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Carnegie Hall, el concierto donde el jazz se convirtió en adulto

The Famous 1938 Carnegie Hall Jazz ConcertCamino despreocupado por la calle cuando vi detrás de un vidrio el disco del famoso concierto que Benny Goodman hizo en el Carnegie Hall. No era una disquería ni una casa de antigüedades, sino la casa de -imagino- un fanático del jazz. Me acerqué, tomé una foto (la que se ve en la publicación) y me puse a pensar sobre él.

Llegan un montón de recuerdos sobre la obra. ¡Qué importante que fue ese disco para la historia del jazz!. Muchos son los aspectos que lo caracterizaron, pero rescato por sobre todo lo que los críticos y estudiosos resaltaron: en ese 16 de enero de 1938 el jazz cumplió la mayoría de edad. Aquello que se inició en Nueva Orleans ya había evolucionado y ese concierto fue el símbolo de la madurez. Había dejado atrás los pañales para ser reconocido por el público norteamericano.

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Boris Club: disco y big band con invitados de lujo para festejar su cuarto año

Boris Big BandDicen que no hay nada más agradable que festejar tu propio cumpleaños haciendo lo que más te gusta. Esto es algo que sabe muy bien la gente del Boris Club de Jazz, que decidió celebrar su cuarto aniversario con la presentación del primer disco de la Boris Big Band (BBB).

Para ello, la agrupación que dirige Daniel Camelo contará no sólo con su cuerpo estable de músicos, sino que además sumará a Javier Malosetti, Mariano Otero, Nicolás Sorin, Cristian Judurcha, Esteban Sehinkman, Andrés Pellican, Tomás Sainz y Sebastián Lans.

La idea, tal como se lo adelantó a Animales del Jazz Daniel Gropper (titular del Boris Club), es que estos grandes queden a disposición de Camelo para el show y toquen los standars que él decida interpretar. “No vienen a tocar su música”, aclaró Gropper.

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La Orquesta Errante presentó su primer disco

Orquesta ErranteLlovizna. Las calles de San Telmo están muy iluminadas, las viejas baldosas de la calle Moreno están mojadas y casi no hay quien las pise. Sólo alguna que otra persona apura el paso buscando algún techo donde evitar que el agua lo alcance.

En la gran vidriera se puede leer el cartel que reza “Bebop Club”. Escaleras hacia el subsuelo, mullida alfombra roja y una recepción “buenas noches, adelante”. Cortinas grandes y pesadas separaban los ambientes.

Al ingresar, el salón nos remite a otra época y otro lugar. Tal vez Nueva York, maybe Chicago. Con mesas redondas y una diminuta lámpara en el centro de cada una de ellas, que intentan colaborar con las tenues y cálidas luces.

Suenan grandes músicos de jazz en los parlantes, pero lo mejor estaba por llegar. La Orquesta Errante, big band dirigida por Valentín Reiners, presentaba su primer disco “Orquesta Errante” ante un publico sereno y ansioso de buena música.

Empezar por el final y terminar por el principio fue la consigna, ya que el primer tema que sonó fue “D-Tales” (última canción del álbum) y la velada fue coronada por “Petralia”, una marcha melancólica y suave.

Tras “D-Tales”, llegó un excelente encadenado de cinco melodías: “Longus Terra”, “Mondo Aqua”, “Off Wash”, “4008” y “Oscureciendo”, donde todas las secciones lucieron coordinadas, con un sonido uniforme y prolijo.

Casi cerrando el concierto, “Dosha Vata” levantó al público con un gran ritmo y mucho swing. Con la sección de metales a pleno sonido, en manos de los trompetistas Jorge Fleitas, Leonel de Francisco y Sebastian Greschuk y los trombonistas Franco Espíndola, Mario Alvarez y Francisco Salgado.

Todos los músicos se lucieron. La madera, que ocuparon los saxos altos de Emmanuel Farmin e Ingrid Feniger, el tenor de Juan Torres y el barítono de Pablo Moser, así como la rítmica que encontró sentado al piano a Ignacio Hurban y en la batería a Pablo Díaz, y que tuvo en el contrabajo a Mauricio Dáwid y en la guitarra a Esteban Landoni.

Con una mayoría de jóvenes músicos (muchos de ellos eran veinteañeros), la Orquesta Errante demostró que no hace falta ser un adulto de muchos años de trayectoria para sonar como una verdadera big band. De aquellas que sonaban en la lejana Estados Unidos de los años ’30.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

El jazz del otro lado del mundo

ToshikoDesde sus orígenes en la clandestina Storyville a principios de los 1900, el jazz no sólo fue creciendo musicalmente -generando nuevas olas dentro de su misma esencia- sino que también traspasó las fronteras.

Primero dentro de Estados Unidos, pasando de Nueva Orleans a Chicago, luego a Nueva York y de la costa este a la oeste hasta cruzar los límites del país del norte de América para penetrar en los lugares más recónditos del planeta.

La historia de esta artista llega de un lugar no muy habituado al jazz: Asia. La República Popular China había visto nacer el 12 de diciembre de 1929 a Toshiko Akiyoshi y sus primeros pasos junto al piano estuvieron de la mano de la música clásica.

Hija de padres japoneses, Akiyoshi viajó a la tierra de sus ancestros donde descubrió el jazz de la mano del legendario Teddy Wilson. Toshiko quedó cautivada con el sonido de “Sweet Lorraine” y supo que no debía separarse de esas melodías.

Para 1952, la pianista ya mostraba su talento en el club Ginza. Fue en ese lugar y en ese mismo año donde cambió su vida: una de las noches en las que tocaba con su banda formaba parte del público Oscar Peterson.

El pianista fue quien la convenció de que viajara a Estados Unidos y logró que el productor Norman Granz estuviera al mando de su primera grabación. Toshiko´s Piano fue el nombre del álbum, del que participaron Herb Ellis (guitarra), J. C. Heard (batería) y Ray Brown (bajo).

Luego, Akiyoshi inició su carrera en la prestigiosa Berklee College y, una vez que se recibió en 1959, inició un proyecto con quien fuera su primer esposo, el saxofonista Charlie Mariano. Con él creó el Toshiko Mariano Quartet.

Los años sesenta llegaron con uno de los discos que la ubicó en un lugar de excelencia: “Toshiko Mariano”. El álbum fue registrado en 1961 por el sello Candid junto a Gene Cherico en bajo y Eddie Marshall en batería.

Diez años después, ya separada de Mariano, se establece en Chicago con su nuevo marido, el también saxofonista Lew Tabackin, con quien emprende un nuevo camino conduciendo una big band.

Con esta agrupación llegó su mayor éxito en 1991. Ocurre que en aquel año graba uno de los discos que fue considerado el mejor dentro del jazz. El lugar fue el mítico Carnegie Hall de Nueva York.

Tiempo después llegó su autobiografía (“Vida con Jazz” – 1996), los premios y la distinción en Japón, cuando recibió un año después la medalla Shijuhohsho entregada por el mismísimo emperador de ese país. Aún permanece en actividad junto a su esposo y a su big band.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Chick Webb: el ganador de todas las batallas

SavoyKing1Era la década del ’30 y reinaba el swing.

En el mundo del jazz dominaban la escena las big band y sobresalían los nombres de Duke Ellington, Benny Goodman, Fletcher Henderson, Glenn Miller, Artie Shaw, Earl Hines… y, por supuesto, Chick Webb.

Este músico fue uno de los primeros bateristas en estar al mando de su propia banda, algo que con el tiempo repetirían otros como Gene Krupa. Pero, claro está, no sobresalió por eso sino por su forma de tocar.

Y no sólo eso: sino que fue además un gran batallador, no sólo en la vida, sino también arriba del escenario.

Webb nació en Baltimore (Estados Unidos) el 10 de febrero de 1909 y su infancia se caracterizó por las enfermedades que impidieron un desarrollo corporal normal. No obstante, su pequeño cuerpo no le impidió avanzar en la música.

Instalado en Nueva York, se hizo escuchar y su nombre sonó tanto como los bombos, platillos y redoblantes de su batería. Tanto retumbó que en 1927 consiguió ser el líder de la banda que sonaba en el Savoy Ballroom, el mítico salón de baile del Harlem.

Allí, fue partícipe de los famosos enfrentamientos de bandas. Algo que le encantaba por el simple hecho de ser imbatible. Lo sabe bien Goodman, quien fue abatido arriba del escenario pese a que su formación era mayor en número que la de Webb.

Krupa, que por aquel momento formaba parte de la orquesta del clarinetista, admitió luego de aquella batalla: “Jamás fui vencido por un músico mejor”.

Grandes músicos pasaron por la agrupación de Chick, tales como Mario Bauzá (que en los años ’30 le puso un poco de Cuba al jazz), Louis Jordan (el saxofonista, cantante y director que sobresalió con él y luego comenzó su carrera como solista) o Garvin Bushell (uno de los primeros especialistas en fagot del género).

Y si de figuras se trata, es imposible olvidar mencionar a Ella Fitzgerald. Es que fue Webb quien, en 1934, la incluyó de jovencita en su banda, apenas un tiempo después de haber obtenido el premio en el Apollo Theater.

La cantante se convirtió rápidamente en la principal atracción de la formación del baterista y juntos lograron posicionar canciones como “A Tisket A Tasket” en lo más alto de los ratings norteamericanos.

Pero la salud de Chick era débil. Y su participación en la orquesta comenzó a hacerse más espaciada, hasta que debió dejar de tocar a fines de 1938. Apenas unos meses después, más precisamente el 16 de junio de 1939, le dijo adiós al mundo en su ciudad natal.

Dejó tras de sí un gran repertorio, sus batallas ganadas y una banda que fue dirigida los años siguientes por Fitzgerald, quién se convertiría con el tiempo en una de las voces más famosas del jazz. Aunque esa es otra historia.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

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