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Animales del Jazz cumple su segundo año y renueva su imagen

Logo Animales del JazzDos años atrás, sólo teníamos un sueño: difundir el jazz. Hacía un tiempo que el ciclo radial había finalizado, pero las ganas de acercar el género sincopado al público nos llevó a buscar nuevos caminos.

Teníamos muchas dudas, pero los amigos y colegas insistieron para que armáramos un blog. Casi sin darnos cuenta, Animales del Jazz estaba caminando, dando sus primeros pasos por abril de 2012. Al año, ya contábamos con nuevas secciones y más de 50 publicaciones.

Pero no nos detuvimos. Seguimos adelante, sumando más alternativas. La Vidriera de la Semana, por ejemplo, que muestra al mundo de Internet lo que suena en estos días, con músicos y bandas que desean ser escuchados.

Y la idea es continuar creciendo, así como la música de Nueva Orleans le dio paso al swing, y la rueda continuó con el bebop, el cool, el free, hasta llegar a nuestros días. Por ese motivo, quisimos bridarles algo más.

Este 30 de abril, no sólo festejaremos el segundo año de Animales del Jazz, sino que también lanzaremos un nuevo formato. A partir de ahora, el blog le cederá paso al sitio web. Un salto cualitativo que hará que nos relacionemos de otra manera, con más herramientas.

El portal contará -al menos por ahora- con las mismas secciones y mantendrá las notas y Vidrieras que fueron publicándose en este período. Pero la idea es continuar avanzando por otros caminos, aprovechando la tecnología que pone a nuestra disposición Internet.

Estamos trabajando a todo vapor para brindarles nuevas opciones para que puedan disfrutar de este maravilloso género que este jueves festeja el tercer Día Internacional del Jazz proclamado por la UNESCO.

El compromiso con Ustedes está asumido, desde el primer día, y continuará por un largo tiempo. Mientras sigamos disfrutando como lo hacemos al momento de elaborar y publicar cada una de las notas, seguiremos así. Felices junto al jazz.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz.com

La efímera trompeta del hard bop

b46596715b3788d3690ebb090ed54A fines de los ’50, los Estados Unidos estaba sumido en dos olas de jazz que provenían de costas opuestas. Desde el oriente, el cool dominaba la escena mientras que en el occidente el hard bop inundaba los oídos de los norteamericanos.

Asi, mientras en California era común escuchar a Chet Baker y a Gerry Mulligan, en Nueva York Art Blakey y Horace Silver plantaron el germen que dio nacimiento a un nuevo brote musical derivado del bebop.

A ellos, se les sumó una camada de músicos como Lee Morgan, Sonny Rolling, Max Roach y un joven trompetista con un talento que parecía inigualable: Clifford Brown.

Nacido en 1930, en Wilington (Estados Unidos), había comenzado a tocar el instrumento a temprana edad y ya a los 22 años en su curriculum figuraba la participación en las orquestas de Tadd Dameron y Lionel Hampton.

En 1953, Brownie (como se lo llamaba) realizó sus primeras grabaciones para el sello Blue Note, registrando “Memorial Album” como líder y acompañando al trombonista Jay Jay Jonhson en el disco “The Eminent Volumen 1”.

Un año después llegaría el turno de hacer lo propio junto a Blakey, también para la misma discográfica, cuando las noches en el Birdland se convirtieron en una trilogía, bajo el nombre “A Night at Birdland” (Vol. 1, 2 y 3).

Por aquel entonces, el muchacho que había sido influenciado por la trompeta de Fats Navarro marcaba su propio camino y se convertía en uno de los músicos más representativos del naciente hard bop.

No obstante, las mejores producciones llegarían en los dos años siguientes, cuando formó junto al baterista Roach un quinteto que incluía originalmente en sus líneas a George Morrow (bajo), Richie Powell (piano) y Harold Land (saxo tenor).

Junto a ellos, grabó los discos “Brown and Roach Incorporated”, “Daahoud”, “Clifford Brown & Max Roach” y “Study in Brown” entre los años 1954 y 1955 para el sello EmArcy. A la formación original, se sumaron Barry Galbraith (guitarra) y Neal Hefti para “Clifford Brown with Strings” (EmArcy – 1955).

Ya en 1956, se produjo una variante importante en la agrupación: en reemplazo de Land se incorporó el saxofonista Sonny Rolling. Con él en la formación, se registró el último álbum oficial para la discográfica: “Clifford Brown and Max Roach at Basin Street”.

Todo iba en ascenso para el trompetista, pero la vida le tenía preparado una final abrupto para la banda. Un accidente automovilístico terminó con la vida de Brown y de Powell. El 26 de junio de 1956 se diluyó trágicamente la formación más importante del hard bop.

El sonido y la influencia de Clifford fueron tan importantes que músicos como Benny Golson, Hellen Merrill y Arturo Sandoval lo recordaron a través de canciones y álbumes homenajes. Incluso su ciudad natal lo recuerda cada año a través del Clifford Brown Jazz Festival.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Jack Kerouac y el bop

Jack Kerouac“Quisiera preguntárselo todo, pero no puedo, no sé cómo hacerlo, qué es ese misterio de lo que quiero de ti, qué es el hombre o la mujer, el amor, qué quiero decir con amor; por qué debo insistir y preguntar, y por qué me voy y te dejo” – Los Subterráneos, 1958.

Kerouac nace en Massachusetts pero su hogar y fuente de inspiración termina siendo toda la extensión asfaltada (o no) que pueda recorrer por tierra. Su escritura es el andar desorganizadamente estructurado del bop. Un subir y bajar frenético por carreteras sin detenerse jamás. Como si fuesen protagonistas de una relampagueante escala sus personajes fluyen como notas al pasar una melodía: vertiginosos, sudorosos, febriles. Van y vienen. De una punta a otra viven sus sentimientos intensamente, tan a flor de piel que terminan desgarrándolos. La improvisación va variando según la estructura armónica. Sus ideas, una melodía en un tempo acelerado. La rebeldía de toda una generación y dos dicotomías: el laberinto social que transitaban los jóvenes y el rompimiento definitivo con el swing de etiqueta en lo musical.

Una juventud que creció en la Gran Depresión y se ve inmersa en las grietas de una sociedad quebrada a punto de desmoronarse por completo. Kerouac lo retrata con simpleza y gestos mínimos que transmiten vida a los pasajes y hace que podamos sentir esa mezcla entre tristeza, melancolía y soledad que está impregnada durante toda su obra. Como un blues etílico en alguna cantina perdida. Las ciudades se alinean demacradas y todos los submundos marginales conviven en estas. Nueva York, Chicago, San Francisco, Denver. Submundos que conviven a los tumbos. De costa a costa adictos, mujeres, trabajadores, vagabundos, poetas, músicos, estudiantes, más mujeres, más adictos, viven vidas volátiles que terminan ardiendo en llamas y perdiéndose en el cielo nocturno, enviciado como pocos y como muchos otros.

Clubes, bares de mala muerte, casas de putas, autostop, teatros, moteles, sótanos, más bares, apartamentos de 1,2,3,4 ambientes, se presentan infinitos para descubrir la esencia de la vida, eso que flota espeso en el aire y solo tenemos que movernos un poco para alcanzarlo. Viajando, hablando, viviendo. La cerveza, la marihuana, la bencedrina, las anfetaminas y demás sustancias de turno que sirven como catalizadores en estos actos ardientes de descubrimiento e interacción. Personajes que giran noche y día entre autos, charlas, miradas, cuerpos y comida. En ciudades profanas sin esperanza, sin desarrollo.

El sexo que une, que separa. Para luego unir. El sexo como motor. El sexo como combustible. Todo espontáneo, todo improvisado. El deseo es guía. Cada cual se junta con quien quiere, con quien desee. Deseo por conocer la verdad, deseo por lo desconocido también.

“Nada de intervalos que rompan las estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos comas y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso” – En el camino, 1957.

En los callejones de las mismas ciudades se respira individualismo experimental. La virtud está harta de la voluntad ajena. Los brillantes músicos de las Big Bands sienten la opresión de las melodías y del europeísmo en su música: esas pocas intervenciones y la monotonía ensayada hasta el hartazgo. Buscan devolverle lo pagano al jazz. Lo negro que fue perdiendo en cada. Se suben a escenarios del bajo mundo dejando los grandes teatros de lado para expresarse y profesar lo que en esa década más llamaba la atención: la libertad. Una libertad que en la música se presenta como un frenetismo creativo: sinfines de notas en solos eternos. Prolongaciones del alma inquieta. Duelos de tenores. Trompetas que chillan, escurriendo el bronce. Manos que pasean su deseo por teclas, cuerdas y pistones. Bares abarrotados de gente: intelectuales, vividores, gente de ciudad. Solistas tocando toda la noche sobre acompañamientos sincopados a una velocidad hipnótica que parece haber estado esperando décadas para encontrar sus canales. Feroces y hambrientos como una erupción surgen Charlie Parker, Dexter Gordon, Max Roach, Monk y Dizzy Gillespie devastando todo los parámetros que tienen a su paso y rompiendo las barreras ideológicas dentro de la música. Mingus, Art Blakey, Coltrane, Billy Eckstine. El renacimiento de lo experimental. Vuelve lo negro al jazz.

Frecuentemente, tan experimental que no quedan registros grabados de sus creaciones por la falta de interés de las grandes compañías y lo poco “comercializable” que era este estilo. Tiene rasgos muy personales: un fraseo asimétrico, poca relevancia a lo rítmico y las transiciones desde lo grave a lo agudo, de lo agudo hasta lo inexplicable. No se baila, todos buscan sentirlo. Todos buscan en los rincones más marginales para consumirlo. El humo, las historias, la libertad, el fanatismo, la velocidad, la búsqueda constante hacen al bop un fruto de las ciudades. Va cultivándose como un estilo de vida, con un argot propio, una forma de vestir, de saludarse. Esa concepción sucia del jazz que se mezcla con matices típicos de la vida urbana: autos que circulan constantemente, luces que iluminan esquinas a medias. Jóvenes envalentonados por el trago son aún más jóvenes, viejos sabios tambaleándose embriagados de vida. La poesía y la basura (cadáveres de nuestro consumo). El Hot de la Costa Oeste y el Cool de la Costa Este.

Los beatniks, el bop, los hipsters, los errantes, los que todo lo saben, viven y conviven en los Estados Unidos de los finales de los 40 y principalmente los 50 convirtiendo las ciudades en escenarios gigantes y noches interminables. Fumando las colillas de la calle, Kerouac escribe como un gran solista bop: inmaculado, poderoso y fugaz. Sincronizando lo que vive con lo que escribe. Sus inspiraciones, sus ardientes deseos de conocer. En una gran poesía larga y tendida. Un solo con miles de notas yendo y viniendo por una armonía profunda y llena de búsqueda.

Joaquin Cruzalegui
Blog: La ciudad desde el arte

¿Quién dijo que las segundas partes son malas?

Tuvieron que pasar muchos años y corrió el agua debajo del puente.

Hacía tiempo que había abandonado su Nueva York natal, para crecer en Philadelphia, y volver unos años después como músico.

También dejó en el camino el piano y los saxofones soprano y tenor, porque cuando descubrió el barítono supo que era “su” instrumento.

Parecía olvidado el tiempo en que, con menos de veinte años, empezaba a consagrarse como arreglista en la banda de Claude Thornhill. Estaba de vuelta en Nueva York pero no por mucho tiempo.

Estuvo también con Gene Krupa y con Bill Evans. Era tiempo de aprender de los grandes y de lograr un matiz clásico. Fue ahí cuando Gerry Mulligan encontró su lugar en algo que era más refinado y relajado del bebop imperante.

Hasta que llegó el momento de Birth of the Cool. Miles Davis decidió por fines de 1949 y principios de 1950 incluir sus temas y sus arreglos. Y concretaron juntos la instalación del cool como contrapunto del género impulsado por Dizzy Gillespie y Charlie Parker.

Fue un álbum grabado por el sello Capitol que quedó en el recuerdo de los amantes de ese género del jazz que Mulligan impulsó.

Luego Gerry viajó a lo largo de Estados Unidos. Del Este al Oeste, a Los Ángeles. Rompió las noches del Haig junto a Chet Baker. Y las drogas lo doblegaron a él.

Después llegó el tiempo de las big band. Eran los sesenta y sus giras con su Concert Jazz Band eran un clásico, aunque también era necesario alternar de vez en cuando con pequeños grupos.

En los setenta estaba preparado para los retos. Fue así como aceptó grabar con Charles Mingus en 1972, alguien con quien no parecía tener mucha afinidad musical. ¿Qué más lejos se puede llegar?: mucho. Dos años después, llegó el turno de Reunión Cumbre, con Astor Piazzolla.

Y llegó el día del reencuentro. Porque como quiso volver a las fuentes, después de tanto camino recorrido.

Incluso, lo discutió con su creador y había obtenido el visto bueno para hacerlo. Pero Davis no llegó a concretar el proyecto con él.

El disco se llamó Rebirth of the Cool. Y aunque no fueron los mismos músicos, el disco fue una joya.

En esta oportunidad Wallace Roney reemplazó a Miles en la trompeta. Lo mismo hicieron John Clark (corno francés), Dave Bargeron (trombón), Dean Johnson (bajo), Ron Vincent (batería) y Mel Tormé (voz en Darn That Dream). Del original, sólo John Lewis (piano) y Bill Barber (tuba) conservaron sus puestos.

http://www.youtube.com/watch?v=LoNxPG9BugE

Fue grabado en 1991 y salió a la venta un año después de la mano del sello GRS. Incluía los mismos doce temas (Israel, Deception, Move, Rouge, Rocker, Godchild, Moon Dreams, Venus de Milo, Budo, Boplicity, Darn That Dream y Jeru), aunque en un orden distinto al original.

El álbum se convirtió en un preciado tesoro para aquellos amantes del jazz que vieron consolidar el cool en 1949 y lo escucharon renacer con este nuevo material grabado nada más que 38 años después.

Estaba más viejo y cansado. Pero antes de su muerte (que llegó en 1996), Mulligan se pudo dar el lujo de ver su mejor material otra vez en el ruedo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Embocadura rota

Embocadura rota
Juan Marcos Almada

 a Julieta y a Juana, dos razones cotidianas.

 1

Odio la tranquilidad vespertina de un Montevideo soleado. Acabo de llegar, la ciudad de enfrente me vomitó; esputos de sangre y bilis. La violencia en su máxima expresión. Con la Bach Stradivarius 37 me partieron la boca, y ya que estaban, me pisaron la mano derecha.

2

En Buenos Aires tocaba todas las noches en un bar exclusivo. El dueño del bar tiene una amante, una chica descocada a la que le gusta el jazz y el peligro. A mí me gusta el jazz y las chicas descocadas. Una ecuación fácil de resolver, si se tiene la suficiente calentura.

Todo duró lo que duró el único y vertiginoso polvo en el baño del bar. Nunca falta un buey corneta. El clarín de un soplón sonó más fuerte que una nota sobreaguda extendida en el aliento de mi trompeta.

Perdí lo poco que tenía. Ahora voy a tener que buscarme un trabajo. Tal vez me convierta en un triste profesor.

Uno siempre cree que este tipo de cosas no van a pasar. Quién piensa que le van a cortar una pierna o que va a quedar ciego. Nuevas condiciones de vida a las que hay que adaptarse sí o sí.

 3

Ayer por la tarde, en la feria de Tristán Narvaja, empeñé la Stradivarius, de bronce bruñido, que espejaba mis facciones, deformándolas. Ese era el reflejo de mi música. Sucedáneos del free: Cecil Taylor, Olu Dara, Ornette Coleman, Don Cherry. Me dieron poco, apenas unos pesos devaluados. La trompeta tiene la campana abollada. La sacó barata. Yo tengo dos dientes menos, el labio leporino y tres dedos inútiles que ya no podrán pulsar los pistones.

De vuelta a la pensión, una melodía al estilo de Chet Baker, pero más vieja, algo similar a Art Farmer. Se repite incesantemente, no me la puedo sacar de la cabeza. Llego, me pongo frente al espejo e intento un skat. Perdí la voz, el zumbido. No reconozco el sonido. Tendría que mandarme hacer una boquilla acanalada, o mejor, con una ceja que supla el pedazo de labio que me falta. Pero eso de todas maneras no garantiza nada.

Ahora tengo una sonrisa partida, la embocadura rota. Tranquilamente me puedo meter las boquillas en el culo. Por otro lado está bien. Se acabó todo.

Pero es posible que nada acabe, que siga en continuo la locura afiebrada de las melodías, los fraseos, los solos interminables. Todo en mi cabeza, a punto de explotar. Si me quedara sordo, ¿se terminaría este ruido abstracto, la sordina agamuzada que me carcome día y noche? Claro que no.

4

Soñé que tocaba otra vez en una jam. Era un club nocturno, muy oscuro. Yo apenas si veía a los otros músicos. Sería un cuarteto o un quinteto. No recuerdo ningún rostro. Todo velado bajo una cellisca. Había un contrabajo, extraño, era más bien una especie de ataúd negro con dos cuerdas muy gruesas, como el bajo de Mark Sadman. Escuchaba otros bronces, trombón y saxo tenor, creo, y si bien no todo el tiempo, escuchaba algunos acordes de piano, a los lejos, como difuminados en un disco de pasta. Se escuchaba el murmullo incesante del público, pero no lograba verlo tampoco, tenía las luces de frente. Yo estaba esperando mi solo, siguiendo el tempo con el taco de mi pie izquierdo. Tenía miedo, no sabía a qué, pero tenía un raro presentimiento, como si supiera verdaderamente que me iba a ser imposible hacer vibrar mis labios. Tenía mucho frío, me miraba los pies y estaba descalzo, sobre un charco de saliva.

El saxo subía unas notas, y las sostenía en el aire, para darme paso. Desperté justo antes de que me tocara. Tenía los pies destapados, helados, tiritaba de frío.

5

La vida no es otra cosa que engaño y resentimiento. Qué puede pensar un tipo como yo, bajo mis circunstancias. Camino, mientras tanto, las calles desoladas de un Montevideo invernal. ¿Dónde está la gente? Es como si todo se conjurase para mostrarme lo solo que estoy. Todo: una palabra muy grande para alguien tan minúsculo como yo.

Ahora que ya no tengo nada, voy a la rambla y me miro en el espejo opaco del río y rememoro mansamente los recuerdos torcidos que tengo atravesados de lado a lado.

6

Camino por las calles de Palermo, en busca de los tambores. Me meto en un barrio negro, con raíces africanas y pienso que todo viene de África, todo menos la necesidad extrema de un blanco con el labio partido, con la vida cercenada. Escucho el repique, los cueros lejanos. No me atrevo a adentrarme a buscar la cuerda. Me alejo por Yaguarón hasta la 18 de Julio. Lo mejor va a ser meterme en un puterío de Buceo, tomar, y que una puta se lleve la energía negativa condensada en mi coagulo seminal.

7

Qué me queda ahora sino la abulia de una música ficta. El olvido sistemático del método Gatti, Caruso, Arban. Bebop, cool, hard, latin, free, acid; palabras rotas, sin sentido, vacías de toda significación, el inasible hermetismo del jazz.

Pensar que todo aquello arrancó con Hot House, de Dameron. Algunos dicen que fue el primer registro del bop. Siempre hay una causa, un primer escalón, algo que da comienzo y que desencadena lo que vendrá. Lo mismo que el polvo con esa chica descocada y ajena, y mi labio partido.

Dizzy tocó en el Cotton Club de Al Capone, donde dicen que un matón le dobló la trompeta hacia arriba. Pero él siguió tocándola así. A mí me agarró un pesado de poca monta y me cagó la carrera. La distancia abismal entre hombres que tienen el mismo oficio: tocar una trompeta. Él, maravilloso, genial; yo, estropeado, a punto de la locura, sin ninguna posibilidad.

8

Maloclusiones, prognatismo, diastemas, fracturas, tenosinovitis, síndrome del desfiladero torácico, hiperhidrosis, distonía de función focal, rotura del músculo orbicular de los labios, y agrego ahora mi incapacidad total, absoluta, definitiva, para la que no existen curas, ni tisanas, ni médicos, ni tratamientos.

Acá estoy, entregado a lo que me espera. Tengo una pequeña corneta, mi primer instrumento, aquel que mi madre compró usada en una casa de rezagos militares. Me la monto en la embocadura y trato de vibrar. Un acople que me aturde hasta la sordera, una diminuta melodía agónica, un chirrido, los frenos de un tranvía, un fraseo in creyendo que muere estrellado contra la pared sin acústica de la pieza de la pensión. Así debe ser la muerte: una ciudad desconocida, la pérdida del oficio, la acompasada mediocridad. Un dolor inocuo, vaciado de toda sensibilidad.

 9

Salgo a la calle. Hace frío. Subo la solapa del saco y camino contra el viento que se arremolina por los edificios. Palpo mis bolsillos en busca del paquete de cigarrillos. No lo encuentro, lo debo de haber olvidado arriba de la mesa de luz. Encuentro, sin embargo, una boquilla. Es la que le saqué a la Stradivarius antes de venderla. La boquilla es una 7c, es de un alumno que tenía en Buenos Aires. Todavía se debe estar preguntando por qué no le di clase la semana pasada. La miro, la sopeso. Me apoyo el aro en el ojo y la uso como un catalejo. Veo la gente meterse en el radio ocular. Con una boquilla así empecé. Es estándar, con una taza y un grano convencional. La usé durante mucho tiempo, hasta que me enteré de que Miles se había hecho fabricar una especial para él, entonces fui a lo de un amigo trompetista que arreglaba bronces y le pedí que me hiciera una a medida. Con esa toqué toda mi vida. Con el apurón del escape la dejé en el departamento que alquilaba en Buenos Aires. De todos modos ya no me sirve. La moldura de mis labios cambió para siempre.

La gente me mira extrañada, un loco en mitad de la vereda, mirando a través de un tubito de bronce. Un loco más, nada que llame demasiado la atención. Me miran unos segundos, y continúan su camino, se desinteresan. Los envidio, me gustaría poder desentenderme de mí mismo. No estoy demasiado lejos de cumplir con ese deseo. Mi vida cambió radicalmente. Ya no soy el que era, ya no podré serlo. Libertad en estado puro, elevada a su máxima impotencia, la esperanza rota de un reyuno. Estoy al pedo, eso me hace el ser más libre y más inútil del mundo. Si ni chiflar puedo.

Ahora voy a poder descuidar mis manos, comerme las uñas, lastimarme. Descuidar algún corte al afeitarme. Me voy a poder pelear en la calle, con cualquiera, a riesgo de que me rompan la trompa.

10

Me metí en un café. En esta ciudad abundan, tal y cual sucede en la ciudad de enfrente. Hace un rato largo que estoy. Fumo, tomo cerveza, de vez en cuando me llevo la boquilla a la boca. Sentirla me hace doler el labio. Jugueteo con la lengua en los espacios de los dientes que me bajaron. Es una sensación rara; tantos años cuidando la dentadura, al pedo. De un sólo golpe me cambiaron la vida. Con la Stradivaruis, qué gran ironía. Ya es noche, ya estoy lo suficientemente borracho como para largarme a las calles en busca de algo que no sé bien qué es: una puta, una pelea, problemas. Camino por Ciudad Vieja. Encuentro un bar, un antro oscuro. En la vidriera, en neón, se anuncia jazz vivo. Otra ironía, para un jazero muerto. Buen lugar para la tortura. Entro. Me siento en una mesa contra la pared. No hay mucha gente; tanto mejor, no quiero hablar con nadie. Se me acerca el mozo. Pido whisky. En el escenario, un trío: piano, bajo, trompeta. Tocan estándares: But not for me de Gershwin, Pannonica de Monk y Fiesta mojo de Dizzy. Suenan bien. El trompetista toca con una benge. Tiene un sonido claro, limpio, ajustado. Escucho tres temas, termino mi vaso, apago el pucho y salgo. Necesito olvidarme de todo. Desconar el tiempo, hacer del recuerdo un estado de sosiego, como una respiración sin sibilancias. Camino, quedan retardas auditivas, un réquiem sonoro, las agujas de los fraseos clavando su líquido en mi espina dorsal. Otra vez el río y su estúpido ritmo, ese vaivén idiota de vals oxidado.

Adiós al brillo cromado de mi voz, adiós al bronce estatuario al que aspiraba, ya vendrá el bronce lapidario para marcar la última nota, como la escupida que apaga la brasa minúscula de un pucho.

Embocadura Rota obtuvo el 4° premio en el concurso “Cuentos Rioplateados, dos siglos, dos orillas” y forma parte de la antología homónima, editada con el apoyo del Ministerio de cultura de Buenos Aires, el Ministerio de cultura de Montevideo y la Fundación El Libro.