Etiqueta: San Francisco

El poeta del saxofón

Paul DesmondEn los años en los que florecía el alocado bebop en la ciudad de Nueva York, la Costa Oeste de los Estados Unidos mostraba que podía presentarle batalla con el desarrollo de una movida mucho más relajada: el cool jazz.

Muchos son los músicos que supieron llevar el estandarte de este género dentro del jazz, como ser los trompetistas Miles Davis y Chet Baker y los saxofonistas Gerry Mulligan, Stan Getz y Art Pepper, entre otros.

También existió un saxofonista alto que era la antítesis de la propuesta que presentaba Charlie Parker. Hablamos de Paul Desmond, que proponía una sonoridad más bien lírica en contraposición a la rapidez y la explosión que tenía el músico nacido en Kansas City.

Seguir leyendo

Paco de Lucia, una guitarra flamenca con mucho jazz

paco de luciaA veces sucede que la muerte llega así, con inesperada rapidez. Es la sensación que queda con el fallecimiento reciente de Paco de Lucia que, con apenas 66 años, sufrió un paro cardíaco durante sus vacaciones en las paradisíacas playas de Cancún (México).

Apenas 12 años tenía cuando se subió por primera vez a un escenario (o mejor dicho, tablao) y demostrar que tenía talento, sangre y flamenco en las venas. Sólo necesitó dos años más para lanzar su primer disco junto a su hermano Pepe.

Y, si bien es difícil separar la imagen del guitarrista con el flamenco, no hay que olvidar que Paco supo transitar por diversos caminos musicales. En su afán por llevar los ritmos de su país por el mundo, indagó en la fusión con el pop, la bossa nova, el rock y el jazz.

La experiencia con el género sincopado la llevó adelante junto a otros dos guitarristas: el estadounidense Al Di Meola y el inglés John McLaughlin. Con ellos grabó dos fabulosos discos en al década del ’80 y un genial reencuentro más de 10 años después.

El primero de ellos llevó por nombre “Friday Night in San Francisco” y fue registrado durante el concierto que brindaron el 5 de diciembre de 1980 en el teatro The Warfield de San Francisco (Estados Unidos).

Para hacer honor a la verdad, hay que aclarar que el último tema (Guardian Angel) no fue grabado en ese espectáculo, sino en el estudio Minot Sound de Nueva York. Sin embargo, eso no tuvo peso alguno al momento de calificar el material que, de por sí, recibió excelentes críticas.

Por caso, el crítico Walter Kolosky resaltó que el evento sólo puede compararse con el recital que brindó la orquesta de Benny Goodman en 1938 en el Carnegie Hall.

El álbum cuenta con 5 canciones, en cuatro de las cuales participa de Lucia. En la primera, un encadenado de “Mediterranean Sundance” y “Río Ancho”, se lo puede escuchar sólo junto a Di Meola en tanto que hace lo propio con McLaughlin en “Frevo Rasgado”.

Para escuchar a los tres guitarristas en todo su esplendor, hay que ir al final del disco, ya que los tres aparen juntos en “Guardian Angel” y en “Fantasia Suite”.

Apenas dos años después llegaría “Passion, Grace and Fire”, que fue grabado en Londres y que incluye seis temas: “Aspan”, “Orient Blues Suite”, “Chiquito”, “Sichia”, “David” y “Passion, Grace & Fire”.

http://www.youtube.com/watch?v=MSeMYmroick

El último material en el que los guitarristas fusionan jazz y flamenco fue registrado trece años después. En efecto, fue en 1996 cuando el sello Verve lanzó “The Guitar Trio”. El material incluye nueve canciones, pero en sólo dos tocaron los tres juntos (“La Estiba” y “Cardeosa”).

Ya no vibrarán más esas seis cuerdas. Pero el recuerdo de este maravilloso músico permanecerá latente en la pasión que transmiten sus discos.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

 

 

Adiós a George Duke, el sintetizador y la fusión del jazz

george duke

El pasado 5 de agosto falleció el pianista y compositor George Duke, conocido por introducir sintetizadores en el jazz y lograr grandes fusiones del género con el rock y el funk.

Nacido en San Rafael (California – Estados Unidos) el 12 de enero de 1946 y con sólo cuatro años ya sabía qué quería hacer: tocar el piano como Duke Ellignton.

George mismo contó que a esa edad su madre lo había llevado a ver un espectáculo del músico y salió realmente convencido de lo que iba a hacer en el futuro. Incluso, a los siete años comenzó a dar sus primeros pasos con el instrumento.

Su primer contacto con el funky llegó de la mano de la iglesia bautista local. Duke afirmó que “ahí es donde empecé a tocar funky”. Sin embargo, también se vio hipnotizado por el soul-jazz de Miles Davis.

Ya con 16 años formaba parte de varias bandas estudiantiles y unos años después (en 1967) recibió su título de bachiller en música. Pero su instrucción musical no se quedó allí, sino que continuó en la Universidad Estatal de San Francisco.

Por aquellos años se unió al cantante Al Jarreau (mucho tiempo antes de que ganara Grammys a lo loco) y musicalizaban las noches del Half Note Club de San Francisco, excepto por los lunes, que se cruzaba al The Both/And and I donde compartía escenario con Dexter Gordon y Sonny Rollins.

Sin embargo, su explosión como artista llegó primero cuando formó el George Duke Trío con el violinista Jean-Luc Ponty. Con él apareció en el Festival de Jazz de Newport y en 1969 tocó en el Thee Experience.

Entre el público del lugar estaban dos personas que marcarían su vida: Frank Zappa y Julian Cannonball Adderly.

Con el primero formó parte del Mothers of Invention en 1970 y, con posterioridad, se reunió con él en 1973.

Fue en 1970 cuando Cannonball le ofreció trabajar para su banda y George no pudo decir que no. Allí también tuvo la oportunidad de compartir espectáculos con grandes del jazz, como Dizzy Gillespie.

El año 1976 encontró a un Duke más asentado y en solitario, realizando trabajos con el baterista Billy Cobham, con quien comenzó el camino de la fusión y con el que grabó From Me To You.

A fines de los ’70, había comenzado su carrera de productor y en la década siguiente siguió trabajando en el detrás de los discos, al tiempo que se animaba a la mezcla del jazz con la salsa.

Ya en 1992, España lo recibió como director musical del festival de guitarra más grande de la historia, que contó con artistas de la talla de George Benson, Stanley Clarke, Larry Coryell, Paco de Lucía, Rickie Lee Jones y John McLaughlin.

Recibió nominaciones a los Grammy por producciones como la recordada “We are the World” y con “Sweet Baby”, al tiempo que fue nombrado “tecladista del año de R & B” por la revista Keyboard en dos ocasiones consecutivas.

Realizó trabajos de musicalización para Disney en varias oportunidades y fue productor de varios discos de Miles Davis.

Los últimos años de su vida los pasó grabando y de gira con su banda, mientras combatía con una leucemia linfocítica crónica. Fue su agente Mike Wilpizeski quien informó el triste desenlace.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Jack Kerouac y el bop

Jack Kerouac“Quisiera preguntárselo todo, pero no puedo, no sé cómo hacerlo, qué es ese misterio de lo que quiero de ti, qué es el hombre o la mujer, el amor, qué quiero decir con amor; por qué debo insistir y preguntar, y por qué me voy y te dejo” – Los Subterráneos, 1958.

Kerouac nace en Massachusetts pero su hogar y fuente de inspiración termina siendo toda la extensión asfaltada (o no) que pueda recorrer por tierra. Su escritura es el andar desorganizadamente estructurado del bop. Un subir y bajar frenético por carreteras sin detenerse jamás. Como si fuesen protagonistas de una relampagueante escala sus personajes fluyen como notas al pasar una melodía: vertiginosos, sudorosos, febriles. Van y vienen. De una punta a otra viven sus sentimientos intensamente, tan a flor de piel que terminan desgarrándolos. La improvisación va variando según la estructura armónica. Sus ideas, una melodía en un tempo acelerado. La rebeldía de toda una generación y dos dicotomías: el laberinto social que transitaban los jóvenes y el rompimiento definitivo con el swing de etiqueta en lo musical.

Una juventud que creció en la Gran Depresión y se ve inmersa en las grietas de una sociedad quebrada a punto de desmoronarse por completo. Kerouac lo retrata con simpleza y gestos mínimos que transmiten vida a los pasajes y hace que podamos sentir esa mezcla entre tristeza, melancolía y soledad que está impregnada durante toda su obra. Como un blues etílico en alguna cantina perdida. Las ciudades se alinean demacradas y todos los submundos marginales conviven en estas. Nueva York, Chicago, San Francisco, Denver. Submundos que conviven a los tumbos. De costa a costa adictos, mujeres, trabajadores, vagabundos, poetas, músicos, estudiantes, más mujeres, más adictos, viven vidas volátiles que terminan ardiendo en llamas y perdiéndose en el cielo nocturno, enviciado como pocos y como muchos otros.

Clubes, bares de mala muerte, casas de putas, autostop, teatros, moteles, sótanos, más bares, apartamentos de 1,2,3,4 ambientes, se presentan infinitos para descubrir la esencia de la vida, eso que flota espeso en el aire y solo tenemos que movernos un poco para alcanzarlo. Viajando, hablando, viviendo. La cerveza, la marihuana, la bencedrina, las anfetaminas y demás sustancias de turno que sirven como catalizadores en estos actos ardientes de descubrimiento e interacción. Personajes que giran noche y día entre autos, charlas, miradas, cuerpos y comida. En ciudades profanas sin esperanza, sin desarrollo.

El sexo que une, que separa. Para luego unir. El sexo como motor. El sexo como combustible. Todo espontáneo, todo improvisado. El deseo es guía. Cada cual se junta con quien quiere, con quien desee. Deseo por conocer la verdad, deseo por lo desconocido también.

“Nada de intervalos que rompan las estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos comas y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso” – En el camino, 1957.

En los callejones de las mismas ciudades se respira individualismo experimental. La virtud está harta de la voluntad ajena. Los brillantes músicos de las Big Bands sienten la opresión de las melodías y del europeísmo en su música: esas pocas intervenciones y la monotonía ensayada hasta el hartazgo. Buscan devolverle lo pagano al jazz. Lo negro que fue perdiendo en cada. Se suben a escenarios del bajo mundo dejando los grandes teatros de lado para expresarse y profesar lo que en esa década más llamaba la atención: la libertad. Una libertad que en la música se presenta como un frenetismo creativo: sinfines de notas en solos eternos. Prolongaciones del alma inquieta. Duelos de tenores. Trompetas que chillan, escurriendo el bronce. Manos que pasean su deseo por teclas, cuerdas y pistones. Bares abarrotados de gente: intelectuales, vividores, gente de ciudad. Solistas tocando toda la noche sobre acompañamientos sincopados a una velocidad hipnótica que parece haber estado esperando décadas para encontrar sus canales. Feroces y hambrientos como una erupción surgen Charlie Parker, Dexter Gordon, Max Roach, Monk y Dizzy Gillespie devastando todo los parámetros que tienen a su paso y rompiendo las barreras ideológicas dentro de la música. Mingus, Art Blakey, Coltrane, Billy Eckstine. El renacimiento de lo experimental. Vuelve lo negro al jazz.

Frecuentemente, tan experimental que no quedan registros grabados de sus creaciones por la falta de interés de las grandes compañías y lo poco “comercializable” que era este estilo. Tiene rasgos muy personales: un fraseo asimétrico, poca relevancia a lo rítmico y las transiciones desde lo grave a lo agudo, de lo agudo hasta lo inexplicable. No se baila, todos buscan sentirlo. Todos buscan en los rincones más marginales para consumirlo. El humo, las historias, la libertad, el fanatismo, la velocidad, la búsqueda constante hacen al bop un fruto de las ciudades. Va cultivándose como un estilo de vida, con un argot propio, una forma de vestir, de saludarse. Esa concepción sucia del jazz que se mezcla con matices típicos de la vida urbana: autos que circulan constantemente, luces que iluminan esquinas a medias. Jóvenes envalentonados por el trago son aún más jóvenes, viejos sabios tambaleándose embriagados de vida. La poesía y la basura (cadáveres de nuestro consumo). El Hot de la Costa Oeste y el Cool de la Costa Este.

Los beatniks, el bop, los hipsters, los errantes, los que todo lo saben, viven y conviven en los Estados Unidos de los finales de los 40 y principalmente los 50 convirtiendo las ciudades en escenarios gigantes y noches interminables. Fumando las colillas de la calle, Kerouac escribe como un gran solista bop: inmaculado, poderoso y fugaz. Sincronizando lo que vive con lo que escribe. Sus inspiraciones, sus ardientes deseos de conocer. En una gran poesía larga y tendida. Un solo con miles de notas yendo y viniendo por una armonía profunda y llena de búsqueda.

Joaquin Cruzalegui
Blog: La ciudad desde el arte