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¿Quién dijo que las segundas partes son malas?

Tuvieron que pasar muchos años y corrió el agua debajo del puente.

Hacía tiempo que había abandonado su Nueva York natal, para crecer en Philadelphia, y volver unos años después como músico.

También dejó en el camino el piano y los saxofones soprano y tenor, porque cuando descubrió el barítono supo que era “su” instrumento.

Parecía olvidado el tiempo en que, con menos de veinte años, empezaba a consagrarse como arreglista en la banda de Claude Thornhill. Estaba de vuelta en Nueva York pero no por mucho tiempo.

Estuvo también con Gene Krupa y con Bill Evans. Era tiempo de aprender de los grandes y de lograr un matiz clásico. Fue ahí cuando Gerry Mulligan encontró su lugar en algo que era más refinado y relajado del bebop imperante.

Hasta que llegó el momento de Birth of the Cool. Miles Davis decidió por fines de 1949 y principios de 1950 incluir sus temas y sus arreglos. Y concretaron juntos la instalación del cool como contrapunto del género impulsado por Dizzy Gillespie y Charlie Parker.

Fue un álbum grabado por el sello Capitol que quedó en el recuerdo de los amantes de ese género del jazz que Mulligan impulsó.

Luego Gerry viajó a lo largo de Estados Unidos. Del Este al Oeste, a Los Ángeles. Rompió las noches del Haig junto a Chet Baker. Y las drogas lo doblegaron a él.

Después llegó el tiempo de las big band. Eran los sesenta y sus giras con su Concert Jazz Band eran un clásico, aunque también era necesario alternar de vez en cuando con pequeños grupos.

En los setenta estaba preparado para los retos. Fue así como aceptó grabar con Charles Mingus en 1972, alguien con quien no parecía tener mucha afinidad musical. ¿Qué más lejos se puede llegar?: mucho. Dos años después, llegó el turno de Reunión Cumbre, con Astor Piazzolla.

Y llegó el día del reencuentro. Porque como quiso volver a las fuentes, después de tanto camino recorrido.

Incluso, lo discutió con su creador y había obtenido el visto bueno para hacerlo. Pero Davis no llegó a concretar el proyecto con él.

El disco se llamó Rebirth of the Cool. Y aunque no fueron los mismos músicos, el disco fue una joya.

En esta oportunidad Wallace Roney reemplazó a Miles en la trompeta. Lo mismo hicieron John Clark (corno francés), Dave Bargeron (trombón), Dean Johnson (bajo), Ron Vincent (batería) y Mel Tormé (voz en Darn That Dream). Del original, sólo John Lewis (piano) y Bill Barber (tuba) conservaron sus puestos.

http://www.youtube.com/watch?v=LoNxPG9BugE

Fue grabado en 1991 y salió a la venta un año después de la mano del sello GRS. Incluía los mismos doce temas (Israel, Deception, Move, Rouge, Rocker, Godchild, Moon Dreams, Venus de Milo, Budo, Boplicity, Darn That Dream y Jeru), aunque en un orden distinto al original.

El álbum se convirtió en un preciado tesoro para aquellos amantes del jazz que vieron consolidar el cool en 1949 y lo escucharon renacer con este nuevo material grabado nada más que 38 años después.

Estaba más viejo y cansado. Pero antes de su muerte (que llegó en 1996), Mulligan se pudo dar el lujo de ver su mejor material otra vez en el ruedo.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Embocadura rota

Embocadura rota
Juan Marcos Almada

 a Julieta y a Juana, dos razones cotidianas.

 1

Odio la tranquilidad vespertina de un Montevideo soleado. Acabo de llegar, la ciudad de enfrente me vomitó; esputos de sangre y bilis. La violencia en su máxima expresión. Con la Bach Stradivarius 37 me partieron la boca, y ya que estaban, me pisaron la mano derecha.

2

En Buenos Aires tocaba todas las noches en un bar exclusivo. El dueño del bar tiene una amante, una chica descocada a la que le gusta el jazz y el peligro. A mí me gusta el jazz y las chicas descocadas. Una ecuación fácil de resolver, si se tiene la suficiente calentura.

Todo duró lo que duró el único y vertiginoso polvo en el baño del bar. Nunca falta un buey corneta. El clarín de un soplón sonó más fuerte que una nota sobreaguda extendida en el aliento de mi trompeta.

Perdí lo poco que tenía. Ahora voy a tener que buscarme un trabajo. Tal vez me convierta en un triste profesor.

Uno siempre cree que este tipo de cosas no van a pasar. Quién piensa que le van a cortar una pierna o que va a quedar ciego. Nuevas condiciones de vida a las que hay que adaptarse sí o sí.

 3

Ayer por la tarde, en la feria de Tristán Narvaja, empeñé la Stradivarius, de bronce bruñido, que espejaba mis facciones, deformándolas. Ese era el reflejo de mi música. Sucedáneos del free: Cecil Taylor, Olu Dara, Ornette Coleman, Don Cherry. Me dieron poco, apenas unos pesos devaluados. La trompeta tiene la campana abollada. La sacó barata. Yo tengo dos dientes menos, el labio leporino y tres dedos inútiles que ya no podrán pulsar los pistones.

De vuelta a la pensión, una melodía al estilo de Chet Baker, pero más vieja, algo similar a Art Farmer. Se repite incesantemente, no me la puedo sacar de la cabeza. Llego, me pongo frente al espejo e intento un skat. Perdí la voz, el zumbido. No reconozco el sonido. Tendría que mandarme hacer una boquilla acanalada, o mejor, con una ceja que supla el pedazo de labio que me falta. Pero eso de todas maneras no garantiza nada.

Ahora tengo una sonrisa partida, la embocadura rota. Tranquilamente me puedo meter las boquillas en el culo. Por otro lado está bien. Se acabó todo.

Pero es posible que nada acabe, que siga en continuo la locura afiebrada de las melodías, los fraseos, los solos interminables. Todo en mi cabeza, a punto de explotar. Si me quedara sordo, ¿se terminaría este ruido abstracto, la sordina agamuzada que me carcome día y noche? Claro que no.

4

Soñé que tocaba otra vez en una jam. Era un club nocturno, muy oscuro. Yo apenas si veía a los otros músicos. Sería un cuarteto o un quinteto. No recuerdo ningún rostro. Todo velado bajo una cellisca. Había un contrabajo, extraño, era más bien una especie de ataúd negro con dos cuerdas muy gruesas, como el bajo de Mark Sadman. Escuchaba otros bronces, trombón y saxo tenor, creo, y si bien no todo el tiempo, escuchaba algunos acordes de piano, a los lejos, como difuminados en un disco de pasta. Se escuchaba el murmullo incesante del público, pero no lograba verlo tampoco, tenía las luces de frente. Yo estaba esperando mi solo, siguiendo el tempo con el taco de mi pie izquierdo. Tenía miedo, no sabía a qué, pero tenía un raro presentimiento, como si supiera verdaderamente que me iba a ser imposible hacer vibrar mis labios. Tenía mucho frío, me miraba los pies y estaba descalzo, sobre un charco de saliva.

El saxo subía unas notas, y las sostenía en el aire, para darme paso. Desperté justo antes de que me tocara. Tenía los pies destapados, helados, tiritaba de frío.

5

La vida no es otra cosa que engaño y resentimiento. Qué puede pensar un tipo como yo, bajo mis circunstancias. Camino, mientras tanto, las calles desoladas de un Montevideo invernal. ¿Dónde está la gente? Es como si todo se conjurase para mostrarme lo solo que estoy. Todo: una palabra muy grande para alguien tan minúsculo como yo.

Ahora que ya no tengo nada, voy a la rambla y me miro en el espejo opaco del río y rememoro mansamente los recuerdos torcidos que tengo atravesados de lado a lado.

6

Camino por las calles de Palermo, en busca de los tambores. Me meto en un barrio negro, con raíces africanas y pienso que todo viene de África, todo menos la necesidad extrema de un blanco con el labio partido, con la vida cercenada. Escucho el repique, los cueros lejanos. No me atrevo a adentrarme a buscar la cuerda. Me alejo por Yaguarón hasta la 18 de Julio. Lo mejor va a ser meterme en un puterío de Buceo, tomar, y que una puta se lleve la energía negativa condensada en mi coagulo seminal.

7

Qué me queda ahora sino la abulia de una música ficta. El olvido sistemático del método Gatti, Caruso, Arban. Bebop, cool, hard, latin, free, acid; palabras rotas, sin sentido, vacías de toda significación, el inasible hermetismo del jazz.

Pensar que todo aquello arrancó con Hot House, de Dameron. Algunos dicen que fue el primer registro del bop. Siempre hay una causa, un primer escalón, algo que da comienzo y que desencadena lo que vendrá. Lo mismo que el polvo con esa chica descocada y ajena, y mi labio partido.

Dizzy tocó en el Cotton Club de Al Capone, donde dicen que un matón le dobló la trompeta hacia arriba. Pero él siguió tocándola así. A mí me agarró un pesado de poca monta y me cagó la carrera. La distancia abismal entre hombres que tienen el mismo oficio: tocar una trompeta. Él, maravilloso, genial; yo, estropeado, a punto de la locura, sin ninguna posibilidad.

8

Maloclusiones, prognatismo, diastemas, fracturas, tenosinovitis, síndrome del desfiladero torácico, hiperhidrosis, distonía de función focal, rotura del músculo orbicular de los labios, y agrego ahora mi incapacidad total, absoluta, definitiva, para la que no existen curas, ni tisanas, ni médicos, ni tratamientos.

Acá estoy, entregado a lo que me espera. Tengo una pequeña corneta, mi primer instrumento, aquel que mi madre compró usada en una casa de rezagos militares. Me la monto en la embocadura y trato de vibrar. Un acople que me aturde hasta la sordera, una diminuta melodía agónica, un chirrido, los frenos de un tranvía, un fraseo in creyendo que muere estrellado contra la pared sin acústica de la pieza de la pensión. Así debe ser la muerte: una ciudad desconocida, la pérdida del oficio, la acompasada mediocridad. Un dolor inocuo, vaciado de toda sensibilidad.

 9

Salgo a la calle. Hace frío. Subo la solapa del saco y camino contra el viento que se arremolina por los edificios. Palpo mis bolsillos en busca del paquete de cigarrillos. No lo encuentro, lo debo de haber olvidado arriba de la mesa de luz. Encuentro, sin embargo, una boquilla. Es la que le saqué a la Stradivarius antes de venderla. La boquilla es una 7c, es de un alumno que tenía en Buenos Aires. Todavía se debe estar preguntando por qué no le di clase la semana pasada. La miro, la sopeso. Me apoyo el aro en el ojo y la uso como un catalejo. Veo la gente meterse en el radio ocular. Con una boquilla así empecé. Es estándar, con una taza y un grano convencional. La usé durante mucho tiempo, hasta que me enteré de que Miles se había hecho fabricar una especial para él, entonces fui a lo de un amigo trompetista que arreglaba bronces y le pedí que me hiciera una a medida. Con esa toqué toda mi vida. Con el apurón del escape la dejé en el departamento que alquilaba en Buenos Aires. De todos modos ya no me sirve. La moldura de mis labios cambió para siempre.

La gente me mira extrañada, un loco en mitad de la vereda, mirando a través de un tubito de bronce. Un loco más, nada que llame demasiado la atención. Me miran unos segundos, y continúan su camino, se desinteresan. Los envidio, me gustaría poder desentenderme de mí mismo. No estoy demasiado lejos de cumplir con ese deseo. Mi vida cambió radicalmente. Ya no soy el que era, ya no podré serlo. Libertad en estado puro, elevada a su máxima impotencia, la esperanza rota de un reyuno. Estoy al pedo, eso me hace el ser más libre y más inútil del mundo. Si ni chiflar puedo.

Ahora voy a poder descuidar mis manos, comerme las uñas, lastimarme. Descuidar algún corte al afeitarme. Me voy a poder pelear en la calle, con cualquiera, a riesgo de que me rompan la trompa.

10

Me metí en un café. En esta ciudad abundan, tal y cual sucede en la ciudad de enfrente. Hace un rato largo que estoy. Fumo, tomo cerveza, de vez en cuando me llevo la boquilla a la boca. Sentirla me hace doler el labio. Jugueteo con la lengua en los espacios de los dientes que me bajaron. Es una sensación rara; tantos años cuidando la dentadura, al pedo. De un sólo golpe me cambiaron la vida. Con la Stradivaruis, qué gran ironía. Ya es noche, ya estoy lo suficientemente borracho como para largarme a las calles en busca de algo que no sé bien qué es: una puta, una pelea, problemas. Camino por Ciudad Vieja. Encuentro un bar, un antro oscuro. En la vidriera, en neón, se anuncia jazz vivo. Otra ironía, para un jazero muerto. Buen lugar para la tortura. Entro. Me siento en una mesa contra la pared. No hay mucha gente; tanto mejor, no quiero hablar con nadie. Se me acerca el mozo. Pido whisky. En el escenario, un trío: piano, bajo, trompeta. Tocan estándares: But not for me de Gershwin, Pannonica de Monk y Fiesta mojo de Dizzy. Suenan bien. El trompetista toca con una benge. Tiene un sonido claro, limpio, ajustado. Escucho tres temas, termino mi vaso, apago el pucho y salgo. Necesito olvidarme de todo. Desconar el tiempo, hacer del recuerdo un estado de sosiego, como una respiración sin sibilancias. Camino, quedan retardas auditivas, un réquiem sonoro, las agujas de los fraseos clavando su líquido en mi espina dorsal. Otra vez el río y su estúpido ritmo, ese vaivén idiota de vals oxidado.

Adiós al brillo cromado de mi voz, adiós al bronce estatuario al que aspiraba, ya vendrá el bronce lapidario para marcar la última nota, como la escupida que apaga la brasa minúscula de un pucho.

Embocadura Rota obtuvo el 4° premio en el concurso “Cuentos Rioplateados, dos siglos, dos orillas” y forma parte de la antología homónima, editada con el apoyo del Ministerio de cultura de Buenos Aires, el Ministerio de cultura de Montevideo y la Fundación El Libro.

Cuando el jazz y la bossa nova fueron uno

En la década del 60, en pleno auge del hard bop, tuvo lugar un movimiento que duró casi un suspiro: la unión de la bossa nova y el jazz.

Todo explotó con la grabación del disco Jazz Samba en 1961, de la mano del saxofonista Stan Getz y el guitarrista Charlie Byrd.

El álbum, que contenía siete temas del ritmo brasilero, incluyó dos temas del talentoso Antonio Carlos Jobim: Desafinado y Samba de Uma Nota Só.

Luego llegó el turno de Getz/Gilberto, donde se unió a uno de los grandes impulsores de la bossa nova Joao Gilberto para darle forma a un disco del que participaron su esposa (Astrud Gilberto) y Jobim.

Este material, que fue lanzado a la venta en 1964, representó un verdadero éxito de ventas, pese a que los mismos protagonistas tenían por objeto hacer un álbum con la música que les gustaba sin miramientos en lo comercial.

El propio Getz comentó que “tan sólo pensaba que era una música agradable. Jamás imaginé que tendría tanto éxito”.

El disco original contenía ocho temas, entre ellos The Girl from Ipanema, Desafinado, Corcovado, O Grande Amor y Vivo Sonhando.

Obtuvo dos premios Grammy 1965, uno como mejor álbum y el otro como mejor single. Incluso, Stan colaboró en la grabación de The Girl From Ipanema, canción que fue acreedora del mismo premio dos años antes.

Además de Getz, Joao y Astrud Gilberto y Jobim, formaron parte de los músicos del disco Milton Banana (batería) y Sebastiao Neto (contrabajo).

Sin embargo, pese a que el boom se produjo con estos discos, muchos músicos brasileros habían empezado su camino al jazz con anterioridad.

En la década del 50, Gilberto y Jobim, junto a Baden Powell y Luiz Bonfá se habían interiorizado por el cool jazz, aquel movimiento que tuvo como máximos representantes a Miles Davis, Chet Baker y Gerry Mulligan, entre otros.

El objetivo de ellos fue combinar el ritmo de samba con la refinada sonoridad del cool para formar una rara mezcla de dulzura y frenesí.
Tres décadas después, cuando el furor se había apagado, fue grabado en 1980 por Chet Baker y The Boto Brasilian Quartet, cuyo tema más popular fue Salsamba y volvió a cautivar al público:

En definitiva, algo que se gestó en los ‘50, explotó una década después a través de los discos mencionados de Verve a los que se sumaron otros más como Bad! Bossa Nova y Do The Bossa Nova, entre otros.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

La joya que grabaron Monk y Coltrane

Existen varios discos en los que se puede encontrar a Thelonious Monk y a John Coltrane juntos.

Esto es así debido a que durante los años 1957 y 1958, estos músicos se acercaron y trabajaron a la par, dejando maravillosas grabaciones para sellos como Riverside o Blue Note.

En esos años, Monk y Contrane también formaron parte de un concierto que se llevó a cabo en el Carnegie Hall de Nueva York, donde participaron otros artistas como Dizzy Gillespie, Billy Holliday y Chet Baker.

Sin embargo, de manera casi insólita, el material que fue registrado ese día permaneció en el silencio de una caja durante casi 50 años.

Ocurre que, de no ser por el relevamiento llevado a cabo por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, tal vez el público del siglo XXI no hubiese conocido la cinta que grabaron estos dos genios del jazz.

La historia fue así: el 29 de noviembre de 1957 el cuarteto de Monk se presentó junto a Trane en el festival que organizó Kenneth Lee Karpe a beneficio del Centro Comunitario Morningside de Harlem.

El recital fue grabado y transmitido por Voice Of America (VOA) en aquel año. Luego, nadie más supo qué fue de la vida de ese material.

En 1993, Lewis Porter (pianista de jazz y musicólogo) encuentra el listado de los músicos que intervinieron ese día y descubre que no figuraba entre los discos editados hasta esa fecha el de Coltrane y Monk. Fue ahí cuando decidió ponerse en contacto con la Librería del Congreso norteamericano.

La institución era la encargada de conservar todo lo que emitía y registraba el VOA. No obstante, como la colección era enorme, tuvieron que pasar unos 12 años hasta que Porter recibiera la buena noticia.

El especialista en jazz de la institución, Larry Appelbaum, se comunicó con él contándole del hallazgo en febrero de 2005. Y la felicidad de Lewis -y la de los amantes de esta música, por qué no decirlo- fue total.

Ni lerdos ni perezosos, desde Blue Note no tardaron en hacerse del material inédito, que fue lanzado el 27 de septiembre de ese mismo año.

El disco consta de dos partes: la primera incluye cinco temas (Monk`s Mood, Evidence, Crepuscule with Nellie, Nutty y Epistrophy), mientras que la segunda suma cuatro más (Bye-ya, Sweet and Lovely y Blue Monk), aunque la última (otra versión de Epistrophy) no se pudo recuperar en su totalidad.

El cuarteto que grabó aquella noche quedó constituido por Monk al piano, Coltrane en el saxo tenor, Ahmed Abdul-Malik en el bajo y Shadow Wilson en la batería.

Tal como lo llamó el Newsweek, el nuevo Monte Everest del jazz, fue un verdadero éxito de venta y llegó a estar como el más comercializado a través de la página de Amazon.com poco tiempo después de su lanzamiento.

Gonzalo Chicote.

El ángel endemoniado

Es difícil llamar “ángel” a una persona que pasó gran parte de su vida dentro de un infierno.

Sin embargo, cuando Chet Baker cantaba o tocaba su trompeta, despertaba el alma de quienes lo escuchaban y nombrarlo de esa manera es, tal vez, lo más adecuado.

Nacido en el año del Crack de Wall Street, este personaje oriundo de Yale (Connecticut – Estados Unidos) supo ponerse en problemas desde temprana edad. Tantos dolores de cabeza les generaban a sus padres que decidieron enviarlo al ejército con sólo 16 años.

No obstante, Baker supo aprovechar su tiempo en la milicia para hacer lo que más le gustaba: tocar la trompeta. Aquel instrumento fue, sin dudas, su primer y verdadero amor.

Decidido a ser músico, en 1948 se inscribió en “El Camino College”, aunque sus verdaderos avances fueron como autodidacta. Tan escasos fueron los conocimientos adquiridos que, hasta el fin de sus días, Chet nunca supo leer una partitura.

Incluso, uno de sus antiguos profesores se sorprendió tanto al enterarse de que había grabado un disco, que le envió una carta donde le decía “felicitaciones, nunca creí que podrías hacerlo”.

Tenía el talento innato de lo genios. El ángel del espectáculo se posaba sobre él cada vez que subía a un escenario. Fue conocida la anécdota que cuenta que Charlie Parker juntó a Miles Davis y a Dizzy Gillespie para advertirles que “hay un blanquito por aquí dando problemas, mejor vigílenlo”. El mismo Bird fue quien lo acopló en su banda en 1952 y colaboró con su ascenso musical.

Ese mismo año, sería el turno de acompañar a Gerry Mulligan en su quinteto. Pero el sueño duró poco: el líder de la banda fue preso por el consumo de drogas.

Se puede decir que en la vida de Baker las drogas fueron el transporte al infierno. Y, si bien el pasaje lo utilizó otro esta vez, las noches del Haig no fueron lo mismo sin el mejor saxofonista de 1952 -según la crítica norteamericana-.

Ante la adversidad, sin embargo, el James Dean del jazz supo sobrellevar el asunto y formó el “Chet Baker Quartet” en 1953.

Pero el diablo siempre pone la cola y, en el verano de 1960, fue detenido en Italia y tuvo que cumplir una condena de casi un año y medio. Había comprado el ticket que lo llevó al submundo.

Su regreso al escenario fue celebrado por el sello RCA con la grabación de un disco en 1962. El nombre de aquél álbum no podía ser más exacto: “Chet is Back!”.

Y, aunque parecía que la vuelta era definitiva, el vendedor de boletos al subsuelo se presentó ante Baker nuevamente. Otra vez, las drogas causaron estragos en el trompetista: en esta oportunidad, el costo fue, literalmente, su dentadura.

Hay varias versiones al respecto. En la de Baker fue un intento de robo lo que produjo que cinco matones lo golpearan hasta producirle la pérdida de sus dientes.

Sin embargo, otra versión que circula es que el verdadero problema fue haberle fallado a una persona de esas a las que no hay que fallarle, porque se pone en riesgo la propia vida en ello.

El ajuste de cuentas fue muy caro para Baker: la pérdida de sus dientes le imposibilitó tocar durante unos seis largos años. Así, el trompetista se convirtió en despachante de nafta en una estación de servicio.

Lo cierto en todo esto, fue que tuvieron que pasar un largo período desde aquel sombrío 1966 para que Chet vuelva a tocar. Y fue de la mano de un viejo conocido: Dizzy Gillespie, que fue quién se encargó de conseguirle un lugar para presentarse en 1973.

Pero se sabe: cuando se opta por un camino, es difícil abandonarlo. Sobre todo, si ese camino es el de las adicciones. Hizo varios intentos, incluido uno con metadona, para evitar caer. Pero fueron en vano. Y las marcas fueron cada vez más notorias. En su voz, en su rostro. El joven sexy del jazz se había convertido en una pasa de uvas. Su rostro era un pergamino. Aunque su ángel seguía intacto.

En 1987 se presentó en Tokio y dejó un hermoso registro del tema My Funny Valentine, una de las canciones que más le gustaba tocar:

El final fue, tal vez, predecible. Nadie hubiese arriesgado un desenlace diferente. Fue el 13 de mayo de 1988, en una remota Ámsterdam, en misteriosas circunstancias cuando le tocó viajar una vez más al infierno. Aunque esta vez fue para quedarse.

Ese hecho cerró su historia y dio nacimiento al mito. Al menos, así lo reza una placa en la capital holandesa: “él vivirá encendido en su música para cualquiera que quiera escuchar y sentir”.

Gonzalo Chicote

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