Recordando a Miguel Ángel Manó

Para empezar quiero expresar que me resulta un honor escribir sobre Miguel Manó. A la vez también es muy difícil e increíble.

Justamente el 29 de enero de 2014, a poquito más de un mes de su fallecimiento, hice por segunda o tercera vez algo no muy cuerdo. Recorrí las casi diez cuadras que separan mi casa en Floresta (en realidad en Vélez Sarsfield) de la de Miguel en Villa Luro, contemplé su departamento desde la larga Rivadavia, me acerqué por Ramón Falcón hasta su timbre y apreté el botón del 6to “C”. Por supuesto sabia que nadie contestaría. Muy loco lo mío. Un rito, un no querer aceptar, egoísmo de mi parte, abrazarme a su ya consumada partida. Pensando, algo de esa actitud tiene explicación. Treinta años nos separaban y nos unían muchas cosas: el mismo barrio, el gusto por la pesca y nuestro amor incondicional y casi enfermizo por el jazz.

Cuando lo conocí el tendría unos cuarenta y pico y yo diecisiete o dieciocho. Unión automática. Yo ya tenía todo en mi oreja y de a poco lo iba transfiriendo al banjo y a la batería, mis instrumentos. Con él, hinchamos por nuestros ídolos, Gene Krupa, Johnny St Cyr, Nick Fatool, Louis, Parham, Jabbo, Johnny Wiggs, Condon, y más, y más. Empezamos a integrar juntos muchos grupos. Eran comienzos para mi, eran shows y más shows para él. Siempre dispensándome buena onda. Su trompeta tiraba a Bix y yo, tratando de torcerle el estilo para lo negro. Sus primeras armas con bombardino en los Scouts, luego como trompetista en The Modern Dixieland, Jazz Containers, Buenos Aires Jazz Group, Creole Jazz Band, Saint Louis Stompers, Porteña, Jazz Friends, etc., etc. Siempre igual, tipazo, compañero leal y de fierro. Súperprofesional, también un niño por momentos. Tocando juntos, algunas veces se enojaba conmigo, yo jamás con él. Al rato, ya de vuelta en casa, me llamaba por teléfono explicándome con un: “uno siempre se la agarra con el que más quiere, perdonáme flaco”.

Nuestras salidas de pesca también tenían lo suyo. Una noche, mientras intentábamos suerte en una laguna de la provincia de Buenos Aires me invitó a subir a su Torino para escuchar un cassette de Pete Fountain que yo había llevado. En un momento, el gran clarinetista tocó un genial fraseo. Al unisono los dos exclamamos: “se me puso la piel de gallina”. Genial, conexión absoluta. Ahí me dí cuenta de que estábamos hermanados.

Compartimos actuaciones en infinidad de shows, casamiento de Maradona, centros culturales, avión, micro, clubes, colegios, televisión, hoteles, festivales.

En 2008 tuvo una importante operación. Justo antes de ser trasladado al quirófano se produjo un hecho casi tragicómico. En medio de la tensión por lo que se venia me susurró al oído: “flaco, si no zafo armáme la banda y despedíme como en New Orleans, tocando”. Betty, su esposa, se opuso enérgicamente al intuir y escucharlo, ante lo cual insistió: “cumplí con lo que te pide un amigo, la fiesta será mía”. Finalmente salió bien del trance. Genial Miguel!! Como se te extraña!! Para corroborar su permanente frase (“vos sos mi mejor amigo”) me quedo con dos momentos que siempre recordaré. En su despedida, su yerno me confió: “uff, a vos te nombraba todo el tiempo…”. La otra situación que también me movilizó fue la gran cantidad de pésames y condolencias que me dieron en el ambiente del jazz porteño. A mí. Sí, a mí, como si yo hubiera sido pariente. Tal vez lo habré sido, del corazón. Gracias Miguel Ángel. Inolvidable Manó. Parte de mi vida se fue con vos. Que descanses en jazz.

Adrián Blasetti
animalesdeljazz@hotmail.com

 

 

3 Comentarios

  1. Acabo de llegar a casa después de tocar con Adrián y me encuentro con esta entrada en el blog. Él me había dicho algo de la nota, y hasta le di una mano con los videos, pero no supuse que sería en este querido blog que sería publicada. Mi experiencia con Miguel es más reciente. Él, profesor de educación física, ya era conocido por mi padre, quien se lo cruzaba en un lugar donde hacía artes marciales hace unos treinta años, y por 2009 lo reconoció tocando trombón en el Jazz Club Olivos. Desde entonces hemos tenido escasos encuentros aislados hasta el año pasado que comenzamos a tocar más frecuentemente durante un par de meses. En pocas semanas él me tomó mucho cariño, y por mi parte lo mismo. El pasado domingo 15 de diciembre tocamos en una pizza en un boliche en Palermo después de otros tantos meses sin vernos, aunque sí seguíamos en contacto a través del teléfono o gente como Adrián, y me alegró mucho verlo allí al llegar. Lamentablemente sufrió un ACV al día siguiente y falleció el sábado 21. Tocamos esa misma noche con Fernando Montardit, otro músico que había estado el domingo anterior y también había tocado con Miguel en otras ocasiones, y le dedicamos esa actuación. “Tipazo, compañero leal y de fierro”, escribe Adrián, y creo que nada lo define mejor. Ya sea como el caso de él que lo conoce desde hace décadas o el mío desde hace muy poco, debo decir que es uno de los tipos más queribles que he conocido, y es así como le tomé mucho afecto. Gracias Miguel.

  2. GRACIAS Adrián… Lucas…!

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