Etiqueta: sergio pujol (página 1 de 2)

Jorge Anders: las lecciones de un Maestro que enseña sin dar clases

Jorge Anders orquestaA Jorge Anders le gusta que lo llamen Maestro. Se le nota cada vez que cuenta una anécdota en la alguien le pide un consejo -que siempre da como una flecha en el centro del blanco- y que se lo agradece, según sus palabras, de la misma manera: “Gracias, maestro”. Esa última palabra hace brillar sus ojos. Pero no hay soberbia ni vanidad, sino el orgullo de pertenecer a una raza especial de músicos, esa en la que no hay que dar clases para ser maestro. En una larga charla que mantuvo con Animales del Jazz aseguró que a él no le interesa enseñar. ”No tengo tiempo, ni tengo ganas”, afirma, como al pasar. Claro que, en realidad, mantener una conversación con él es suficiente para aprender.
Seguir leyendo

Adiós Negro

download

El pasado sábado 7 de diciembre falleció el contrabajista Jorge “Negro” González, uno de los grandes músicos que tuvo la escena argentina de jazz y un batallador incansable de la difusión del genero local.

Algunos aseguran que fue uno de los pocos privilegiados que tocó con todos. Y la larga lista de nombres con los que compartió escenario pueden confirmar que así fue.

Se puede empezar la nómina por los integrantes de la banda a la que dio nacimiento en 1955 con Mauricio Percan en el clarinete, Michel Barandis en piano y Raúl Céspedes en batería: hablamos de Swing Timers.

La orquesta, que originalmente era de una sola palabra (Swingtimers, según le explicó González a Walter Thiers alguna vez), sufrió sólo dos modificaciones a lo largo de su historia. Céspedes fue reemplazado por Eduarso Casalla y Barandis por Jorge Navarro.

Si bien se desempeñó por más de 40 años con Swing Timers, eso no lo privó para formar parte de Quinteplus en los ’70, junto a Jorge Anders (saxo), Gustavo Bergalli (trompeta), Santiago Giacobbe (piano) y Carlos “Pocho” Lapouble (batería).

Con Néstor Astarita formó parte, en la década del ’50, del trío que lideró el inolviable pianista Rubén “Baby” López Fust. Y, en 1973, estarían ambos junto a Litto Nebbia transitando un poco de jazz y de bossa nova.

Pero la lista no se termina allí. Los ’60 lo encontrarían en otro de los legendarios tríos que tuvo la escena nacional, aquel que lideraba el pianista Alberto Favero y que tenía a Lapouble detrás de la batería.

Su papel como difusor del jazz arranca en esa década cuando fundó la Agrupación Nuevo Jazz junto a Rodolfo Alchourrón, Casalla, Mike Lerman, Alfredo Wolf, Giacobbe, Navarro y los hermanos Rubén y Leandro “Gato” Barbieri.

“La Agrupación organizó conciertos y charlas y difundió las nuevas corrientes del género, en un momento de inflexión para las formas de improvisación”, explicó Sergio Pujol en su libro “Jazz al Sur. Historia de la música Negra en la Argentina”.

Aunque su verdadero aporte llegó de la mano de Jazz & Pop. El local se ubicó en Chacabuco 508 fue abierto en 1978 y se mantuvo activo hasta 1984. Allí pasaron artistas internacionales de la talla de Chick Corea, y baluartes de la escena nacional como Enrique “Mono” Villegas o Roberto “Fats” Fernández.

Años después, tomó revancha y reabrió sus puertas, aunque esta vez fue en un local en la calle Paraná 340. Nombres y más nombres pasaron por allí: Hermeto Pascoal, Rubén Rada, Lito Epumer y Javier Martínez, entre otros tantos.

Tenía 79 años, pero su fuerza hizo que nunca abandonara su trabajo en Jazz & Pop. Difundiendo el jazz, el género que amaba.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Hugo Pierre: el adiós de un grande de la escena nacional

hpEl pasado jueves (3 de octubre) falleció el clarinetista y saxofonista Hugo Pierre, uno de los grandes talentos que tuvo el jazz argentino.

Sus orígenes musicales hay que buscarlos en Rosario (Santa Fe), donde comenzó estudiando clarinete en el Conservatorio Municipal (entre los años 1945 y 1950) y lo perfeccionó con Juan Grisiglione (hasta 1955).

Las primeras agrupaciones que integró fueron de su ciudad natal. Entre ellas, figuran las orquestas de Alberto Lac Prugeant y Adolfo de los Santos y la “Jazz Santa Mónica”, tal como recuerda Walter Thiers en “El Jazz criollo y otras yerbas”.

Mientras que sus inicios con el clarinete estuvieron marcados por las enseñanzas de sus maestros, con los saxofones la historia fue distinta: aprendió sólo a tocar el barítono, el soprano y el alto. Un verdadero autodidacta en el arte de hacer sonar los bronces de una manera maravillosa.

En 1955, con 19 años, decidió viajar a Buenos Aires y comenzó a trabajar de manera profesional con Héctor Lagna Fietta. En los años siguientes comenzó su contacto más directo con el jazz: las noches del Bop Club Argentino.

Allí se codeó con otros grandes músicos, como Baby López Frurst, Jorge López Ruiz, Lalo Schifrin y Leandro “Gato” Barbieri. Pero también encontró al “jazz moderno”, algo complicado de conseguir en aquella época.

En su libro “Jazz al Sur – La historia de la música negra en la Argentina”, Sergio Pujol rescató una vieja entrevista donde Pierre explicó lo complicado que era interpretar esta música, ya que lo que dominaba era lo “tradicional”.

“En cuanto a tocar jazz, lo hago cuando puedo. Depende de las oportunidades y a veces no abundan. En la Argentina se toca más jazz tradicional que moderno (esto no es una queja sino un hecho). Como yo toco moderno, tengo menos chances”, habría dicho por 1976.

Por eso tal vez su carrera incluye un poco de todo: la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, la Orquesta Estable del Teatro Colón, la Orquesta Sinfónica Nacional y las actuaciones junto a Julio Iglesias, Xavier Cugat y Edith Piaf.

Pero también pueden mencionarse sus actuaciones junto a tres grandes cantantes norteamericanos: Tony Bennett, Sammy Davis Jr. y Nat King Cole.

No obstante, eso no fue un impedimento para hacer jazz. Tal vez las intervenciones más recordadas fueron las que realizó en dúo junto con Gerardo Gandini, cuando interpretaron obras de George Gershwin y Duke Ellinton.

Mención aparte merece La Banda Elástica. Fue en 1988 cuando se unió a la agrupación que estaba formada por Ernesto Acher, Jorge Navarro, Juan Amaral, Ricardo Lew, Enrique Roizner, Carlos Constantini y Enrique Varela.

Con ellos realizó varias grabaciones y presentaciones. Sobresales las visitas a Mar del Plata y a países vecinos como Uruguay, Brasil y Paraguay.

Desde 1995 dirigía el Cuarteto de Saxofones que llevaba su nombre y que estaba conformado por Andrés Robles, Jorge Scarinchi y Pablo Scaglia. Su repertorio no sólo contaba con jazz, sino que también incluía tango, folklore y música clásica.

Tuvo una amplia carrera como docente, que incluyó el profesorado en la cátedra de saxo en el Conservatorio Nacional de Música y la cátedra de clarinete en la Universidad Católica Argentina. Además, fue autor del programa de estudios de la cátedra de jazz de la Escuela de Música Popular de la Provincia de Buenos Aires.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

 

 

 

El jazz no lo va a extrañar

walter malosettiEl lunes (29 de julio de 2013) falleció Walter Rufino Malosetti.

Con la partida del excelente guitarrista cordobés, el jazz estará de luto. Pero, creo, que no lo va a extrañar.

Y me atrevo a asegurar eso porque Walter dejó tras de sí una carrera brillante, que se inició por los años ’50 y que no se detuvo hasta poco antes de su partida.

Porque en su camino formó parte de grupos memorables, como California Ramblers, Guardia Vieja Jazz Band, The Georgians Jazz Band y Walter Malosetti Trío.

Mención aparte merece Swing 39, la banda que contó con Héctor López Furst, Carlos Acosta, Héctor Basso, Marcelo Buscio y Ricardo Pellican, que fue la versión argentina del quintento del Hot Club de Francia, como lo definió Sergio Pujol en “Jazz al Sur – Historia de la música negra en la Argentina”.

Su talento lo llevó a ser considerado por algunos doctrinarios del jazz como el heredero -nada más y nada menos- que de Oscar Alemán, uno de los guitarristas argentinos más reconocidos a nivel local e internacional.

Eternamente agradecido quedó Walter cuando Oscar lo invitó a formar parte del disco “Alemán ’72”, la grabación que contó con otros grandes de la escena nacional como Néstor Astarita, Jorge González, Norberto Minichillo, Aníbal Fuentes y Johnny Quaglia.

Insisto. El jazz no lo va a extrañar porque nadie olvidará que compartió escenario también con figuras de la talla de Chuck Wayne, Didier Lockwood, Jim Hall, Leandro “Gato” Barbieri, Hernán Oliva, Earl Hines, Roberto “Fats” Fernández, Enrique “Mono” Villegas, Lalo Shifrin, Joe Pass, Teddy Wilson, Enrique Varela, Gustavo Bergalli y más. Muchos más.

Pero además porque dejó tras de sí una veintena de discos entre los que se destacan los realizados como solista (All of me, Tributo a Django Reinhardt y PALM, por mencionar algunos) y los seis registrados con Swing 39.

Me resisto a pensar que sus libros quedarán en el olvido o que serán quemados como en Fahreinheit 451. Walter Thiers toma lista en “El Jazz Criollo y otras yerbas” de todos ellos: Iniciación guitarrística, Bases de improvisación para guitarra, Armonía de blues, Jazz para guitarra, El libro de las escalas, Música de jazz para guitarra española, Música para guitarra, Lectura I y Método de acompañamiento guitarra jazz. Y creo que esas publicaciones permanecerán en la literatura de generaciones que deseen aprender y mejorar su forma de tocar jazz con la guitarra.

Eso sin contar con su “Escuela Superior de Jazz”, que seguirá forjando a grandes músicos. Músicos como su hijo, Javier, que ama al jazz tanto como su padre y con quién compartió formaciones (Satch) y grabaciones.

En definitiva, el jazz no lo va a extrañar porque a los grandes los deja en la vidriera para que las generaciones que vienen se iluminen con ellos, con los mejores. Como un ejemplo a seguir. Una estrella.

Los que lo vamos a extrañar somos nosotros, los que aprendimos de Walter el amor que se puede tener por la música, por un instrumento, por el jazz. Por eso, sólo digo: adiós maestro.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

 

 

Un gato en los tejados del mundo del jazz

gato-barbieriCuando era pequeño Leandro Barbieri quería triunfar con el fútbol.

Sin embargo, criarse en una familia donde el padre era violinista aficionado y su tío un saxofonista destacado terminó torciendo la historia… por suerte.

Nacido en la ciudad de Rosario el 28 de noviembre de 1932, dio sus primeros pasos musicales de la mano de un clarinete que pronto reemplazó por un saxo alto.

Eso fue para cuando cumplió 12 años y viajó a Buenos Aires. Ocurre que su hermano Rubén fue contratado por René Cóspito para formar parte de su orquesta. Adivinaron: él también era músico y tocaba la trompeta como ninguno.

Lejos ya de su deseo de patear una pelota toda su vida, el jóven Leandro cambió el rumbo de su destino. Ahora quería ser un músico destacado.

A los 18 años tuvo su primer empleo en la banda estable de Jazz Casablanca y, sabiendo que se logra el éxito mediante el esfuerzo, comenzó a devorar cuanto disco de jazz tenía a su alcance.

Además corría cada noche del Hot Club al Bop Club para participar en cuanta sesión musical sonara. Fue así como fue perfeccionando su estilo y fue eligiendo su camino.

Seducido Sonny Rolling, decidió cambiar el saxo alto por el tenor y fue contratado para trabajar con una joven promesa: Lalo Schifrin. Y para ese entonces, ya todos lo llamaban Gato.

Con él logró definir un sonido único. Incluso, tal como lo sostuvo Sergio Pujol en su libro “Jazz al Sur”, “hacia fines de los 50, no había en todo Buenos Aires -y presumiblemente tampoco en el resto del país- un saxofonista con la garra de Barbieri”.

No obstante, su destino no estaba en este país. Como todo gato, necesitaba libertad y la encontró en Europa. Apañado por su novia Michelle, viajó al Viejo Continente. Y pronto logró tocar con un gran trompetista: Enrico Rava.

En aquellos alocados años 60, todo era free jazz y Leandro se sentía verdaderamente a gusto con ese género. Por aquellos años fue también cuando se unió a la banda de uno de los trompetistas que compartió escenario con el mismísimo Sonny Rolling (las vueltas de la vida, vio).

Ilustración Viktoria Martin

Ilustración Viktoria Martin

La década de los setenta lo encontró en otra etapa de su vida. Quería volver a sus raíces y encontrar una mezcla propia de sonidos. Así fue que sumó parte de su free con algo de Latinoamérica. Algo que fue verdaderamente único.

Pero para llegar a eso, fue necesario dar un gran salto. Necesitaba algo para llegar a las vidrieras del mundo y lo logró de la mano de Bernardo Bertolucci, quien le encomendó que musicalice su film “El Último Tango en París”.

Aquella película, protagonizada por un inspiradísimo Marlon Brandon, fue una verdadera revolución y obtuvo dos Oscar: uno al mejor actor y otro al mejor director en 1973.

Ya no cabían dudas que este saxofonista necesitaba más y la llave mágica llegó con un contrato con el sello Impulso.

Fue así como grabó cuatro discos en los que se le permitió cumplir con su deseo de unir el norte de América con los ritmos latinoamericanos.

Los álbumes se llamaron Chapter One: Latin American, Chapter Two: Hasta siempre, Chapter Three: Viva Emiliano Zapata y Chapter 4: Alive in New York.

Los discos incluyeron músicos de la talla de Dino Saluzzi, Domingo Cura, Ricardo Lew, Pocho Lapouble, Chico O’ Farrill y Ron Carter. Su objetivo era lograr que los músicos tocaran lo que les era natural. Tal como lo describió el propio Barbieri: “Quiero dejar claro que he inventado algo que no es latino, ni jazz, sino algo intermedio”.

Luego, el Gato pasó por diversos escenarios internacionales mostrando la música que él mismo había creado. Muy recordado es aún cuando coreó en Montreux “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas” ante un público que lo aplaudía de pié.

Después de la muerte de Michelle, el Barbieri se quedó instalado en su departamento de Central Park. Sobreviviendo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com
Ilustración: Viktoria Marin – Blog: pinturas-viktoriamartin.blogspot.com

« Siguientes entradas