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85 años del nacimiento del James Dean del jazz

Chet Baker jovenEra un músico que despertaba la admiración del público cada vez que se posaba con su trompeta frente al micrófono y derretía los hielos de las copas cuando su voz interpretaba “My Funny Valentine”.

Además de talentoso, era joven y apuesto cuando se dio a conocer en la banda de Vido Musso a principios de los años 50. Por ese motivo, muchos conocían a Chet Baker como el James Dean del jazz.

Su belleza lo ayudó a abrir algunas puerta en el mundo del espectáculo. Fue así como interpretó a “Jockey” en la película “Hell´s Horizon” en 1955. Por aquel entones, estaba al frente de su propio cuarteto y había registrado con mucho éxito el disco Chet Baker Sings.

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Los legendarios Hot Five y Hot Seven

Hot Five Louis ArmstrongLos Hot Five y Seven fueron, sin lugar a dudas, las formaciones más importantes de la carrera de Louis Armstrong. Sus orígenes estuvieron signados por el arduo camino que transitó Satchmo hasta llegar al año 1925.

Se puede decir que arrancó en la lejana Nueva Orleans. Más precisamente, en el reformatorio adonde fue a para luego de disparar al aire para festejar la llegada del Año Nuevo. Allí recibió las primeras lecciones de corneta.

Llevaba el fuego sagrado de los talentosos, pero nunca abandonó la idea de aprender. Sumó enseñanzas por su paso por diversas e importantes bandas de la tierra que lo vio nacer.

Por ejemplo, en la orquesta de Kid Ory, donde se encargó de reemplazar a King Oliver cuando éste emprendió su camino hacia el norte. Allí sumó conocimientos y, cada vez que podía, añadía horas de vuelo en la formación de Fate Marable.

Fueron parte de las enseñanzas también las largas estadías en los barcos a vapor que iban y venían por el Mississippi. Y la Creole Jazz Band y la orquesta de Fletcher Henderson.

Tal vez por eso las grabaciones que realizó para el sello Okeh fueron tan importantes en la historia del género sincopado, que marcaron a fuego el desarrollo del hot jazz. Y significaron también los primeros registros de Satchmo como líder.

La primera formación contó, además de Armstrong, con Kid Ory (trombón), Johnny Doods (clarinete), Johnny St. Cyr (banjo) y la segunda esposa de Louis, Lil Hardin (piano).

Con esta agrupación, registró importantes temas como “Cornet Chop Suey”, “My Heart”, “Muskrat Ramble” y “Heebie Jeebies”, que muchos recuerdan como el primer disco donde se grabó el scat (aunque ya había aparecido en otros álbumes).

En una segunda etapa, que llegaría en 1928, se renovaría el plantel por completo. En efecto, el piano había quedado en manos de Earl Hines, mientras que Jimmy Strong tocaba el clarinete, Fred Robinson el trombón, Mancy Carr el banjo y Zutty Singleton la batería.

De esta época se destacaron títulos como “A Monday Date”, “Fireworks”, “Skip The Gutter”, “Squeeze Me”, “West End Blues”, “Two Deuces” y muchos otros temas más, donde la figura de Armstrong sobresalía.

Luego, llegó el caos. El crack de Wall Street sumiría a los Estados Unidos en una de sus peores crisis y eso, como era de esperar, afectó también a la música. Sin embargo, la Gran Depresión no logró borrar lo glorioso de la música que grabó en los años previos: los legendarios Hot Five y Seven de Satchmo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Jack Kerouac y el bop

Jack Kerouac“Quisiera preguntárselo todo, pero no puedo, no sé cómo hacerlo, qué es ese misterio de lo que quiero de ti, qué es el hombre o la mujer, el amor, qué quiero decir con amor; por qué debo insistir y preguntar, y por qué me voy y te dejo” – Los Subterráneos, 1958.

Kerouac nace en Massachusetts pero su hogar y fuente de inspiración termina siendo toda la extensión asfaltada (o no) que pueda recorrer por tierra. Su escritura es el andar desorganizadamente estructurado del bop. Un subir y bajar frenético por carreteras sin detenerse jamás. Como si fuesen protagonistas de una relampagueante escala sus personajes fluyen como notas al pasar una melodía: vertiginosos, sudorosos, febriles. Van y vienen. De una punta a otra viven sus sentimientos intensamente, tan a flor de piel que terminan desgarrándolos. La improvisación va variando según la estructura armónica. Sus ideas, una melodía en un tempo acelerado. La rebeldía de toda una generación y dos dicotomías: el laberinto social que transitaban los jóvenes y el rompimiento definitivo con el swing de etiqueta en lo musical.

Una juventud que creció en la Gran Depresión y se ve inmersa en las grietas de una sociedad quebrada a punto de desmoronarse por completo. Kerouac lo retrata con simpleza y gestos mínimos que transmiten vida a los pasajes y hace que podamos sentir esa mezcla entre tristeza, melancolía y soledad que está impregnada durante toda su obra. Como un blues etílico en alguna cantina perdida. Las ciudades se alinean demacradas y todos los submundos marginales conviven en estas. Nueva York, Chicago, San Francisco, Denver. Submundos que conviven a los tumbos. De costa a costa adictos, mujeres, trabajadores, vagabundos, poetas, músicos, estudiantes, más mujeres, más adictos, viven vidas volátiles que terminan ardiendo en llamas y perdiéndose en el cielo nocturno, enviciado como pocos y como muchos otros.

Clubes, bares de mala muerte, casas de putas, autostop, teatros, moteles, sótanos, más bares, apartamentos de 1,2,3,4 ambientes, se presentan infinitos para descubrir la esencia de la vida, eso que flota espeso en el aire y solo tenemos que movernos un poco para alcanzarlo. Viajando, hablando, viviendo. La cerveza, la marihuana, la bencedrina, las anfetaminas y demás sustancias de turno que sirven como catalizadores en estos actos ardientes de descubrimiento e interacción. Personajes que giran noche y día entre autos, charlas, miradas, cuerpos y comida. En ciudades profanas sin esperanza, sin desarrollo.

El sexo que une, que separa. Para luego unir. El sexo como motor. El sexo como combustible. Todo espontáneo, todo improvisado. El deseo es guía. Cada cual se junta con quien quiere, con quien desee. Deseo por conocer la verdad, deseo por lo desconocido también.

“Nada de intervalos que rompan las estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos comas y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso” – En el camino, 1957.

En los callejones de las mismas ciudades se respira individualismo experimental. La virtud está harta de la voluntad ajena. Los brillantes músicos de las Big Bands sienten la opresión de las melodías y del europeísmo en su música: esas pocas intervenciones y la monotonía ensayada hasta el hartazgo. Buscan devolverle lo pagano al jazz. Lo negro que fue perdiendo en cada. Se suben a escenarios del bajo mundo dejando los grandes teatros de lado para expresarse y profesar lo que en esa década más llamaba la atención: la libertad. Una libertad que en la música se presenta como un frenetismo creativo: sinfines de notas en solos eternos. Prolongaciones del alma inquieta. Duelos de tenores. Trompetas que chillan, escurriendo el bronce. Manos que pasean su deseo por teclas, cuerdas y pistones. Bares abarrotados de gente: intelectuales, vividores, gente de ciudad. Solistas tocando toda la noche sobre acompañamientos sincopados a una velocidad hipnótica que parece haber estado esperando décadas para encontrar sus canales. Feroces y hambrientos como una erupción surgen Charlie Parker, Dexter Gordon, Max Roach, Monk y Dizzy Gillespie devastando todo los parámetros que tienen a su paso y rompiendo las barreras ideológicas dentro de la música. Mingus, Art Blakey, Coltrane, Billy Eckstine. El renacimiento de lo experimental. Vuelve lo negro al jazz.

Frecuentemente, tan experimental que no quedan registros grabados de sus creaciones por la falta de interés de las grandes compañías y lo poco “comercializable” que era este estilo. Tiene rasgos muy personales: un fraseo asimétrico, poca relevancia a lo rítmico y las transiciones desde lo grave a lo agudo, de lo agudo hasta lo inexplicable. No se baila, todos buscan sentirlo. Todos buscan en los rincones más marginales para consumirlo. El humo, las historias, la libertad, el fanatismo, la velocidad, la búsqueda constante hacen al bop un fruto de las ciudades. Va cultivándose como un estilo de vida, con un argot propio, una forma de vestir, de saludarse. Esa concepción sucia del jazz que se mezcla con matices típicos de la vida urbana: autos que circulan constantemente, luces que iluminan esquinas a medias. Jóvenes envalentonados por el trago son aún más jóvenes, viejos sabios tambaleándose embriagados de vida. La poesía y la basura (cadáveres de nuestro consumo). El Hot de la Costa Oeste y el Cool de la Costa Este.

Los beatniks, el bop, los hipsters, los errantes, los que todo lo saben, viven y conviven en los Estados Unidos de los finales de los 40 y principalmente los 50 convirtiendo las ciudades en escenarios gigantes y noches interminables. Fumando las colillas de la calle, Kerouac escribe como un gran solista bop: inmaculado, poderoso y fugaz. Sincronizando lo que vive con lo que escribe. Sus inspiraciones, sus ardientes deseos de conocer. En una gran poesía larga y tendida. Un solo con miles de notas yendo y viniendo por una armonía profunda y llena de búsqueda.

Joaquin Cruzalegui
Blog: La ciudad desde el arte

Bunny Berigan: la trompeta que hizo temblar a Louis Armstrong

Ilustración Viktoria Martín

Ilustración Viktoria Martín

Los años 30 encontraron a Estados Unidos en medio de la Gran Depresión que se inició con el Crack de Wall Street.

En el plano musical, sin embargo, la vida era una fiesta. Y, en el jazz más precisamente, todo sonaba a Swing.

Las big bands dominaban la escena y se hacían fuertes nombres como Fletcher Henderson, Louis Armstrong, Benny Goodman, los hermanos Dorsey, Duke Ellington y Count Basie, por nombrar sólo algunos.

También, en esos años un músico dividía su vida en apenas dos cosas: el jazz y el alcohol. Su nombre era Rowland Bernard Berigan. Su instrumento, la trompeta. Y su apodo “Bunny”.

Nacido en Hilbert (Wisconsin – Estados Unidos), Bunny Berigan fue, según algunos críticos, una verdadera competencia de Armstrong. Es que con su gran potencia y tonos los fuertes que dominaba, podía deslumbrar a más de uno.

Su carrera fue maratónica. Era un niño prodigio que a corta edad ya tocaba el violín y la trompeta. Durante su juventud participó de manera amateur en varias bandas hasta que, en 1930, fue contratado profesionalmente por Hal Kemp.

Así, con tan sólo 22 años formaba parte de una de las primeras orquestas que viajó a Europa para mostrarle al Viejo Continente la música que sonaba del otro lado del charco.

Pero su vida se consumía rápidamente. Como el contenido de las botellas de alcohol que ingería. Vicio que le impedía iniciar su carrera en solitario.

Eso, sin embargo, no le imposibilitó formar parte de las mejores bandas del momento.

Uno de sus primeros trabajos fue, nada más y nada menos, que el de reemplazar a Bix Beiderbecke en la formación de Paul Whiteman.

Como si fuera una broma macabra, Whiteman se había quedado sin su trompetista por culpa del alcohol y lo suplantaba con otro adicto a la bebida.

En 1935 formaba parte de la orquesta de Goodman y dejaba registrados unos solos majestuosos en “King Porter Stomp” y en “Sometimes I’m Happy”.

Dos años después, formaba parte de la banda de Tommy Dorsey y componía dos clásicos: “Marie” y “Song Of India”.

La mejor canción de Berigan llegó con una formación propia que incluía al baterista Buddy Rich y que llevó por nombre “I Can’t Get Started”.

Ya con un gran éxito detrás, Bunny decide disolver la banda y retoma su lugar junto a Dorsey. Asomaban los años 40.

Junto a Tommy permaneció un tiempo hasta que su salud dijo basta. Su hígado no soportó el alcohol y abandonó este mundo el 2 de junio de 1942 a los 33 años. Solo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com
Ilustración: Viktoria Martín – Blog: pinturas-viktoriamartin.blogspot.com