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Navarro, Acher y Gershwin, el hombre que todos amamos

El próximo sábado 18 de abril el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125, Ciudad de Buenos Aires) se vestirá de fiesta para homenajear a uno de los más grandes músicos que existió: George Gershwin.

La función, que está planeado que arranque a las 21.30 horas, estará a cargo de dos estandartes de la escena local: el pianista Jorge Navarro (junto a su trío) y el director Ernesto Acher (que estará al frente de su orquesta sinfónica).

El espectáculo, al que llamaron “Gershwin, el hombre que amamos”, tiene por fin hacer un respaso por los mejores temas del compositor y pianista norteamericano, aquellas que marcaron a fuego la historia musical de Estados Unidos.

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Keith Jarrett, el niño prodigio que cumplió 69 años

Keith JarrettHace unos 69 años, más precisamente un 8 de mayo de 1945, nació en en la ciudad de Allentown (Pennsylvania – Estados Unidos) un niño que pronto demostró tener el talento propio de un prodigio.

Su capacidad, sumado al oído absoluto que poseía, hizo que antes de cumplir tres años ya comenzara a tomar clases de piano. Ese instrumento que lo acompaña y con el que crea las obras más maravillosas.

Era sólo un nene de cinco años cuando se presentó en el programa televisivo de jóvenes talentos que organizaba Paul Whiteman y dos años después realizaba su primer concierto formal donde no sólo tocó obras de Bach, Mozart y Beethoven, sino que remató con sus propias composiciones.

Eso explica parte de lo que vino después. Art Blakey lo había contratado para que toque con los Jazz Messengers, pero su acuerdo se vio interrumpido cuando Jack DeJohnette, consciente de su talento, lo convenció para que se una al cuarteto de Charles Lloyd.

Con el baterista no sólo grabó Forest Flowers -que tuvo excelentes repercusiones, al igual que las presentaciones que hizo tanto en el continente americano como en Europa- sino que creó un vínculo que mantuvo por varios años.

Quien se fijó en su talento fue Miles Davis. Sin embargo, el trompetista necesitaba que los pianistas tocaran teclados eléctricos, algo que Jarrett hacía bien, pero que no le complacía lo suficiente.

También en los ’70, llegó el tiempo de descubrir sus propios caminos. Y lo hizo de diversas maneras. Por un lado, a través de sus conciertos de improvisación, tales como el que brindó en la ciudad alemana de Colonia (The Köln Concert) y que quedó registrado en un disco imperdible.

Por el otro, creó un cuarteto con el saxofonista Dewey Redman, el contrabajista Charlie Haden y el baterista Paul Montian con los que trabajó una línea musical que contenía un poco de todo: jazz, blues, gospel y free, entre otros ritmos.

Por último, ya entrados los ’80, creo una de las bandas que el año pasado cumplió tres décadas y que lo celebró con el álbum Somewhere. Hablamos, claro está, del trío compuesto por Dejohnette y Gary Peacock (contrabajo).

Su marcha no se detiene. Sigue buscando el sonido perfecto, fiel a su instinto de superación y exigencia permanente. Y, con casi siete décadas encima, los que disfrutamos con cada disco nuevo rogamos larga vida a Keith Jarrett.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

Rhapsody in Blue: la canción que consagró a George Gershwin

gershwinEl 12 de febrero de 1924 fue una fecha que no pasó desapercibida en la historia musical del jazz. Por el contrario, aquel martes dio nacimiento a la consagración de un joven de 23 años que decidió hacer algo poco común: lograr la unión de la música clásica con el género sincopado.

Ese día, el Aeolian Hall fue el escenario que consagró a George Gershwin, un pianista blanco nacido en el Brooklyn (New York – Estados Unidos) el 26 de septiembre de 1898, que escribió una obra que pasó a la posteridad: Rhapsody in Blue.

Ocurre que por entonces, los norteamericanos consideraban que el jazz era algo más bien vulgar que, pese a tener sus raíces bien dentro de su territorio, no lograba tener el “nivel” que se encontraban en sinfonías como las de Beethoven, Mozart o Bach.

Es llamativo lo que sucedió aquella tarde. Fue Paul Whiteman quien le hizo el encargo a Gershwin de que creara un “jazz sinfónico” para que sea interpretado por su banda. Algo que George aceptó con ganas y que escribió en sólo tres semanas.

Ante la novedad de la propuesta -que luego se convirtió en algo más común-, la gente se agolpó en el teatro y se encontró con una puesta en escena tan poco convencional como el programa que se iba a presentar.

Al menos así lo describió el crítico Olin Downes en su columna del New York Times al día siguiente, que escribió: “Los pianos estaban uno más abierto que el otro, en medio de un desorden de todos los artefactos de viento e instrumentos de percusión imaginables (…) También, apoyados o colgados, había sartenes, grandes utensilios de hojalata y una sordina de trompeta, más tarde aplicada al extremo de un trombón”.

El mismo Whiteman había escrito alguna vez que en aquella oportunidad estaba tan ansioso de saber qué sucedía afuera, que decidió salir a dar un vistazo y se encontró con una multitud de personas que, pese a que estaba nevando, se “peleaban por llegar a la puerta” del recinto.

Las criticas fueron diversas. Mientras algunos aseguraban (como Downes) que la obra había conmocionado al público, otros (como Lawrence Gilman, del The New York Tribune) describieron la obra como poco original, anticuada e inexpresiva.

Sin embargo, nadie puede negar que fue el trampolín que llevó a Gerswin a la cumbre de su carrera y que lo convirtió, según Isaac Goldberg, en un “joven coloso” que se “montó sobre el mundo musical de la Gran Manzana”.

Con Rhapsody in Blue, George había logrado que el público y los críticos lo incorporaran al selecto grupo de talentosos que formaban los músicos que siempre fueron sus ídolos: Irving Berlin y Jerome Kern.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

En memoria del gran Astor

Si hay que definirlo de alguna manera, lo llamaría genio.

Porque sólo una persona así puede revolucionar la materia en la que es idóneo. Existen grandes ejecutantes, incluso muchos que aprenden hasta alcanzar la perfección, pero sólo el genio revoluciona y crea un mundo nuevo sobre algo que parecía dado, fijo, estable.

Ese era Astor Piazzolla. Un músico que supo imponerse en el tango y que logró transformarlo, mutarlo de algo clásico en moderno.

El camino no fue fácil, porque tuvo que enfrentarse a la resistencia. Y era lógico. Quienes manejan la batuta, prefieren el statu quo. La Vieja Guardia intentaba mantener las cosas en tonos ortodoxos.

Los mismísimos Dizzy Gillespie y Charlie Parker sintieron en carne propia las palabras del gran Louis Armstrong que renegaba del bebop e intentaba alejarlo de jazz.

Pero, sin dudas, sus composiciones supieron demostrar que eran la vanguardia del arrabal y que su creador debía ocupar un sitio entre los más reconocidos músicos del género.

Fue un profesional de gran estirpe y tuvo tiempo para todo. Era tan completo que podía tocar a Stravinsky o Ravel, así como acompañar a Carlos Gardel en uno de sus tangos más famosos.

Incluso, se dio tiempo para incursionar en el jazz. Ocurre que sus primeros años de vida lo encontraron en Nueva York, donde el jazz y Bach fueron quienes lo acompañaron en sus pasos iniciales en la música.

Hasta mezcló esos géneros que parecían difíciles de equiparar. Entre 1957 y 1959 grabó dos discos en Estados Unidos de algo que llamó Jazz-Tango. Fueron Jazz Tango. The lathyn rhitms of Astor Piazzolla and his quintet y An Evening in Buenos Aires los álbumes que vieron la luz del día, aunque son tan difíciles de conseguir que quedaron en las tinieblas.

La revancha para los amantes del jazz llegó con Reunión Cumbre (Summit). Tuvieron que pasar 15 años para que otro disco del gran Astor incluyera algo del género sincopado.

En esa ocasión, su acompañante fue Gerry Mulligan, uno de los mejores saxofonistas del jazz, quien en 1974 compartió la autoría del álbum que incluyó 8 temas, una banda de músicos italianos y algunos cortocircuitos entre Piazzolla y el norteamericano.

Hace veinte años, Cierra tus ojos y escucha, Años de soledad, Deus Xango, Veinte años después, Aires de Buenos Aires, Reminiscencia y Reunión cumbre. Ocho melodías que quedaron en la gloria de este magnífico disco.

Se cumplieron ya 20 años de la desaparición del genio. Sin embargo, su lámpara mágica, como un faro en el océano, sigue iluminando a los músicos jóvenes y guiándolos hacia nuevos mundos rítmicos. Y lo seguirá haciendo. Siempre.

Gonzalo Chicote.