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Nuestro Hernán Oliva

El legendario e injustamente relegado violinista Hernán Oliva (1913-1988) genera una inocultable carga afectiva que hace, a pesar del esfuerzo, muy difícil ser objetivo al escribir sobre él.

Lo llamo “nuestro”, a pesar de haber nacido en el puerto chileno de Valparaíso, pues, más allá del lugar de nacimiento, el único gentilicio válido para Hernán debería ser “porteño”, ya que el músico dejó tempranamente su natal puerto chileno, para ser un hombre de su nueva ciudad por adopción: Buenos Aires. De hecho, Oliva se comportaba y expresaba como un auténtico rioplatense.

Hacia fines de la década de 1980, surgió toda una leyenda urbana en torno a él a partir de sus apariciones nocturnas en los tradicionales cafés y bares de San Telmo. Esta fama de violinista-vagabundo desplazó por completo una increíble trayectoria que incluye históricas grabaciones en la década de 1940 con el combo de Oscar Alemán y el quinteto del contrabajista francés Louis Vola.

Quede bien claro que Oliva no fue un improvisado ni un indigente. Fue un culto músico con preparación y estudio clásico, para nada un mero intuitivo, y jamás fue un sórdido hombre de la calle, pues siempre vivió al amparo de su familia.

Salvo su madre, que tocaba el piano, en la familia de Oliva no había músicos, por lo que el violinista tuvo obligadamente que aprender de maestros “de afuera”. Estos fueron los músicos de jazz locales (como el clarinetista español Don Roy y el director Ernesto Davagnino), quienes reproducían las novedades discográficas recién traídas al puerto por los marineros extranjeros. También aprendió de los músicos de tango. Uno se imagina a un jovencísimo violinista que alternaba sonatas de Mozart con Tiger Rag y El choclo.

El curriculum de Hernán es inigualable, pues tocó con todos: el pianista René Cóspito (su real descubridor en la Argentina), el genial Enrique Mono Villegas (de quien aprendió a tocar el auténtico jazz), Oscar Alemán (con quien mantendría una eterna pelea), Louis Vola (maestro del jazz de cuerdas mundial), Luis Silva (pionero de la guitarra de jazz en Chile), Ahmed Ratip (director de los Cotton Pickers), Tito Alberti (el famoso baterista líder de la Jazz Casino), el guitarrista Ubaldo de Lío, los Tururú Serenaders de Santos Lipesker y Landrú (pioneros de la comicidad musical en la Argentina). El punto culminante fue su propio quinteto de swing, junto a sus compañeros de fierro, los guitarristas Eduardo Zurdo Ravera y Cachi Zaragoza.

Más allá del jazz, su amplio conocimiento del tango lo llevó a grabar un extraordinario longplay: Nieblas del Riachuelo, donde Oliva aportó una personal manera de ejecutar la música ciudadana. Lo hacía en vivo en el reducto tanguero por antonomasia, El Viejo Almacén de Balcarce e Independencia, pero, por suerte, al productor Juan Carlos Maquieira de Redondel se le ocurrió hacerle grabar un elepé. Lo acompañó el pianista rosarino Mito García, conformando un excelente duo piano-violín. En esta obra, Oliva trasladó al jazz el idioma musical del tango, así como puede decirse que Piazzolla trasladó al tango las voces del jazz. Cumbres de interpretación son Milonguita, la original versión de Barrio Reo y la encantadora Malena.

No es desacertado afirmar que el disco Nieblas del Riachuelo es un clásico, infaltable en toda discoteca tanguera… y jazzera. A mi juicio, quizás el legado innovativo más importante de Oliva a la música argentina.

Andrés “Tito” Liber

El jazz no lo va a extrañar

walter malosettiEl lunes (29 de julio de 2013) falleció Walter Rufino Malosetti.

Con la partida del excelente guitarrista cordobés, el jazz estará de luto. Pero, creo, que no lo va a extrañar.

Y me atrevo a asegurar eso porque Walter dejó tras de sí una carrera brillante, que se inició por los años ’50 y que no se detuvo hasta poco antes de su partida.

Porque en su camino formó parte de grupos memorables, como California Ramblers, Guardia Vieja Jazz Band, The Georgians Jazz Band y Walter Malosetti Trío.

Mención aparte merece Swing 39, la banda que contó con Héctor López Furst, Carlos Acosta, Héctor Basso, Marcelo Buscio y Ricardo Pellican, que fue la versión argentina del quintento del Hot Club de Francia, como lo definió Sergio Pujol en “Jazz al Sur – Historia de la música negra en la Argentina”.

Su talento lo llevó a ser considerado por algunos doctrinarios del jazz como el heredero -nada más y nada menos- que de Oscar Alemán, uno de los guitarristas argentinos más reconocidos a nivel local e internacional.

Eternamente agradecido quedó Walter cuando Oscar lo invitó a formar parte del disco “Alemán ’72”, la grabación que contó con otros grandes de la escena nacional como Néstor Astarita, Jorge González, Norberto Minichillo, Aníbal Fuentes y Johnny Quaglia.

Insisto. El jazz no lo va a extrañar porque nadie olvidará que compartió escenario también con figuras de la talla de Chuck Wayne, Didier Lockwood, Jim Hall, Leandro “Gato” Barbieri, Hernán Oliva, Earl Hines, Roberto “Fats” Fernández, Enrique “Mono” Villegas, Lalo Shifrin, Joe Pass, Teddy Wilson, Enrique Varela, Gustavo Bergalli y más. Muchos más.

Pero además porque dejó tras de sí una veintena de discos entre los que se destacan los realizados como solista (All of me, Tributo a Django Reinhardt y PALM, por mencionar algunos) y los seis registrados con Swing 39.

Me resisto a pensar que sus libros quedarán en el olvido o que serán quemados como en Fahreinheit 451. Walter Thiers toma lista en “El Jazz Criollo y otras yerbas” de todos ellos: Iniciación guitarrística, Bases de improvisación para guitarra, Armonía de blues, Jazz para guitarra, El libro de las escalas, Música de jazz para guitarra española, Música para guitarra, Lectura I y Método de acompañamiento guitarra jazz. Y creo que esas publicaciones permanecerán en la literatura de generaciones que deseen aprender y mejorar su forma de tocar jazz con la guitarra.

Eso sin contar con su “Escuela Superior de Jazz”, que seguirá forjando a grandes músicos. Músicos como su hijo, Javier, que ama al jazz tanto como su padre y con quién compartió formaciones (Satch) y grabaciones.

En definitiva, el jazz no lo va a extrañar porque a los grandes los deja en la vidriera para que las generaciones que vienen se iluminen con ellos, con los mejores. Como un ejemplo a seguir. Una estrella.

Los que lo vamos a extrañar somos nosotros, los que aprendimos de Walter el amor que se puede tener por la música, por un instrumento, por el jazz. Por eso, sólo digo: adiós maestro.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com