva familia, dejando atrás a su esposa y a cinco hijos. Uno de ellos era Chucho Valdés, quien seguiría sus pasos el piano y en el jazz.

Tuvieron que pasar treinta años hasta que Paquito D’ Rivera lo sacó de su letargo en 1994, cuando lo invita a grabar Bebo Rides Again. A partir de allí y pese a cargar con 76 años vuelve al ruedo musical.

En el 2000 forma parte de la película Calle 54, del director Fernando Trueba, y participa de la grabación de la banda sonora junto a músicos de la talla de Puente, Eliane Elias, Jerry González, Michel Camilo, D’Rivera, Cachao y su propio hijo, Chucho.

También se hizo lugar para trabajar junto con el cantante de flamenco Diego El Cigala, con quién registra el disco “Lágrimas Negras”.

Su último disco fue junto a Chucho y se tituló “Juntos para siempre”. Esa fue la consigna que siguió su hijo en los últimos días de su vida. Se había trasladado a Benalmádena (MálagaEspaña), para cuidar a Bebo en sus últimos días.

Chucho no pudo evitar que su nueva familia lo trasladara a Estocolmo, donde falleció el pasado 22 de marzo. Pero su felicidad fue tener la posibilidad de quedar inmortalizado junto a Bebo en un disco. Justos para siempre.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com
Ilustración: Viktoria Martín – Blog: pinturas-viktoriamartin.blogspot.com 

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