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Héctor “Finito” Bingert, un músico de jazz en la tierra del candombe

20160924_002630El pasado 23 de septiembre, en el sótano de un restaurante cercano al Parque Rodó de Montevideo (Uruguay), se presentó por primera vez el cuarteto que dirige Héctor “Finito” Bingert. El saxofonista uruguayo es de esas personas que tienen mucho para contar. Parte de su historia la transmite entre canción y canción. Con un gran manejo del espectáculo, y como si el público no estuviera metido en su bolsillo desde el primer momento que suena su tenor Selmer, se da el gusto de decir algunos chistes. “Siempre quise hacer stand up, pero en mi casa no se reía nadie. Tendría que haber venido acá”, se sincera y hace reír a más de uno. También explicó el por qué de su apodo, siempre en clave de humor: “Era tan flaco que para que vieran que llegué a algún lugar tenía que entrar dos veces”. Otra vez risas. En la cava del Blanes todo fue jazz y sonrisas. Pasaron grandes standars de John Coltrane, algo de bossa nova y hasta “Europa”, el tema que popularizó Leandro “Gato” Barbieri. La química que hubo entre Finito, Sebastián Zinola (piano), Ignacio Correa (bajo) y Jorge Rodríguez Stark (batería) fue verdaderamente atrapante y el público recién se retiró del lugar cuando los músicos aseguraron que no les quedaban temas para tocar.
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Aventuras y desventuras de Django Reinhardt en Estados Unidos

Fracaso.

Ese fue el calificativo que Django Reinhardt le dio a la gira que realizó por Estados Unidos como invitado de Duke Ellington en 1946.

No es para menos. Todos aquellos anhelos y esperanzas que se habían generado en la mente del guitarrista belga cayeron a plomo ni bien pisó suelo norteamericano.

Es que Reinhardt esperaba toda una comitiva que lo recibiera. Pero no fue así. Incluso, la sorpresa fue doble: los estadounidenses creían que Django iba a traer consigo su propio instrumento, cosa que no sucedió.

¿Qué fue lo que hizo que el gitano no fuera con su propia guitarra a EE.UU.?. Simple: en su imaginario se construyó la teoría de que su llegada provocaría una revolución entre los luthiers y que ellos iniciarían una guerra para lograr que él, el mejor guitarrista de jazz de Europa, aceptara tocar con sus instrumentos.

Nada más lejos de la realidad. Sin equipaje y sin equipo, tuvo que improvisar y compró de apuro una Gibson ES-300, con amplificador eléctrico, algo que no conocía del todo.

Acostumbrado a su tradicional Selmer, Django tuvo que enfrentarse a un breve período de adaptación. Es más, cuando unos días después el representante de Reinhardt le llevó su guitarra, el gitano se arrojó sobre ella.

Otro de los sueños que se rompieron, fue la posibilidad de tocar con Dizzy Gillespie. Ocurre que, ni bien se bajó del barco, lo primero que preguntó fue dónde tocaba el trompetista.

Se confesó amante del bebop y quería compartir una de las ya tan famosas trasnoches del Milton´s, el club que fue la cuna de ese movimiento de jazz y donde acostumbraban presentarse Gillespie, Charlie Parker y Thelonious Monk, entre otros.

Pero la gira incluía otras localidades de Estados Unidos, donde el Harlem no formaba parte del itinerario de viaje.

Y su malhumor llegó al extremo cuando descubrió que en los carteles de publicidad del evento no figuraba su nombre. Era el colmo. Reconocido en su tierra como el exponente del jazz europeo, había sido ignorado en los afiches.

Hubo una explicación para ello, aunque no le convenció. Resulta ser que los productores conocían los desplantes del guitarrista, por lo que decidieron no citarlo en la publicidad para no provocar falsas expectativas en los fanáticos que iban a ver al gran Duke Ellington.

Algo de razón tenían. Y lo confirmaron en la presentación realizada en el Carnegie Hall de Nueva York, donde los espectadores tuvieron que esperar cerca de dos horas a que se levante el telón, debido a que Django se encontró con un colega francés y se quedó charlando con él pese a que debía estar en el escenario.

Pese a todo, los seguidores pudieron presenciar uno de los conciertos más destacados en el famoso teatro, donde sonó, para muchos, la mejor versión de Honeysuckle Rose:

Tras la gira, Reinhardt permaneció en tierra norteamericana, para luego volver a su Francia. Y allí permaneció hasta su muerte. En tanto, y pese a las llegadas tardes, Duke Ellington siempre recordaría al gitano como “el músico de jazz más creativo que nació fuera de los Estados Unidos”.

Tal vez la mejor definición de esta excursión por Norteamérica fue la realizada por el crítico Glenn Pullen, quien afirmó que “en las manos de este virtuoso (…) una guitarra eléctrica adquiere ricas, mágicas cualidades. Su destreza digital fue notable en acordes complejos, que se ejecutaron con tal brillantez técnica que los músicos de la banda no paraban de gritar: ¡Adelante, señor!”.

Gonzalo Chicote