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Una voz centenaria

Photo of Billie HOLIDAYHace exactamente cien años, la ciudad de Philadelphia (Pennsylvania – Estados Unidos) veía nacer a quien se convertiría en una de las grandes cantantes que tuvo el jazz en toda su Historia: Billie Holiday.

Si bien tuvo una voz envidiable, el sentimiento y la interpretación que hacía de cada letra y de cada canción fue un elemento distintivo que la llevó a encumbrarse en lo más alto del género sincopado en la década del ’30.

Sin dudas sus primeros años fueron los que marcaron a fuego ese sufrimiento que se impregnaría a la hora de subir a un escenario. Fruto de una relación temprana entre Clarence Holiday (de sólo 15 años) y Sadie Fagan (13 años), conoció la miseria y el abandono desde pequeña.

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Un verdadero sonido fraternal

Woody Herman four brothersCorría 1947 y el saxofonista, clarinetista, cantante y director de orquestas Woody Herman tenía ganas de volver a armar un grupo grande como el que tuvo que cancelar por problemas personales apenas un año atrás.

No le había ido nada mal en ese rol ya que al mando de The Band That Plays The Blues -que también se conoció como The First Herd– logró vender más de cinco millones de copias del tema Woodchopper´s Ball.

La ciudad de Los Ángeles (California – Estados Unidos) fue la que le dio la esperanza. Allí escuchó a cuatro saxofonistas que eran magníficos cuyos nombres pasaron a ser, con el tiempo, sinónimos del jazz: Jimmy Giuffre, Zoot Sims, Herbie Steward y Stan Getz.

El sonido que desprendían esos bronces lo cautivaron. Por eso, decidió contratar a tres últimos para que se unieran a la orquesta que recién se estaba formando y sumó al saxo barítono Serge Chaloff.

Fueron estos cuatro músicos los que le dieron la sonoridad que caracterizaron a la “Second Herd” de Herman, que también contó con los trompetistas Ernie Royal, Bernie Glow, Stan Fishelson, Shorty Rogers y Marky Markowitz; los trombonistas Earl Swope, Ollie Wilson y Bob Swift; el pianista Fred Otis; el guitarrista Gene Sargent; el saxo alto Sam Marowitz; el bajo de Walter Yoder y el baterista Don Lamond.

Si bien Giuffre quedó fuera en un principio, fue parte determinante para terminar de ponerle un sello ya que fue él quien compuso el tema que le dio el nombre con el que pasó a la historia: Four Brothers.

La canción fue grabada el 27 de diciembre de 1947 por el sello Columbia y se convirtió en sinónimo de los cuatro músicos y muchos recuerdan a la agrupación directamente con esa denominación.

Sin embargo, como dice el dicho, todo lo bueno dura poco. El cuarteto de bronces comenzó sufriendo la salida de Steward (que fue reemplazado en 1948 por Al Cohn) hasta que -a sólo dos años de su creación- todo estaba terminado.

En efecto, en 1949 las penurias económicas obligaron a Herman a disolver la banda. Muchos de los músicos decidieron marcharse para comenzar un nuevo camino dentro del jazz. Woody continuó con un formato más pequeño y los otros se convirtieron en leyenda.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

(des) Amores

descarga (1)“Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir a veces por la noche cuando todo el mundo duerme. Le digo ya sé que estás ahí, no te pongas triste. Luego lo vuelvo a introducir, y él canta un poquito ahí dentro, no le he dejado morir del todo y dormimos juntos así con nuestro pacto secreto y es tan tierno como para hacer llorar a un hombre, pero yo no lloro, ¿Lloras tú?”. Charles Bukowski, Pájaro azul.

 

Miles Davis, John Coltrane. John Coltrane, Miles Davis. El primero, desde su primer pinchazo con el saxofonista Gene Ammons hasta su vuelta de Europa se encontraba prácticamente inválido en la música. Su arte, su vida amputada por la heroína. Inempleable y virtuoso. Con un talento creativo singular. Original y controversial. El hedonismo en la música, todo bajo su control. El segundo, un poco más joven, haciendo sus primeros pasos en la banda de Dizzy Gillespie. Un saxo que deslumbraba por su estilo al solear, de tintes introspectivos y muy atractivos. También adicto. La Nueva York de mediados de los 50 los esperaba para empezar a escribir sobre pentagramas y humo una de las partes más importantes de la historia de la música. Las brasas de un trago corto que buscan ser fuego. Pero a todo esto, ¿quién hubiese sido capaz de afirmar qué estos dos músicos, desde su primer encuentro hasta el último, calarían con un estilo tan profundo, tan original que hasta el día de hoy todos siguen tomando como referencia a la hora de componer e interpretar? Dos nombres que se cruzaban para ir, en paralelo, conformando una relación de tantos contrastes como similitudes, de equilibrios y desequilibrios, de un atractivo estético como pocas. Creando desde los opuestos.

Todo parece arrancar en el Newport de 1955 cuando sube a tocar con una formación de pesos pesados incluyendo al bestial Thelonious Monk en las teclas, despachándose con una presentación genial. Ya lejos de las sustancias, con una previa estadía desintoxicante en la casa de sus padres en su Illinois natal, se presenta. Más afilado, más sólido, más elástico. Round Midnight y un solo de trompeta especial, cargado de muchas cosas. Tamizado por una sordina Harmon lo escuchamos desgarrarse, liberarse. Marcado por su estilo largo y tendido. Vanidoso. Los ojos se posan en esta figura resurrecta. Se posan nuevamente en su talento. Aquí comienza nuestra historia: Columbia le ofrece un contrato imposible de rechazar pero su nombre se encuentra bajo la firma de Prestige, compañía de jazz más chica que lo acompañó a Miles bastante tiempo, transformándolo casi en un jefe creativo.

Su banda era capaz de seguirle los pasos. Más que capaces, estaban preparados para esto: la afinidad con el pianista Red Garland, con el batero Philly Joe Jones y con el bajista Paul Chambers es más fuerte que nunca. Las ideas para esta nueva relación artística con Columbia están en el aire. En esta aventura, Miles se topa con un problema de difícil solución: encontrar otro caño que lo acompañe en sus creaciones melódicas y que tenga una personalidad particular a la hora de improvisar. Con un Sonny Rollins frenetizado por el ritmo de Nueva York, que se comía a los artistas vivos con sus vicios, viéndose obligado a ir para Chicago y limpiarse de sus hábitos y excesos para retomar sus andanzas con el tenor. Entonces se llama a Cannonball Adderley, uno de los altos más influyentes de la música negra. Pero este, maestro de escuela en Florida, tiene que rechazar la propuesta de entrar a grabar con Davis y los suyos por sus compromisos escolares. Su reemplazo cantado es John Gilmore, que se encuentra tocando también con la exótica Sun Ra Arkestra. Pero a Miles se le ocurre llamar al principal admirador de John Gilmore y favorito de su baterista. El primer gran quinteto de Miles lo completa John Coltrane. Empiezan a grabar con Prestige y con Columbia. Relaxin’, Cookin’, Steamin’ y Workin’ se graban para Prestige como últimos discos del Miles Davis Quintet. En el mismo estudio trabajan para Columbia. Para que nadie se entere. O para que todos se enteren. Las grabaciones para estos solo verían la luz una vez finalizado el contrato con Prestige.

Quien se empuja y se sobreexige buscando definir su propia identidad muchas veces termina chocando con paredes muy grandes. Y es necesario. Es necesario sobreexigirse. Es necesario chocar. La rebeldía y la innovación siempre van de la mano. Pero también existe esa pizca de autocontrol que hace de los más revolucionarios verdaderos genios. Piezas únicas en esta vida. Que perduran en el inconsciente colectivo. Almas que encuentran sencillo compartirse. Y no esperan nada a cambio, les importa muy poco las repercusiones. Con desmesurada simpleza crean. Y creen en lo que crean.

La relación de estos dos músicos describe una parábola con su punto más alto casi sobre su final. Graban Round About Midnight, Jazz Track, Milestones, pero la piedra angular del entrelazamiento de uno de los saxos más poderosos y de una de las mentes más creativas en la música es su último disco, Kind of Blue. Una cortina mística, como neblinosa que recubre casi una hora de innovaciones, ideas que se vienen gestando desde Milestones pero que se consuman en composiciones de una simpleza oscura, intrigante. Ya como un sexteto, confirmándose la participación de Cannonball, emprenden un viaje por estructuras armónicas simples y lo transitan con tantas expresiones personales que cada instrumento a lo largo del disco es como un personaje aparte. Personajes aparte. Miles economiza notas en sus solos, aprovecha esos grandes espacios que le ceden el piano y el bajo acompañados por la batería. Un clima que hoy idealizamos, solemne. Despojado de algo que lo ajetreaba duro. Comanda liberando otra energía. Trane, por otro lado, desbalancea el equilibrio que proponen estos modales y entra llenándolo todo de notas. Sin caer en lo absurdo o hipnotizante. Repite frases, y con un sonido exuberante busca despegarse un poco de eso que el trompetista tenía pensado para él. Disco poco atractivo para aquellos seres de la complejidad pero estos finos susurros cuasi minimalistas para los tiempos que corren son la descripción de una sociedad rota. La lucha interna de muchos para alejarse de los vicios. El virtuosismo que demuestra que, sin ensayar un solo pasaje previa grabación y el solo hecho de meter seis gigantes del jazz en un solo estudio, puede salir una joya.

Desde esta particular expresión de libertad, que termina siendo un todo repleto de diminutos conceptos que explican la vida misma: la simpleza, la armonía, la melancolía, el tiempo, la noche, el trabajo, la unión, su fragmentación, estos dos músicos no volvieron a publicar sus creaciones sustantivas en conjunto. De hecho, tomaron dos caminos distintos. Dos caminos separados. Uno, la fusión y la psicodélia. El otro, el de reflejar en el jazz su vida. Vértigo y velocidad. Cargados de una angustia y melancolía existencial como pocos. Un par de años más hasta que esa llama se apague. Un par de años más de Coltrane, muchos más de Miles. Pensar el “que hubiese pasado si…” es absurdo. Hay que tomar los hechos como tales. Una relación turbulenta, marcada por la droga pero más marcada aún por su música. Una relación que nos deja la belleza oscura y blusera (espero que no suene reiterativo) de Kind of Blue. Ese disco que nos transmite un otoño de amor o una vida entera de desencuentros. El scotch ámbar abrasando los hielos. Hasta quemarlos. El frío de la noche. O la simpleza de un par de palabras bien dichas.

Joaquin Cruzalegui
Blog: La ciudad desde el arte