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La libertad del jazz

Ignacio Hurban y Estela de CarlottoDesde hace muchos años, el jazz está asociado a la idea de libertad. Y si bien se relaciona esa idea a un solo de saxofón, piano, contrabajo, batería, trompeta o guitarra, también hay que recordar que esta música sirvió para denunciar actos atroces.

Por caso, mientras los árboles del Sur de Estados Unidos se llenaban de “frutos amargos”, la desgarradora voz de Billie Holiday mostraba la herida abierta que existía en el país del “sueño americano”.

El odio y la discriminación se hacían palpables también a la hora de subir a un escenario. Nada de músicos afroamericanos junto a los blancos. Algo imposible de concebir en estos días, pero que era moneda corriente en los viejos años ‘20.

Casi dos décadas después, con el swing convertido en el movimiento musical más popular de Norteamérica, Fletcher Henderson se unía a la big band de Benny Goodman y se convertía en uno de los primeros músicos de color que integraban una banda de blancos. Las barreras de las razas se rompían y le daban inicio a una libertad mayor.

Los años transcurrieron y otros músicos supieron utilizar el jazz como método de protesta. El recientemente fallecido Charlie Haden le puso sonido a las protestas contra la Guerra de Vietnam y a las balas que mataban en España.

La opresión que nacía en las Américas, de la mano de sangrientas dictaduras militares, también fueron combatidas desde las manos del contrabajista, junto a las manos y bocas y aire y piernas y corazón de los músicos de la Liberation Music Orquestra.

Hoy, alejado en el tiempo y en el otro lado del mapa, una historia vuelve a recordar que el jazz se creó para liberalizar. Para romper no sólo con las opresiones que existen en la realidad de la calle, sino también para luchar contra los secretos del alma.

El piano, ese instrumento que eligió Ignacio Hurban, sirvió para canalizar muchos años (36 largos años) de misterios. De una vida que tenía cotidianeidad, pero a la que le faltaba sus orígenes.

Y casi como una burla del destino, el jazz fue la música que prefirió tocar por sobre otros géneros musicales. Tal vez por casualidad. O porque quizás necesitaba liberar su alma porque siempre faltaba algo más. La ausencia del abrazo con sus raíces, esa que le cercenó una dictadura militar absurda.

Tocar por la felicidad de encontrar a un nieto más. Darle a las teclas de marfil para celebrar una reunión que nunca tuvo que esperar tanto para llegar. Saber que la “Música por la Identidad” servía para unir los lazos que algunos quisieron hacer desaparecer para siempre.

Desde el martes, podrá sentarse al piano para celebrar otro reencuentro, aunque esta vez será con el de su pasado. Y podrá recibir los cálidos brazos de su abuela Estela para sentirse, esta vez para siempre, libre.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

La Orquesta Errante presentó su primer disco

Orquesta ErranteLlovizna. Las calles de San Telmo están muy iluminadas, las viejas baldosas de la calle Moreno están mojadas y casi no hay quien las pise. Sólo alguna que otra persona apura el paso buscando algún techo donde evitar que el agua lo alcance.

En la gran vidriera se puede leer el cartel que reza “Bebop Club”. Escaleras hacia el subsuelo, mullida alfombra roja y una recepción “buenas noches, adelante”. Cortinas grandes y pesadas separaban los ambientes.

Al ingresar, el salón nos remite a otra época y otro lugar. Tal vez Nueva York, maybe Chicago. Con mesas redondas y una diminuta lámpara en el centro de cada una de ellas, que intentan colaborar con las tenues y cálidas luces.

Suenan grandes músicos de jazz en los parlantes, pero lo mejor estaba por llegar. La Orquesta Errante, big band dirigida por Valentín Reiners, presentaba su primer disco “Orquesta Errante” ante un publico sereno y ansioso de buena música.

Empezar por el final y terminar por el principio fue la consigna, ya que el primer tema que sonó fue “D-Tales” (última canción del álbum) y la velada fue coronada por “Petralia”, una marcha melancólica y suave.

Tras “D-Tales”, llegó un excelente encadenado de cinco melodías: “Longus Terra”, “Mondo Aqua”, “Off Wash”, “4008” y “Oscureciendo”, donde todas las secciones lucieron coordinadas, con un sonido uniforme y prolijo.

Casi cerrando el concierto, “Dosha Vata” levantó al público con un gran ritmo y mucho swing. Con la sección de metales a pleno sonido, en manos de los trompetistas Jorge Fleitas, Leonel de Francisco y Sebastian Greschuk y los trombonistas Franco Espíndola, Mario Alvarez y Francisco Salgado.

Todos los músicos se lucieron. La madera, que ocuparon los saxos altos de Emmanuel Farmin e Ingrid Feniger, el tenor de Juan Torres y el barítono de Pablo Moser, así como la rítmica que encontró sentado al piano a Ignacio Hurban y en la batería a Pablo Díaz, y que tuvo en el contrabajo a Mauricio Dáwid y en la guitarra a Esteban Landoni.

Con una mayoría de jóvenes músicos (muchos de ellos eran veinteañeros), la Orquesta Errante demostró que no hace falta ser un adulto de muchos años de trayectoria para sonar como una verdadera big band. De aquellas que sonaban en la lejana Estados Unidos de los años ’30.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com