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Un piano en el Coliseo

Stefano Bollani y Gonzalo Chicote

Stefano Bollani y Gonzalo Chicote

Extrovertido, alegre, cómico. Esos son algunos de los adjetivos que mejor describen a Stefano Bollani debajo del escenario. Encima, esos dotes se mezclan con su talento y el resultado es un show magnífico, como el que se vio en el Teatro Coliseo el pasado martes.

Con un repertorio amplio y una conexión plena con el público, el pianista italiano hizo su cuarta presentación en Buenos Aires en un espectáculo que incluyó sólo un piano y la genialidad en manos del europeo.

Animales del Jazz estuvo presente en el teatro y tuvo la posibilidad de dialogar con Bollani al final del show, donde explicó lo importante que fue para él Enrico Rava y lo mucho que lo sorprendió la música de Charles Mingus.

Muy amable, siempre con una sonrisa y muy atento a las preguntas, Stefano contó cómo inició su comunión con el tango y el jazz, además de contar sus experiencias con el Leandro “Gato” Barbieri, Chick Corea y Caetano Veloso.

¿Qué relación tiene con el tango?
Conozco bastante de la tradición del tango, de (Osvaldo) Pugliese y de (Aníbal) Troilo. Pero el músico que más me encantó del mundo del tango fue Horacio Salgán. Porque toca el mismo instrumento que yo y porque toca de una manera que nunca escuché en otros géneros musicales. La manera de tocar, la energía, el fuego, la precisión y el gusto era muy raro. Salgán, para mí, fue una escopeta. Lo escuché la primera vez por un amigo argentino que me puso un casette de Salgán. No sabía nada. No sabía qué música era, no sabía que era tango, no sabía que era argentino, pero me gustó mucho, mucho. Esto fue, no hace mucho tiempo, hace 12 años.

¿Cómo fue tocar con el Gato Barbieri?
Era un tour de encuentro de Enrico Rava y Gato Barbieri después de 20 años, porque ellos eran muy amigos. Era un tour en Europa, con un grupo muy particular, que tenía a Enrico Rava en la trompeta, a Gato Barbieri en el saxofón, Rosario Bonaccorso al contrabajo y Aldo Romano en la batería. Fue una experiencia particular, porque la cosa más impresionante del Gato era el sonido. El sonido que es el mismo que escuchas en los discos. Cuando estas tocando con un contemporáneo, y este contemporáneo toca con el sonido de los discos que escuchaste cuando eran más chico… es impresionante. Es una disonancia cognitiva, porque no se entiende dónde estás.

¿Cual es el músico más importante con el que tocaste?
Yo toqué tres veces con Caetano Veloso. La primera vez fue en 2008. Me acuerdo perfectamente. Para mí era un ídolo total. Escuché la música de Caetano cuando era adolescente. Y cuando toqué con él, no pensé que era Caetano. Porque sino era demasiada la emoción.  Por fortuna existe YouTube. Porque ahora voy a YouTube a escuchar este dúo y me puedo emocionar. Finalmente, puedo probar la emoción. Porque, te garantizo que, en ese caso, era como que tocase con un amigo. Sin emoción. Era un muro que me establecía, porque sino no podía tocar. Imposible tocar con un ídolo así.

¿Qué experiencia representó para vos tocar con Chick Corea?
Chick era una persona totalmente cariñosa. Después de dos minutos con él, todo era más fácil. Absolutamente familiar, como un amigo. Él era como un estudiante de música, porque está siempre hablando de música. Cuando comemos, después del concierto, antes del concierto, dos minutos antes de tocar. Está siempre hablando de música, pero no de su música, sino de la música de otros, de Bill Evans, de (Thelonious) Monk… era un apasionado. Muy bueno.

¿Qué músico de jazz te deslumbró?
Tantos. En el piano, el primero fue Oscar Peterson, por la velocidad. Después, Art Tatum. Después de eso… todos. Hay muchos músicos en el mundo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

La Ciudad de Buenos Aires se viste con “La Azzurra” para recibir a Stefano Bollani

En el marco de la segunda edición de “Verano Italiano en Buenos Aires” -organizado por el Gobierno porteño- el pianista Stefano Bollani llenará de puro jazz con aroma mediterráneo el barrio de Retiro.

La cita se llevará a cabo el próximo 3 de junio en las renovadas instalaciones del Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), una de las instituciones que más lazos artísticos tiene en la actualidad con el país europeo.

Bollani nació en Milán (Italia) el 5 de diciembre de 1972 y mostró interés por la música desde muy pequeño. Soñaba con ser como Renato Carosone motivo por el que le envió una grabación suya. La recomendación que le hizo el cantante fue clave para su vida: escuchá mucho blues y jazz.

Su camino fue veloz y ya a los 15 años se subió a un escenario de manera profesional. Aunque sus colaboraciones eran para un grupo de pop, nunca abandonó el camino del género sincopado, asistiendo a cuanto seminario se presentara en Italia.

Al momento de nombrar grandes músicos de jazz con los que compartió escenario, se pueden incluir en la lista a Lee Konitz, Paolo Fresu, Leandro “Gato” Barbieri, Pat Metheny, Chick Corea y John Abercrombie, entre muchos otros.

No obstante, tal vez el más importante de todos fue un compatriota: el trompetista Enrico Rava. Ocurre que el músico nacido en Trieste fue uno de los que le abrió las puertas en el mundo del género sincopado.

Con él participó de un centenar de conciertos y grabó trece discos, entre los que pueden mencionarse Tati (2005), The third men (2007) y New York Days (2008), todos registrados para el sello ECM.

Pero su repertorio no se queda exclusivamente en el género sincopado. Por el contrario, Bollani también se animó a matices que se alejan de su tierra natal, como la música brasileña que mostró en el disco “Carioca”.

Ese material y las colaboraciones que realizó con músicos de la talla de Caetano Veloso lo unieron con Brasil. Y llegó a realizar algo que sólo Antonio Carlos Jobim hizo con anterioridad: tocar con un piano de cola en una favela de Río de Janeiro.

Además, tiene varios laureles guardados en su vitrina, entre los que sobresalen el premio al mejor músico europeo de jazz (elegido por los críticos del Viejo Continente) y el octavo lugar entre los mejores pianistas que la prestigiosa revista Downbeat, otorgados ambos en 2007.

Ese mismo año también fue galardonado con el quinto lugar entre los músicos más importantes del jazz por los especialistas de Allaboutjazz de Nueva York, que también distinguió a grandes como Ornette Coleman y Sonny Rollins.

A ello se puede agregar el doctorado “honoris causa” que le proporcionó el Berklee College of Music de Boston (Estados Unidos) en el año 2010. Algo que, sin lugar a dudas, no se obtiene todos los días.

En definitiva, este multipremiado pianista italiano ofrecerá no sólo una paleta musical de lo más variada, sino que deslumbrará a los porteños con mucho jazz. Ese que supo cultivar de la mano de Rava y de los grandes.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

El inicio de la libertad del jazz de la mano de Cecil Taylor

Ilustración: Viktoria Martin

Ilustración: Viktoria Martin

Cuando se habla del free jazz, ese género que llegó a principios de los años 60, aparece rápidamente en la mente de los amantes del género un nombre, el de Ornette Coleman.

Y es lógico. Fue el saxofonista quien introdujo esta forma de tocar jazz que electrizaba a más de uno y, al mismo tiempo, hacía sacar de sus casillas a otros tantos.

Sin embargo, este género que le dio aún más libertades al jazz tuvo otro gran exponente: Cecil Taylor.

Este pianista nacido en Nueva York el 15 de marzo 1929 comenzó a tocar el instrumento a los 6 años y perfeccionó, a lo largo de su vida, sus estudios en la música en el New York College of Music primero y en el New England Conservatory después.

Con un gran talento encima, este músico comenzó a hacerse notar a principios de los 50 con algunas formaciones propias y luego de formar parte de la orquesta de Johnny Hodges. Pero su popularidad explotó en 1956 con la grabación del álbum Jazz Advance.

Este disco fue seleccionado por The Pirguin Guide to Jazz para formar parte de la “Core Collection” -algo así como la colección que no debe faltar en la casa de un aficionado del jazz- por ser uno de los debuts más extraordinarios de la historia.

De su extensa discografía se destacan también las grabaciones realizadas para el sello Blue Note. En efecto, con esa discográfica registró Unit Structures y Conquistador, ambos en 1966.

Sin embargo, como todo músico del free, tuvo inconvenientes para hacer que las discográficas incluyeran su material en las listas de ventas. Ese fue el motivo por el cual decidió lanzar su propio sello a principio de los 70, al que llamó Unit Core.

Pero, además, se dedica a la enseñanza y colabora con bailarines y coreógrafos de todo el mundo. El más importante, sin lugar a dudas, fue el que desarrolló para el ruso Mijail Baryshnikov en 1979.

Su gran conocimiento musical le permitió compartir escenario con músicos de lo más diversos, como Mary Lou Williams, Max Roach, Enrico Rava, Archie Sheep y el Art Ensemble of Chicago, entre otros.

También supo ser el creador del The Feel Trio, junto a William Parker (bajo) y a Tony Oxley (batería). Con ellos transitó la década del 90, registrando Celebrated Blazons y Nailed, entre otros.

Su forma única de tocar hace que sus solos sean lo más recordado de este genial pianista. Esa que hace que dance sobre el teclado, imitando a los bailarines del ballet. Y la que le permitió ganar el Guggenheim Fellowship (1973) y el MacArthur Fellowship (1991).

Por algo su último trabajo registrado en 2009 se llamó The Last Dance. Aunque esperamos que no sea el último.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com
Ilustración: Viktoria Martín – Blog: pinturas-viktoriamartin.blogspot.com

Un gato en los tejados del mundo del jazz

gato-barbieriCuando era pequeño Leandro Barbieri quería triunfar con el fútbol.

Sin embargo, criarse en una familia donde el padre era violinista aficionado y su tío un saxofonista destacado terminó torciendo la historia… por suerte.

Nacido en la ciudad de Rosario el 28 de noviembre de 1932, dio sus primeros pasos musicales de la mano de un clarinete que pronto reemplazó por un saxo alto.

Eso fue para cuando cumplió 12 años y viajó a Buenos Aires. Ocurre que su hermano Rubén fue contratado por René Cóspito para formar parte de su orquesta. Adivinaron: él también era músico y tocaba la trompeta como ninguno.

Lejos ya de su deseo de patear una pelota toda su vida, el jóven Leandro cambió el rumbo de su destino. Ahora quería ser un músico destacado.

A los 18 años tuvo su primer empleo en la banda estable de Jazz Casablanca y, sabiendo que se logra el éxito mediante el esfuerzo, comenzó a devorar cuanto disco de jazz tenía a su alcance.

Además corría cada noche del Hot Club al Bop Club para participar en cuanta sesión musical sonara. Fue así como fue perfeccionando su estilo y fue eligiendo su camino.

Seducido Sonny Rolling, decidió cambiar el saxo alto por el tenor y fue contratado para trabajar con una joven promesa: Lalo Schifrin. Y para ese entonces, ya todos lo llamaban Gato.

Con él logró definir un sonido único. Incluso, tal como lo sostuvo Sergio Pujol en su libro “Jazz al Sur”, “hacia fines de los 50, no había en todo Buenos Aires -y presumiblemente tampoco en el resto del país- un saxofonista con la garra de Barbieri”.

No obstante, su destino no estaba en este país. Como todo gato, necesitaba libertad y la encontró en Europa. Apañado por su novia Michelle, viajó al Viejo Continente. Y pronto logró tocar con un gran trompetista: Enrico Rava.

En aquellos alocados años 60, todo era free jazz y Leandro se sentía verdaderamente a gusto con ese género. Por aquellos años fue también cuando se unió a la banda de uno de los trompetistas que compartió escenario con el mismísimo Sonny Rolling (las vueltas de la vida, vio).

Ilustración Viktoria Martin

Ilustración Viktoria Martin

La década de los setenta lo encontró en otra etapa de su vida. Quería volver a sus raíces y encontrar una mezcla propia de sonidos. Así fue que sumó parte de su free con algo de Latinoamérica. Algo que fue verdaderamente único.

Pero para llegar a eso, fue necesario dar un gran salto. Necesitaba algo para llegar a las vidrieras del mundo y lo logró de la mano de Bernardo Bertolucci, quien le encomendó que musicalice su film “El Último Tango en París”.

Aquella película, protagonizada por un inspiradísimo Marlon Brandon, fue una verdadera revolución y obtuvo dos Oscar: uno al mejor actor y otro al mejor director en 1973.

Ya no cabían dudas que este saxofonista necesitaba más y la llave mágica llegó con un contrato con el sello Impulso.

Fue así como grabó cuatro discos en los que se le permitió cumplir con su deseo de unir el norte de América con los ritmos latinoamericanos.

Los álbumes se llamaron Chapter One: Latin American, Chapter Two: Hasta siempre, Chapter Three: Viva Emiliano Zapata y Chapter 4: Alive in New York.

Los discos incluyeron músicos de la talla de Dino Saluzzi, Domingo Cura, Ricardo Lew, Pocho Lapouble, Chico O’ Farrill y Ron Carter. Su objetivo era lograr que los músicos tocaran lo que les era natural. Tal como lo describió el propio Barbieri: “Quiero dejar claro que he inventado algo que no es latino, ni jazz, sino algo intermedio”.

Luego, el Gato pasó por diversos escenarios internacionales mostrando la música que él mismo había creado. Muy recordado es aún cuando coreó en Montreux “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas” ante un público que lo aplaudía de pié.

Después de la muerte de Michelle, el Barbieri se quedó instalado en su departamento de Central Park. Sobreviviendo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com
Ilustración: Viktoria Marin – Blog: pinturas-viktoriamartin.blogspot.com

Enrico Rava: jazz con aroma mediterráneo

La vida de las personas a veces puede cambiar de un momento a otro. Y aquello que parecía un sueño, puede convertirse en realidad.

Una vida opaca y triste, puede pasar a una colorida y brillante. Todo depende de qué sea eso que lo motive a uno a dar el gran salto. Pero no siempre es fácil animarse a más.

En esa encrucijada debía estar parado Enrico Rava cuando, en 1956 asistió a un concierto que le cambió la vida por completo.

Aquel año, en su Italia natal (nació el 20 de agosto de 1939 en Trieste) se había presentado Miles Davis y, como un haz de luz, supo que debía tocar la trompeta.

Hasta ese entonces, el piano primero y el trombón después eran sus instrumentos predilectos. Había aprendido de la mano de su madre a teclear y en 1953 se instaló en Turín para estudiar el instrumento de viento.

Todo quedó atrás. Y su nuevo mundo se presentó con los mejores honores.

En 1959 ya era un asiduo músico de jazz, que participaba de distintas jam sessions con el grupo de Maurizio Lama y forma parte de las grabaciones de Jazz en Italia.

Unos años después conoce a Leandro “Gato” Barbieri, con quien frecuentaba las noches del bar Purgatorio en la capital italiana, donde Rava se había trasladado para perfeccionar su relación con la trompeta.

Junto al Gato, Enrico forma parte de la banda sonora de la película “Una Bella Grinta” dirigida por Piero Umiliani. Asomaba 1965, año en que conoció a Don Cherry y a Steve Lacy en el Festival de Jazz de Bolonia.

En 1966 participó del disco “The Forest and the Zoo” junto a Lacy. Álbum que, por esas cosas de la vida, fue grabado en Buenos Aires, luego de que un incumplimiento contractual lo haya dejado varado en la capital de Argentina.

Un año después se instaló en Nueva York, donde potencia sus virtudes dentro del mundo del jazz y se relaciona con músicos de la talla de Pat Metheny, John Abercrombie, Gil Evans y Cecil Taylor.

En su extensa carrera, no dejó de lado a su tierra y grabó materiales junto a dos compatriotas suyos: Paolo Fresu y Stefano Bollani.

Más de 70 discos forman parte de su historia, entre los que se destacan “The Pilgrim and the Stars” y “New York Days”, con el que obtuvo el premio al mejor disco de jazz en 2009.

Incluso, en 2002, fue galardonado con el prestigioso Jazzpar Prize, el premio más importante dentro del jazz europeo.

Esperemos que esas locas vueltas de la vida vuelvan a traer a la Argentina a Rava y podamos disfrutar una vez más de este refinado músico. Y, por qué no, poder contar con una nueva grabación en territorio nacional.

Gonzalo Chicote.
animalesdeljazz@hotmail.com