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Adiós, Gato revolucionario

gatoLe decían “gato”, pero perfectamente podrían haberlo llamado “ingeniero”, ya que fue uno de los pocos músicos que logró imponer algo propio en la compleja maquinaria del jazz, esa en la que es más fácil ser una pieza que un creador.

Leandro Barbieri nació en Rosario el 28 de noviembre de 1932. En Santa Fe aprendió a tocar el saxo y a los 12 se fue a vivir a Buenos Aires, siguiendo los pasos de su hermano Rubén (que fue contratado para tocar en la orquesta de René Cóspito).

La primera banda en la que participó profesionalmente fue en “Jazz Casablanca”. Tenía 18 años y un prometedor futuro. En 1953 brilló en la agrupación de Lalo Schifrin, pero necesitaba más. Tanto, que cuando el circuito argentino le quedó chico, decidió cruzar el charco -previo paso por Brasil- y se fue a probar suerte a Italia.

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¿A dónde va el jazz?

Santa María Jazz BandMiro por la ventana de un bar en el que sólo me acompañan el mozo y el encargado. En la cocina se oye algo de ruido, aunque desconozco la cantidad de cocineros que hay. Tampoco me interesa, en realidad. El día es lluvioso. Caen gotas y en la vereda, las baldosas rotas le escupen los pies a los pocos que pasan por ahí. Suena algo en los parlantes, pero como no me gusta hago lo de siempre: tomo mi reproductor de música y pongo jazz. Seguir leyendo

22 años atrás

miles davis irving pennEl de 1991, no fue un 28 de septiembre como el de cualquier año. Muy por el contrario, ese día la ciudad de Santa Mónica fue el escenario del punto final de la vida de Miles Davis.

Habían quedado atrás más de cinco décadas de música. De puro jazz. Con la partida del trompetista, se terminaba también la vanguardia. Esa que tanto conocía y con la que tanto coqueteó durante su carrera.

Fue sin dudas un año distinto. Es que en 1991 Miles decidió que en sus próximos 12 meses serían los últimos que dedicaría a los conciertos, a las giras, a las grabaciones. Sus años a cuesta le inclinaban cada vez más su camino y prefería poner un freno a ese frenesí.

Pero parece que el destino quería que fuera como la ruleta rusa. Como si no tuviera permiso para aflojar un poco en el mundo del jazz. Era todo o nada. O mejor dicho: era la música o nada. Alejarse de la trompeta era desprenderse del poder y sin él se tenía que terminar también su vida.

Tenía todo planeado para editar un disco que, sin querer, fue el último. Doo Bop salió al mercado con posterioridad a la muerte de Davis. Incluso, dos de sus nueve temas fueron póstumos. Miles sólo había grabado en solitario sus intervenciones. Las máquinas lograron el resto.

Él quería un poco de paz. Las finanzas no eran un problema, sino todo lo contrario. Había llegado el momento de disfrutar de sus ahorros. De sus grandes ahorros. Por eso compró la Ferrari azul en un sólo pago en efectivo. Quería comenzar a darse los gustos.

La pintura, esa nueva actividad que consumía parte de su proceso de creación, era más relajada que tocar sobre un escenario. Que se entienda bien: no quería abandonar la música. El pensaba que lo mejor era desacelerar un poco.

Algunos datos pueden ayudar a entenderlo: mientras que en el bienio 1987-88 brindó más de 90 conciertos, en 1990 sólo hizo menos de una tercera parte. Su salud se deterioraba y él lo sabía. Lo sentía en su cuerpo.

No era la primera vez que sucedía. Había tenido que guardarse durante cinco largos años entre 1875 y 1980. Nada de espectáculos. Nada de nada. Sólo esperar a estar más fuerte y volver. Se notó después arriba del escenario que su parate le había hecho bien. Pero… nada es para siempre.

Tal vez inconscientemente se temía lo peor. Por eso tal vez los fanáticos vieron lo mejor de él en el Festival de Montreux el 8 de julio de 1991. Quizás quiso regalarles un excelente espectáculo antes de partir.

Ese día se reencontró con aquellos viejos años en los que compartía su talento junto a Gil Evans. Tocó el mismo repertorio que interpretaba con el pianista y compositor que había fallecido unos tres años atrás.

Luego de ese brillante Montreux, fue nombrado caballero de la Légion d’Honneur en Francia. Y hubo gira en el Viejo Continente. Hasta que llegó el último espectáculo, que fue el 25 de agosto en el Hollywood Bowl de California.

Allí también su actuación mostraba a un trompetista indestructible arriba del escenario. A un roble. Una hierba mala, de esas que nunca mueren. Porque eso recuerdan quienes lo vieron: que estaba más poderoso que nunca. Que su show fue único.

Ingresó al sanatorio St. John de Santa Mónica a principios de septiembre. Sólo se trababa de algo poco importante. Simple rutina. Sin embargo, sus problemas respiratorios fueron más graves de lo que se creía. Y fulminantes. La sordina Harmon se había quedado sin el aliento de Miles Davis.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com