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Adiós, Gato revolucionario

gatoLe decían “gato”, pero perfectamente podrían haberlo llamado “ingeniero”, ya que fue uno de los pocos músicos que logró imponer algo propio en la compleja maquinaria del jazz, esa en la que es más fácil ser una pieza que un creador.

Leandro Barbieri nació en Rosario el 28 de noviembre de 1932. En Santa Fe aprendió a tocar el saxo y a los 12 se fue a vivir a Buenos Aires, siguiendo los pasos de su hermano Rubén (que fue contratado para tocar en la orquesta de René Cóspito).

La primera banda en la que participó profesionalmente fue en “Jazz Casablanca”. Tenía 18 años y un prometedor futuro. En 1953 brilló en la agrupación de Lalo Schifrin, pero necesitaba más. Tanto, que cuando el circuito argentino le quedó chico, decidió cruzar el charco -previo paso por Brasil- y se fue a probar suerte a Italia.

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Un gato en los tejados del mundo del jazz

gato-barbieriCuando era pequeño Leandro Barbieri quería triunfar con el fútbol.

Sin embargo, criarse en una familia donde el padre era violinista aficionado y su tío un saxofonista destacado terminó torciendo la historia… por suerte.

Nacido en la ciudad de Rosario el 28 de noviembre de 1932, dio sus primeros pasos musicales de la mano de un clarinete que pronto reemplazó por un saxo alto.

Eso fue para cuando cumplió 12 años y viajó a Buenos Aires. Ocurre que su hermano Rubén fue contratado por René Cóspito para formar parte de su orquesta. Adivinaron: él también era músico y tocaba la trompeta como ninguno.

Lejos ya de su deseo de patear una pelota toda su vida, el jóven Leandro cambió el rumbo de su destino. Ahora quería ser un músico destacado.

A los 18 años tuvo su primer empleo en la banda estable de Jazz Casablanca y, sabiendo que se logra el éxito mediante el esfuerzo, comenzó a devorar cuanto disco de jazz tenía a su alcance.

Además corría cada noche del Hot Club al Bop Club para participar en cuanta sesión musical sonara. Fue así como fue perfeccionando su estilo y fue eligiendo su camino.

Seducido Sonny Rolling, decidió cambiar el saxo alto por el tenor y fue contratado para trabajar con una joven promesa: Lalo Schifrin. Y para ese entonces, ya todos lo llamaban Gato.

Con él logró definir un sonido único. Incluso, tal como lo sostuvo Sergio Pujol en su libro “Jazz al Sur”, “hacia fines de los 50, no había en todo Buenos Aires -y presumiblemente tampoco en el resto del país- un saxofonista con la garra de Barbieri”.

No obstante, su destino no estaba en este país. Como todo gato, necesitaba libertad y la encontró en Europa. Apañado por su novia Michelle, viajó al Viejo Continente. Y pronto logró tocar con un gran trompetista: Enrico Rava.

En aquellos alocados años 60, todo era free jazz y Leandro se sentía verdaderamente a gusto con ese género. Por aquellos años fue también cuando se unió a la banda de uno de los trompetistas que compartió escenario con el mismísimo Sonny Rolling (las vueltas de la vida, vio).

Ilustración Viktoria Martin

Ilustración Viktoria Martin

La década de los setenta lo encontró en otra etapa de su vida. Quería volver a sus raíces y encontrar una mezcla propia de sonidos. Así fue que sumó parte de su free con algo de Latinoamérica. Algo que fue verdaderamente único.

Pero para llegar a eso, fue necesario dar un gran salto. Necesitaba algo para llegar a las vidrieras del mundo y lo logró de la mano de Bernardo Bertolucci, quien le encomendó que musicalice su film “El Último Tango en París”.

Aquella película, protagonizada por un inspiradísimo Marlon Brandon, fue una verdadera revolución y obtuvo dos Oscar: uno al mejor actor y otro al mejor director en 1973.

Ya no cabían dudas que este saxofonista necesitaba más y la llave mágica llegó con un contrato con el sello Impulso.

Fue así como grabó cuatro discos en los que se le permitió cumplir con su deseo de unir el norte de América con los ritmos latinoamericanos.

Los álbumes se llamaron Chapter One: Latin American, Chapter Two: Hasta siempre, Chapter Three: Viva Emiliano Zapata y Chapter 4: Alive in New York.

Los discos incluyeron músicos de la talla de Dino Saluzzi, Domingo Cura, Ricardo Lew, Pocho Lapouble, Chico O’ Farrill y Ron Carter. Su objetivo era lograr que los músicos tocaran lo que les era natural. Tal como lo describió el propio Barbieri: “Quiero dejar claro que he inventado algo que no es latino, ni jazz, sino algo intermedio”.

Luego, el Gato pasó por diversos escenarios internacionales mostrando la música que él mismo había creado. Muy recordado es aún cuando coreó en Montreux “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas” ante un público que lo aplaudía de pié.

Después de la muerte de Michelle, el Barbieri se quedó instalado en su departamento de Central Park. Sobreviviendo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com
Ilustración: Viktoria Marin – Blog: pinturas-viktoriamartin.blogspot.com

Enrique Villegas: un grande de la escena del jazz nacional

Era conocido como Mono, Quasimodo, Loco o Villeguita.

También, fue apodado por sus íntimos, según le comentó a Walter Thiers en una entrevista, como enano asqueroso, Rigoletto, maldito, petiso inmundo o José Power HP.

Sin embargo, a Enrique Villegas le caben perfectamente otros como genio, maestro o fenómeno, sobre todo, si se tiene en cuenta la maravillosa obra de este excelente pianista.

Nacido en Recoleta el 3 de agosto de 1913, fue un músico por naturaleza que decidió abandonar el Normal Mariano Acosta para dedicarse de lleno al piano.

Creía innecesario destinar tiempo de su vida a ser alguien que no quería ser. Ni abogado, ni médico, ni ingeniero. Él quería ser músico, y eso fue lo que hizo.

Estudió con el padre de René Cóspito, uno de los pioneros del jazz en la Argentina, y pronto demostró ser un verdadero talentoso.

Ejemplos de ello fue la magnífica interpretación que hizo en 1971 de Rhapsody in Blue, de George Gershwin, o la presentación en el Teatro Colón de Buenos Aires en la que reprodujo el “Concierto para piano y orquesta” de Maurice Ravel en 1932.

Era un profesional que discutía con sus colegas sobre el modo de tocar cada ritmo. “Toda la música del mundo la toco yo y la toco como es”, afirmaba porque creía que para interpretar como correspondía cada género era necesario hacerlo como lo hacían sus creadores y no como “creían” que lo hacían.

Afirmaba, por ejemplo, con respecto del jazz que “cuando quiero tocar jazz, imito a los negros americanos”.

Y su escuela se encontraba en las melodías de Duke Ellington y en la de Art Tatum, dos de los mejores pianistas de jazz de todos los tiempos.

Algunos lo consideraban un malhumorado. Sin embargo, le encantaba conversar y tenía un bagaje cultural y musical sorprendente. Incluso, supo cultivar la amistad con Macedonio Fernández y siempre escuchaba a Jorge Luis Borges, ya que, según Villegas, eran los únicos que lo podían hacerlo callar.

Entre su obra musical más saliente se puede mencionar su famosa “Jazzeta”, de 1941, que tal como cita Sergio Pujol en su libro “Jazz al Sur”, fue recibido con mucho gusto por la crítica.

La revista Sintonía, según expresó Pujol en su obra, afirmó en aquella ocasión: “Hemos sido gratamente sorprendidos por un trabajo musical de méritos poco frecuentes que debemos a la adelantada pluma del pianista Enrique Villegas”.

No hay que olvidar que en 1945 fue contratado por el sello Columbia para grabar junto a Cozy Cole y Milton Hinton, con quienes registró dos discos: “Introducing Villegas” y “Very, Very Villegas”.

El resto de los materiales fueron editados por la discográfica Trova, que, pese al excelente nivel, no tuvo su éxito comercial. “Los que gustan de la buena música son pocos”, le dijo a Thiers en alguna ocasión.

Y tal como puede leerse en “El jazz criollo y otras yerbas”, del mismo Thiers, Villegas resumió pocas palabras lo que representaba el mundo perverso de los sellos musicales: “En 10 años grabé una serie de discos (…) y los resultados fue que nunca sobrepasé en total los nueve mil ejemplares. La mala música, en cambio, a la que tantas veces se califica de popular, obtiene ingresos insospechados y sus intérpretes logran la aprobación de entusiastas auditores”.

Una de las máximas del maestro fue la de convencer a dos de los músicos de la orquesta de Duke Ellington (que había finalizado una gira por Buenos Aires) para que toquen junto a él.

Ese material, acompañado del saxofonista Paul Gonsalvez y del trompetista Willie Cook (músicos de Duke) y con Alfredo Remus (contrabajo) y Eduardo Casalla (batería) fue inmortalizado por Trova, en el disco “Encuentro”.

Trabajador incansable, reconocido por admiradores y críticos, abandonó este mundo a los 72 años, el 11 de julio de 1986, en la Ciudad de Buenos Aires. Pese a que fue olvidado por muchos años, sus verdaderos amigos lo recuerdan siempre. Y lo eternizaron como merece.

Gonzalo Chicote.
animalesdeljazz@hotmail.com