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Chu Berry, un tenor versátil

chu berryLester Young y Coleman Hawkins fueron sinónimos del saxo tener. Cada uno a su manera, con diferencias marcadas en su sonoridad, supieron hacerse un camino dentro del jazz y dejaron su legado.

La década del ’30 los encontró como dos referentes. Suave uno, rápido y furioso el otro. Y en el medio, un joven nacido en Virginia del Oeste (Estados Unidos) entró en escena y mostró que podía existir una alternativa.

Inspirado por lo que hacía su hermana en el piano (era música de jazz), el pequeño Leon “Chu” Berry inició su carrera con el saxofón alto. Sin embargo, escuchó a Hawkins y supo que el tenor sería su instrumento.

Arrancó con la banda de la secundaria y también tocó durante su estadía en la universidad West Virginia State College, donde también se destacó como un gran deportista. Su imponente porte lo convertía en un prominente jugador de fútbol americano. Pero el jazz fue más fuerte.

Su inclinación hacia la sonoridad de Coleman hizo que, cuando éste estuvo de gira por Europa, fuera uno de los músicos más requeridos en los locales donde querían escuchar un tenor de la talla de Hawkins.

Con apenas 19 años ya formaba parte de la orquesta de Sammy Steward, donde permaneció entre 1929 y 1930. Luego viajó a Nueva York, donde formó parte de la The Chocolate Dandies de Benny Carter. Fue allí donde hizo sus primeras grabaciones.

Mudó su forma de tocar a la formación de Teddy Hill en 1933 y sólo dos años después estaba en la de Fletcher Henderson. Su velocidad y agilidad a la hora de tocar hizo que Roy Eldridge sonara aburrido en “Jangled Nerves”.

El público comenzó a valorar lo que hacía este saxofonista. Y tuvo su merecido premio en 1937, cuando los lectores de la prestigiosa revista Down Beat lo eligieron como el mejor tenorista de todos.

Eso le valió como boleto para pasar a la orquesta del director y cantante Cab Calloway. Por esa banda pasarían también otro de los músicos que se convirtieron en gigantes de la escena del jazz: Dizzy Gillespie.

Las grandes formaciones fueron parte de su historia musical, pero también participó de pequeñas agrupaciones y tocó con innumerables músicos de la talla de Billie Holiday, Lionel Hampton, Bessie Smith y Teddy Wilson.

La muerte se presentó muy temprano y de manera trágica el 30 de octubre de 1941. Un accidente automovilístico dejó al jazz sin uno de los tenores más versátiles y con más proyección. Sobreviven aún sus discos junto a Cab Calloway, Fletcher Henderson y Benny Carter.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

James Moody, un exponente de la flauta del jazz

jamesmoodyEn la película “Medianoche en el jardín del bien y del mal”, que fue estrenada en 1997 y tuvo como director y productor a Clint Eastwood, Mr. Glover llama la atención de los espectadores al pasear por las calles un perro invisible.

Lo que muchos desconocen es que ese no era un actor cualquiera, sino que en realidad era James Moody, uno de los grandes talentos que tuvo el jazz y que compartió escenario con el trompetista Dizzy Gillespie.

Nacido en la ciudad de Savannah (Georgia – Estados Unidos) el 26 de marzo de 1925, Moody deslumbró con su talento a los 16 años, cuando arrancó a tocar el saxofón alto primero y el tenor después.

Tuvo también curiosidad por tocar otros instrumentos de viento y fue así como llegó a tocar la flauta traversa. Pero no fue un paso furtivo. Por el contrario, se convirtió en uno de los pocos exponentes de este instrumento en el jazz.

Su carrera tomó impulso cuando formó parte de la big band que organizaba Gillespie. Corría el año 1946, cuando a Dizzy se le ocurrió la maravillosa idea de montar una numerosa orquesta para tocar bebop.

La primera grabación como líder de banda llegó dos años después cuando registró “James Moody and His Modernists” para el sello Blue Note, junto a artistas de la talla de Art Blakey y de Chano Pozo.

A fines de la década del ’40 viaja al Viejo Continente donde realizó varios grabaciones que sobresalieron. Por caso, la versión de “I’m in the Mood for Love” sirvió para que se extendiera su audiencia.

Tanto Francia como Suecia fueron países donde quedaron registrados varios de sus materiales más interesantes, como “James Moody and his Swedish Crowns”, “Moody’s Blues” junto a The Swedish Allstars y “New Sounds from France with James Moody”.

En el año 1952 vuelve a Estados Unidos y realiza varias grabaciones para sellos como Cadet, Chess, Emercy y Prestige durante la década del ’50. Durante ese período estuvo al mando de su propio sexteto que incluía al cantante Eddie Jefferson.

Diez años después, volvía a la orquesta de Gillespie, con la que permaneció hasta 1968. La década del ’70 fue rara. A partir de 1973 se retiró repentinamente de la escena del jazz para dedicarse a trabajar en bandas que animaban los shows de Las Vegas.

En 1980 hizo su regreso triunfal al género sincopado y permaneció allí durante las próximas tres décadas hasta que abandonó este mundo el 9 de diciembre de 2010. Dejó tras de sí más de 60 discos en los que demostró que un instrumento como la flauta traversa puede brindarle mucho al jazz.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

La primera mujer del jazz

Lil_Hardin_ArmstrongTal vez son Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Billie Holiday los primeros nombres que vienen a la mente cuando se habla de mujeres dentro del jazz. Sin embargo, existe siempre una que antecede a las otras.

En este caso, la pionera no se caracterizó por tener una excelente voz, sino por tocar maravillosamente el piano. Hablamos de Lilian Hardin. Es necesario aclarar que fue la segunda esposa de Louis Armstrong, pero que eso no fue lo que la hizo famosa.

Todo lo contrario. Su talento con las teclas tienen un recorrido que comenzó con el estudio de música clásica y que se perfeccionó en la Fisk University. Ocurre que sus padres querían que su hija se instruyera y se alejara de los sonidos del demonio.

Claro está que la melodía endemoniada provenía de lugares como Storyville, la cuna del jazz. Y, pese a los esfuerzos paternos, la niña parecía preferir más el camino de los pecadores. Fue así como, engañando a su madre, comenzó a tocar el género sincopado.

Su primer trabajo importante llegó de la mano de King Oliver. En aquel 1921, el trompetista quedó hipnotizado por el sonido de su piano y la invitó a participar de su Creole Jazz Band en la ciudad de Chicago.

Fue en esa orquesta cuando conoció a Louis. Por aquel entonces, Sachmo estaba en pleno proceso de separación de su primera esposa, Daisy, y ella venía de su primer matrimonio frustrado con Jimmy Johnson.

No fue lo que se dice un amor a primera vista. Lil consideraba que Armstrong era un pueblerino. Pese a eso, lo ayudó con su divorcio. Luego se enamoró de él y se casaron en 1924. Sabía que el trompetista tenía un futuro prominente y por eso colaboró para que dejara a Oliver e iniciara un nuevo camino junto a Fletcher Henderson en Nueva York.

Ella lo esperó en Chicago, mientras continuaba tocando en la Creole y, un año después, formaron lo que representaron las mejores bandas que constituyó Louis: los Hot Five y los Hot Seven. Con estas agrupaciones realizaron varias grabaciones para el sello Okeh.

No todo es para siempre. Las relaciones de pareja comenzaron a hacerse cada vez más tensa, hasta que finalmente Hardin y Armstrong se separaron. Hubo juicios de por medio, en los que se involucraban derechos de autor de las canciones de los Hots.

En 1938, con el divorcio firmado, Lil realizó varias grabaciones para Decca Records. Durante la década del ’50 realiza varios espectáculos en Europa y participó de festivales como el Paris’s Jazz Month en 1952. Pero su vuelta a Estados Unidos la encontró olvidada.

El bebop ascendía rápidamente y las “viejas guardias” se convertían de a poco en eso: algo viejo. Ray Charles la ubicó nuevamente en escena cuando popularizó el tema “Just for a Trhill”, la canción escrita por Lil que narraba la tortuosa relación que tuvo con Louis.

Las vueltas de la vida la ubicaron arriba de un escenario en 1971. Hacía un poco más de un mes que Armstrong había fallecido y ella formó parte del espectáculo que se hacía en su homenaje. Al final de la interpretación de St. Louis Blues, Hardin se desplomó en el escenario. Ese 27 de agosto fue su último día con vida.

Fue la primera dama del jazz y su magnífica forma de tocar perdurará por siempre. Fue la enorme mujer que se encontró detrás del gran hombre. Y supo conservar su luz propia, esa que alumbrará siempre su brillante carrera.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

(des) Amores

descarga (1)“Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir a veces por la noche cuando todo el mundo duerme. Le digo ya sé que estás ahí, no te pongas triste. Luego lo vuelvo a introducir, y él canta un poquito ahí dentro, no le he dejado morir del todo y dormimos juntos así con nuestro pacto secreto y es tan tierno como para hacer llorar a un hombre, pero yo no lloro, ¿Lloras tú?”. Charles Bukowski, Pájaro azul.

 

Miles Davis, John Coltrane. John Coltrane, Miles Davis. El primero, desde su primer pinchazo con el saxofonista Gene Ammons hasta su vuelta de Europa se encontraba prácticamente inválido en la música. Su arte, su vida amputada por la heroína. Inempleable y virtuoso. Con un talento creativo singular. Original y controversial. El hedonismo en la música, todo bajo su control. El segundo, un poco más joven, haciendo sus primeros pasos en la banda de Dizzy Gillespie. Un saxo que deslumbraba por su estilo al solear, de tintes introspectivos y muy atractivos. También adicto. La Nueva York de mediados de los 50 los esperaba para empezar a escribir sobre pentagramas y humo una de las partes más importantes de la historia de la música. Las brasas de un trago corto que buscan ser fuego. Pero a todo esto, ¿quién hubiese sido capaz de afirmar qué estos dos músicos, desde su primer encuentro hasta el último, calarían con un estilo tan profundo, tan original que hasta el día de hoy todos siguen tomando como referencia a la hora de componer e interpretar? Dos nombres que se cruzaban para ir, en paralelo, conformando una relación de tantos contrastes como similitudes, de equilibrios y desequilibrios, de un atractivo estético como pocas. Creando desde los opuestos.

Todo parece arrancar en el Newport de 1955 cuando sube a tocar con una formación de pesos pesados incluyendo al bestial Thelonious Monk en las teclas, despachándose con una presentación genial. Ya lejos de las sustancias, con una previa estadía desintoxicante en la casa de sus padres en su Illinois natal, se presenta. Más afilado, más sólido, más elástico. Round Midnight y un solo de trompeta especial, cargado de muchas cosas. Tamizado por una sordina Harmon lo escuchamos desgarrarse, liberarse. Marcado por su estilo largo y tendido. Vanidoso. Los ojos se posan en esta figura resurrecta. Se posan nuevamente en su talento. Aquí comienza nuestra historia: Columbia le ofrece un contrato imposible de rechazar pero su nombre se encuentra bajo la firma de Prestige, compañía de jazz más chica que lo acompañó a Miles bastante tiempo, transformándolo casi en un jefe creativo.

Su banda era capaz de seguirle los pasos. Más que capaces, estaban preparados para esto: la afinidad con el pianista Red Garland, con el batero Philly Joe Jones y con el bajista Paul Chambers es más fuerte que nunca. Las ideas para esta nueva relación artística con Columbia están en el aire. En esta aventura, Miles se topa con un problema de difícil solución: encontrar otro caño que lo acompañe en sus creaciones melódicas y que tenga una personalidad particular a la hora de improvisar. Con un Sonny Rollins frenetizado por el ritmo de Nueva York, que se comía a los artistas vivos con sus vicios, viéndose obligado a ir para Chicago y limpiarse de sus hábitos y excesos para retomar sus andanzas con el tenor. Entonces se llama a Cannonball Adderley, uno de los altos más influyentes de la música negra. Pero este, maestro de escuela en Florida, tiene que rechazar la propuesta de entrar a grabar con Davis y los suyos por sus compromisos escolares. Su reemplazo cantado es John Gilmore, que se encuentra tocando también con la exótica Sun Ra Arkestra. Pero a Miles se le ocurre llamar al principal admirador de John Gilmore y favorito de su baterista. El primer gran quinteto de Miles lo completa John Coltrane. Empiezan a grabar con Prestige y con Columbia. Relaxin’, Cookin’, Steamin’ y Workin’ se graban para Prestige como últimos discos del Miles Davis Quintet. En el mismo estudio trabajan para Columbia. Para que nadie se entere. O para que todos se enteren. Las grabaciones para estos solo verían la luz una vez finalizado el contrato con Prestige.

Quien se empuja y se sobreexige buscando definir su propia identidad muchas veces termina chocando con paredes muy grandes. Y es necesario. Es necesario sobreexigirse. Es necesario chocar. La rebeldía y la innovación siempre van de la mano. Pero también existe esa pizca de autocontrol que hace de los más revolucionarios verdaderos genios. Piezas únicas en esta vida. Que perduran en el inconsciente colectivo. Almas que encuentran sencillo compartirse. Y no esperan nada a cambio, les importa muy poco las repercusiones. Con desmesurada simpleza crean. Y creen en lo que crean.

La relación de estos dos músicos describe una parábola con su punto más alto casi sobre su final. Graban Round About Midnight, Jazz Track, Milestones, pero la piedra angular del entrelazamiento de uno de los saxos más poderosos y de una de las mentes más creativas en la música es su último disco, Kind of Blue. Una cortina mística, como neblinosa que recubre casi una hora de innovaciones, ideas que se vienen gestando desde Milestones pero que se consuman en composiciones de una simpleza oscura, intrigante. Ya como un sexteto, confirmándose la participación de Cannonball, emprenden un viaje por estructuras armónicas simples y lo transitan con tantas expresiones personales que cada instrumento a lo largo del disco es como un personaje aparte. Personajes aparte. Miles economiza notas en sus solos, aprovecha esos grandes espacios que le ceden el piano y el bajo acompañados por la batería. Un clima que hoy idealizamos, solemne. Despojado de algo que lo ajetreaba duro. Comanda liberando otra energía. Trane, por otro lado, desbalancea el equilibrio que proponen estos modales y entra llenándolo todo de notas. Sin caer en lo absurdo o hipnotizante. Repite frases, y con un sonido exuberante busca despegarse un poco de eso que el trompetista tenía pensado para él. Disco poco atractivo para aquellos seres de la complejidad pero estos finos susurros cuasi minimalistas para los tiempos que corren son la descripción de una sociedad rota. La lucha interna de muchos para alejarse de los vicios. El virtuosismo que demuestra que, sin ensayar un solo pasaje previa grabación y el solo hecho de meter seis gigantes del jazz en un solo estudio, puede salir una joya.

Desde esta particular expresión de libertad, que termina siendo un todo repleto de diminutos conceptos que explican la vida misma: la simpleza, la armonía, la melancolía, el tiempo, la noche, el trabajo, la unión, su fragmentación, estos dos músicos no volvieron a publicar sus creaciones sustantivas en conjunto. De hecho, tomaron dos caminos distintos. Dos caminos separados. Uno, la fusión y la psicodélia. El otro, el de reflejar en el jazz su vida. Vértigo y velocidad. Cargados de una angustia y melancolía existencial como pocos. Un par de años más hasta que esa llama se apague. Un par de años más de Coltrane, muchos más de Miles. Pensar el “que hubiese pasado si…” es absurdo. Hay que tomar los hechos como tales. Una relación turbulenta, marcada por la droga pero más marcada aún por su música. Una relación que nos deja la belleza oscura y blusera (espero que no suene reiterativo) de Kind of Blue. Ese disco que nos transmite un otoño de amor o una vida entera de desencuentros. El scotch ámbar abrasando los hielos. Hasta quemarlos. El frío de la noche. O la simpleza de un par de palabras bien dichas.

Joaquin Cruzalegui
Blog: La ciudad desde el arte

El rey de la selva del stride

the lionUn poco antes de que el jazz terminara de tomar forma, uno de los estilos musicales que lo tiñó de ritmo sincopado estaba en la cresta de la ola.

En efecto, el ragtime era lo que sonaba a finales del siglo XIX y principios del XX. Incluso hoy en día esas canciones siguen siendo escuchadas, aunque no muchos sepan realmente que lo que están oyendo no es otra cosa que algún tema del género.

Un ejemplo de ello es el tema “The Entertainer” de Scott Joplin, que forma parte del repertorio musical de rigntons, películas, series o publicidades de radio o televisión.

Justamente, el fallecimiento de Joplin en 1917 hizo que el ragtime comenzara a formar parte de la historia. Aunque, como sucede muchas veces, lejos de desaparecer comenzó un proceso de mutación a partir de los años siguientes que terminó dando a luz a un nuevo género: el Harlem stride.

Se trató de una forma nueva de tocar el piano en la Willie “The Lion” Smith -junto a James P. Johnson y Thomas “Fats” Waller– sobresalió.

Joachim Berendt define al stride como “una constante y balanceada alternación de una nota en el bajo (en los tiempos nones) y un acorde (en los tiempos pares)” en su libro “El jazz – De Nueva Orleans al Jazz Rock”.

Fue en los años 20 cuando The Lion entró en escena con un virtuosismo que iluminó a jóvenes que terminaron siendo grandes maestros del piano, como George Gershwin o Artie Shaw. Pero fue a Duke Ellington a quien realmente marcó a fuego.

Extrañamente, su leyenda comenzó a nacer en 1935 cuando el stride estaba desapareciendo de escena. Aún son recordados canciones de Smith como “Echoes of Spring” o “Passionette”.

Ocurre que, pese a que inició con la música de niño (tenía 6 años cuando comenzó a darle a las teclas de marfil) y que para la segunda década del siglo XX ya era uno de los pianistas más reconocidos, sus primeras grabaciones se realizaron a mediados de los treinta.

Con anterioridad, participó en la Primera Guerra Mundial, donde recibió el apodo que lo acompañó durante toda su carrera.

Muchos fueron los que disfrutaban con sus solos y que rondaban las noches para poder encontrarse con el maestro a la salida de algún bar. El mismísimo Ellington aseguró que se emocionó mucho la noche en la que se lo encontró.

Además del éxito que tuvo como músico freelance, puede mencionarse otros músicos con los que compartió escenario, como Mamie Smith, Clarence Williams y Sidney Bechet.

Tras casi 60 años de carrera, que incluyeron giras por Norteamérica y Europa, Smith murió a los 79 el 18 de abril de 1973. Fue la ciudad de Nueva York la que lo despidió. El mismo lugar que supo cobijarlo gran parte de su vida.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

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