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22 años atrás

miles davis irving pennEl de 1991, no fue un 28 de septiembre como el de cualquier año. Muy por el contrario, ese día la ciudad de Santa Mónica fue el escenario del punto final de la vida de Miles Davis.

Habían quedado atrás más de cinco décadas de música. De puro jazz. Con la partida del trompetista, se terminaba también la vanguardia. Esa que tanto conocía y con la que tanto coqueteó durante su carrera.

Fue sin dudas un año distinto. Es que en 1991 Miles decidió que en sus próximos 12 meses serían los últimos que dedicaría a los conciertos, a las giras, a las grabaciones. Sus años a cuesta le inclinaban cada vez más su camino y prefería poner un freno a ese frenesí.

Pero parece que el destino quería que fuera como la ruleta rusa. Como si no tuviera permiso para aflojar un poco en el mundo del jazz. Era todo o nada. O mejor dicho: era la música o nada. Alejarse de la trompeta era desprenderse del poder y sin él se tenía que terminar también su vida.

Tenía todo planeado para editar un disco que, sin querer, fue el último. Doo Bop salió al mercado con posterioridad a la muerte de Davis. Incluso, dos de sus nueve temas fueron póstumos. Miles sólo había grabado en solitario sus intervenciones. Las máquinas lograron el resto.

Él quería un poco de paz. Las finanzas no eran un problema, sino todo lo contrario. Había llegado el momento de disfrutar de sus ahorros. De sus grandes ahorros. Por eso compró la Ferrari azul en un sólo pago en efectivo. Quería comenzar a darse los gustos.

La pintura, esa nueva actividad que consumía parte de su proceso de creación, era más relajada que tocar sobre un escenario. Que se entienda bien: no quería abandonar la música. El pensaba que lo mejor era desacelerar un poco.

Algunos datos pueden ayudar a entenderlo: mientras que en el bienio 1987-88 brindó más de 90 conciertos, en 1990 sólo hizo menos de una tercera parte. Su salud se deterioraba y él lo sabía. Lo sentía en su cuerpo.

No era la primera vez que sucedía. Había tenido que guardarse durante cinco largos años entre 1875 y 1980. Nada de espectáculos. Nada de nada. Sólo esperar a estar más fuerte y volver. Se notó después arriba del escenario que su parate le había hecho bien. Pero… nada es para siempre.

Tal vez inconscientemente se temía lo peor. Por eso tal vez los fanáticos vieron lo mejor de él en el Festival de Montreux el 8 de julio de 1991. Quizás quiso regalarles un excelente espectáculo antes de partir.

Ese día se reencontró con aquellos viejos años en los que compartía su talento junto a Gil Evans. Tocó el mismo repertorio que interpretaba con el pianista y compositor que había fallecido unos tres años atrás.

Luego de ese brillante Montreux, fue nombrado caballero de la Légion d’Honneur en Francia. Y hubo gira en el Viejo Continente. Hasta que llegó el último espectáculo, que fue el 25 de agosto en el Hollywood Bowl de California.

Allí también su actuación mostraba a un trompetista indestructible arriba del escenario. A un roble. Una hierba mala, de esas que nunca mueren. Porque eso recuerdan quienes lo vieron: que estaba más poderoso que nunca. Que su show fue único.

Ingresó al sanatorio St. John de Santa Mónica a principios de septiembre. Sólo se trababa de algo poco importante. Simple rutina. Sin embargo, sus problemas respiratorios fueron más graves de lo que se creía. Y fulminantes. La sordina Harmon se había quedado sin el aliento de Miles Davis.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Esos locos instrumentos

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Sin dudas que los músicos guardan un particular aprecio por sus instrumentos.

Anécdotas se pueden encontrar de a montón. Hace unos años, por ejemplo, Walter Malosetti estaba siendo ayudado para bajar por una rampa en el Centro Cultural Recoleta, mientras sostenía con tenacidad su guitarra.

Un cronista se le acercó para ayudarlo y le sugirió que le permita sostener el instrumento para que le sea más cómodo transitar, a lo que Malosetti contestó: “la guitarra no la entrego. Si quiere, le dejo a mi mujer”.

Muchos, incluso, hasta sienten la necesidad de ser únicos y, por eso, buscan tocar con ediciones limitadas que fabrican las empresas.

Por caso, Miles Davis fue un precursor en eso de salir a escena con una trompeta con colores que sorprendieron a su público.

Hace casi treinta años, en el Festival de Jazz de Barcelona de 1984, Miles posó con un bronce negro que fue furor entre los españoles y hasta la prensa dedicó artículos enteros a ese detalle.

Lo mismo se repitió en el año 1992, cuando Davis se mostró en el álbum Doo-bop (editado por la Warner Bros.) posando junto a una trompeta de color, aunque en este caso fue roja.

Pero el caso de Miles no es el único. Otros músicos, terminan tocando instrumentos que, probablemente, ninguno pueda utilizar jamás.

Ese es el caso de Pat Metheny y su guitarra Pikasso. Este instrumento es único en su especie y fue confeccionado por la luthier canadiense Linda Manzer y tiene la particularidad de tener 42 cuerdas y tres mástiles.

Metheny utilizó la Pikasso en diversos espectáculos y discos, interpretando con ella el tema “Into the Dream”.

Casi sin querer, otro de los músicos de jazz que sorprendió con su instrumento fue Charlie Parker.

Se puede decir que Bird no era un verdadero protector de su saxo alto, sino todo lo contrario: nunca los conservaba porque, por lo general, terminaba empeñándolo para hacerse de dinero.

La cuestión es que, en el famoso concierto realizado en el Massey Hall de Toronto, Parker se presentó a tocar sin instrumento. Los organizadores salieron a buscar algún saxo y sólo encontraron uno de plástico. Sí, leyeron bien: el saxofón era de plástico.

Eso, igualmente no arruinó la velada que reunió, por única vez en la historia, al dream team bebop (Parker, Dizzy Gillespie, Bud Powell, Max Roach y Charles Mingus).

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com