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Embocadura rota

Embocadura rota
Juan Marcos Almada

 a Julieta y a Juana, dos razones cotidianas.

 1

Odio la tranquilidad vespertina de un Montevideo soleado. Acabo de llegar, la ciudad de enfrente me vomitó; esputos de sangre y bilis. La violencia en su máxima expresión. Con la Bach Stradivarius 37 me partieron la boca, y ya que estaban, me pisaron la mano derecha.

2

En Buenos Aires tocaba todas las noches en un bar exclusivo. El dueño del bar tiene una amante, una chica descocada a la que le gusta el jazz y el peligro. A mí me gusta el jazz y las chicas descocadas. Una ecuación fácil de resolver, si se tiene la suficiente calentura.

Todo duró lo que duró el único y vertiginoso polvo en el baño del bar. Nunca falta un buey corneta. El clarín de un soplón sonó más fuerte que una nota sobreaguda extendida en el aliento de mi trompeta.

Perdí lo poco que tenía. Ahora voy a tener que buscarme un trabajo. Tal vez me convierta en un triste profesor.

Uno siempre cree que este tipo de cosas no van a pasar. Quién piensa que le van a cortar una pierna o que va a quedar ciego. Nuevas condiciones de vida a las que hay que adaptarse sí o sí.

 3

Ayer por la tarde, en la feria de Tristán Narvaja, empeñé la Stradivarius, de bronce bruñido, que espejaba mis facciones, deformándolas. Ese era el reflejo de mi música. Sucedáneos del free: Cecil Taylor, Olu Dara, Ornette Coleman, Don Cherry. Me dieron poco, apenas unos pesos devaluados. La trompeta tiene la campana abollada. La sacó barata. Yo tengo dos dientes menos, el labio leporino y tres dedos inútiles que ya no podrán pulsar los pistones.

De vuelta a la pensión, una melodía al estilo de Chet Baker, pero más vieja, algo similar a Art Farmer. Se repite incesantemente, no me la puedo sacar de la cabeza. Llego, me pongo frente al espejo e intento un skat. Perdí la voz, el zumbido. No reconozco el sonido. Tendría que mandarme hacer una boquilla acanalada, o mejor, con una ceja que supla el pedazo de labio que me falta. Pero eso de todas maneras no garantiza nada.

Ahora tengo una sonrisa partida, la embocadura rota. Tranquilamente me puedo meter las boquillas en el culo. Por otro lado está bien. Se acabó todo.

Pero es posible que nada acabe, que siga en continuo la locura afiebrada de las melodías, los fraseos, los solos interminables. Todo en mi cabeza, a punto de explotar. Si me quedara sordo, ¿se terminaría este ruido abstracto, la sordina agamuzada que me carcome día y noche? Claro que no.

4

Soñé que tocaba otra vez en una jam. Era un club nocturno, muy oscuro. Yo apenas si veía a los otros músicos. Sería un cuarteto o un quinteto. No recuerdo ningún rostro. Todo velado bajo una cellisca. Había un contrabajo, extraño, era más bien una especie de ataúd negro con dos cuerdas muy gruesas, como el bajo de Mark Sadman. Escuchaba otros bronces, trombón y saxo tenor, creo, y si bien no todo el tiempo, escuchaba algunos acordes de piano, a los lejos, como difuminados en un disco de pasta. Se escuchaba el murmullo incesante del público, pero no lograba verlo tampoco, tenía las luces de frente. Yo estaba esperando mi solo, siguiendo el tempo con el taco de mi pie izquierdo. Tenía miedo, no sabía a qué, pero tenía un raro presentimiento, como si supiera verdaderamente que me iba a ser imposible hacer vibrar mis labios. Tenía mucho frío, me miraba los pies y estaba descalzo, sobre un charco de saliva.

El saxo subía unas notas, y las sostenía en el aire, para darme paso. Desperté justo antes de que me tocara. Tenía los pies destapados, helados, tiritaba de frío.

5

La vida no es otra cosa que engaño y resentimiento. Qué puede pensar un tipo como yo, bajo mis circunstancias. Camino, mientras tanto, las calles desoladas de un Montevideo invernal. ¿Dónde está la gente? Es como si todo se conjurase para mostrarme lo solo que estoy. Todo: una palabra muy grande para alguien tan minúsculo como yo.

Ahora que ya no tengo nada, voy a la rambla y me miro en el espejo opaco del río y rememoro mansamente los recuerdos torcidos que tengo atravesados de lado a lado.

6

Camino por las calles de Palermo, en busca de los tambores. Me meto en un barrio negro, con raíces africanas y pienso que todo viene de África, todo menos la necesidad extrema de un blanco con el labio partido, con la vida cercenada. Escucho el repique, los cueros lejanos. No me atrevo a adentrarme a buscar la cuerda. Me alejo por Yaguarón hasta la 18 de Julio. Lo mejor va a ser meterme en un puterío de Buceo, tomar, y que una puta se lleve la energía negativa condensada en mi coagulo seminal.

7

Qué me queda ahora sino la abulia de una música ficta. El olvido sistemático del método Gatti, Caruso, Arban. Bebop, cool, hard, latin, free, acid; palabras rotas, sin sentido, vacías de toda significación, el inasible hermetismo del jazz.

Pensar que todo aquello arrancó con Hot House, de Dameron. Algunos dicen que fue el primer registro del bop. Siempre hay una causa, un primer escalón, algo que da comienzo y que desencadena lo que vendrá. Lo mismo que el polvo con esa chica descocada y ajena, y mi labio partido.

Dizzy tocó en el Cotton Club de Al Capone, donde dicen que un matón le dobló la trompeta hacia arriba. Pero él siguió tocándola así. A mí me agarró un pesado de poca monta y me cagó la carrera. La distancia abismal entre hombres que tienen el mismo oficio: tocar una trompeta. Él, maravilloso, genial; yo, estropeado, a punto de la locura, sin ninguna posibilidad.

8

Maloclusiones, prognatismo, diastemas, fracturas, tenosinovitis, síndrome del desfiladero torácico, hiperhidrosis, distonía de función focal, rotura del músculo orbicular de los labios, y agrego ahora mi incapacidad total, absoluta, definitiva, para la que no existen curas, ni tisanas, ni médicos, ni tratamientos.

Acá estoy, entregado a lo que me espera. Tengo una pequeña corneta, mi primer instrumento, aquel que mi madre compró usada en una casa de rezagos militares. Me la monto en la embocadura y trato de vibrar. Un acople que me aturde hasta la sordera, una diminuta melodía agónica, un chirrido, los frenos de un tranvía, un fraseo in creyendo que muere estrellado contra la pared sin acústica de la pieza de la pensión. Así debe ser la muerte: una ciudad desconocida, la pérdida del oficio, la acompasada mediocridad. Un dolor inocuo, vaciado de toda sensibilidad.

 9

Salgo a la calle. Hace frío. Subo la solapa del saco y camino contra el viento que se arremolina por los edificios. Palpo mis bolsillos en busca del paquete de cigarrillos. No lo encuentro, lo debo de haber olvidado arriba de la mesa de luz. Encuentro, sin embargo, una boquilla. Es la que le saqué a la Stradivarius antes de venderla. La boquilla es una 7c, es de un alumno que tenía en Buenos Aires. Todavía se debe estar preguntando por qué no le di clase la semana pasada. La miro, la sopeso. Me apoyo el aro en el ojo y la uso como un catalejo. Veo la gente meterse en el radio ocular. Con una boquilla así empecé. Es estándar, con una taza y un grano convencional. La usé durante mucho tiempo, hasta que me enteré de que Miles se había hecho fabricar una especial para él, entonces fui a lo de un amigo trompetista que arreglaba bronces y le pedí que me hiciera una a medida. Con esa toqué toda mi vida. Con el apurón del escape la dejé en el departamento que alquilaba en Buenos Aires. De todos modos ya no me sirve. La moldura de mis labios cambió para siempre.

La gente me mira extrañada, un loco en mitad de la vereda, mirando a través de un tubito de bronce. Un loco más, nada que llame demasiado la atención. Me miran unos segundos, y continúan su camino, se desinteresan. Los envidio, me gustaría poder desentenderme de mí mismo. No estoy demasiado lejos de cumplir con ese deseo. Mi vida cambió radicalmente. Ya no soy el que era, ya no podré serlo. Libertad en estado puro, elevada a su máxima impotencia, la esperanza rota de un reyuno. Estoy al pedo, eso me hace el ser más libre y más inútil del mundo. Si ni chiflar puedo.

Ahora voy a poder descuidar mis manos, comerme las uñas, lastimarme. Descuidar algún corte al afeitarme. Me voy a poder pelear en la calle, con cualquiera, a riesgo de que me rompan la trompa.

10

Me metí en un café. En esta ciudad abundan, tal y cual sucede en la ciudad de enfrente. Hace un rato largo que estoy. Fumo, tomo cerveza, de vez en cuando me llevo la boquilla a la boca. Sentirla me hace doler el labio. Jugueteo con la lengua en los espacios de los dientes que me bajaron. Es una sensación rara; tantos años cuidando la dentadura, al pedo. De un sólo golpe me cambiaron la vida. Con la Stradivaruis, qué gran ironía. Ya es noche, ya estoy lo suficientemente borracho como para largarme a las calles en busca de algo que no sé bien qué es: una puta, una pelea, problemas. Camino por Ciudad Vieja. Encuentro un bar, un antro oscuro. En la vidriera, en neón, se anuncia jazz vivo. Otra ironía, para un jazero muerto. Buen lugar para la tortura. Entro. Me siento en una mesa contra la pared. No hay mucha gente; tanto mejor, no quiero hablar con nadie. Se me acerca el mozo. Pido whisky. En el escenario, un trío: piano, bajo, trompeta. Tocan estándares: But not for me de Gershwin, Pannonica de Monk y Fiesta mojo de Dizzy. Suenan bien. El trompetista toca con una benge. Tiene un sonido claro, limpio, ajustado. Escucho tres temas, termino mi vaso, apago el pucho y salgo. Necesito olvidarme de todo. Desconar el tiempo, hacer del recuerdo un estado de sosiego, como una respiración sin sibilancias. Camino, quedan retardas auditivas, un réquiem sonoro, las agujas de los fraseos clavando su líquido en mi espina dorsal. Otra vez el río y su estúpido ritmo, ese vaivén idiota de vals oxidado.

Adiós al brillo cromado de mi voz, adiós al bronce estatuario al que aspiraba, ya vendrá el bronce lapidario para marcar la última nota, como la escupida que apaga la brasa minúscula de un pucho.

Embocadura Rota obtuvo el 4° premio en el concurso “Cuentos Rioplateados, dos siglos, dos orillas” y forma parte de la antología homónima, editada con el apoyo del Ministerio de cultura de Buenos Aires, el Ministerio de cultura de Montevideo y la Fundación El Libro.

Enrique Villegas: un grande de la escena del jazz nacional

Era conocido como Mono, Quasimodo, Loco o Villeguita.

También, fue apodado por sus íntimos, según le comentó a Walter Thiers en una entrevista, como enano asqueroso, Rigoletto, maldito, petiso inmundo o José Power HP.

Sin embargo, a Enrique Villegas le caben perfectamente otros como genio, maestro o fenómeno, sobre todo, si se tiene en cuenta la maravillosa obra de este excelente pianista.

Nacido en Recoleta el 3 de agosto de 1913, fue un músico por naturaleza que decidió abandonar el Normal Mariano Acosta para dedicarse de lleno al piano.

Creía innecesario destinar tiempo de su vida a ser alguien que no quería ser. Ni abogado, ni médico, ni ingeniero. Él quería ser músico, y eso fue lo que hizo.

Estudió con el padre de René Cóspito, uno de los pioneros del jazz en la Argentina, y pronto demostró ser un verdadero talentoso.

Ejemplos de ello fue la magnífica interpretación que hizo en 1971 de Rhapsody in Blue, de George Gershwin, o la presentación en el Teatro Colón de Buenos Aires en la que reprodujo el “Concierto para piano y orquesta” de Maurice Ravel en 1932.

Era un profesional que discutía con sus colegas sobre el modo de tocar cada ritmo. “Toda la música del mundo la toco yo y la toco como es”, afirmaba porque creía que para interpretar como correspondía cada género era necesario hacerlo como lo hacían sus creadores y no como “creían” que lo hacían.

Afirmaba, por ejemplo, con respecto del jazz que “cuando quiero tocar jazz, imito a los negros americanos”.

Y su escuela se encontraba en las melodías de Duke Ellington y en la de Art Tatum, dos de los mejores pianistas de jazz de todos los tiempos.

Algunos lo consideraban un malhumorado. Sin embargo, le encantaba conversar y tenía un bagaje cultural y musical sorprendente. Incluso, supo cultivar la amistad con Macedonio Fernández y siempre escuchaba a Jorge Luis Borges, ya que, según Villegas, eran los únicos que lo podían hacerlo callar.

Entre su obra musical más saliente se puede mencionar su famosa “Jazzeta”, de 1941, que tal como cita Sergio Pujol en su libro “Jazz al Sur”, fue recibido con mucho gusto por la crítica.

La revista Sintonía, según expresó Pujol en su obra, afirmó en aquella ocasión: “Hemos sido gratamente sorprendidos por un trabajo musical de méritos poco frecuentes que debemos a la adelantada pluma del pianista Enrique Villegas”.

No hay que olvidar que en 1945 fue contratado por el sello Columbia para grabar junto a Cozy Cole y Milton Hinton, con quienes registró dos discos: “Introducing Villegas” y “Very, Very Villegas”.

El resto de los materiales fueron editados por la discográfica Trova, que, pese al excelente nivel, no tuvo su éxito comercial. “Los que gustan de la buena música son pocos”, le dijo a Thiers en alguna ocasión.

Y tal como puede leerse en “El jazz criollo y otras yerbas”, del mismo Thiers, Villegas resumió pocas palabras lo que representaba el mundo perverso de los sellos musicales: “En 10 años grabé una serie de discos (…) y los resultados fue que nunca sobrepasé en total los nueve mil ejemplares. La mala música, en cambio, a la que tantas veces se califica de popular, obtiene ingresos insospechados y sus intérpretes logran la aprobación de entusiastas auditores”.

Una de las máximas del maestro fue la de convencer a dos de los músicos de la orquesta de Duke Ellington (que había finalizado una gira por Buenos Aires) para que toquen junto a él.

Ese material, acompañado del saxofonista Paul Gonsalvez y del trompetista Willie Cook (músicos de Duke) y con Alfredo Remus (contrabajo) y Eduardo Casalla (batería) fue inmortalizado por Trova, en el disco “Encuentro”.

Trabajador incansable, reconocido por admiradores y críticos, abandonó este mundo a los 72 años, el 11 de julio de 1986, en la Ciudad de Buenos Aires. Pese a que fue olvidado por muchos años, sus verdaderos amigos lo recuerdan siempre. Y lo eternizaron como merece.

Gonzalo Chicote.
animalesdeljazz@hotmail.com

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