Ornette ColemanSerás lo que debas ser, si no, eres nada. Miró por la ventana. La ciudad de Nueva York parecía esperarlo. Pero, ¿para qué? Él no era Charlie Parker. Tampoco Lester Young y de Coleman Hawkins sólo tenía algo en común: “Coleman”. Él era Ornette Coleman. El mismo que siempre estaba enfrentado a todos. No porque quisiera, claro está. Sino porque no lo entendían. Sólo un puñado de personas veían en él un diamante en bruto. En Los Ángeles tuvo pocas oportunidades y creía fervientemente que en Nueva York estaba su lugar. “¿Será así?”, se preguntó. Sólo el tiempo le terminaría respondiendo de manera afirmativa, pero en ese momento sólo se propuso juntar sus cosas y partir para los estudios de Contemporary. Lo esperaban para hacer su primera grabación. “Al fin llegó el día”, se dijo camino al lugar.

Más ruido hacen diez hombres que gritan que cien mil que están callados. Y, pese a todo y a todos, lo hizo. Su idea se concretó con excelentes resultados. Al menos para sus ojos. No todos estaban convencidos de que podía funcionar la idea de tener dos cuartetos y que ambos sonaran al mismo tiempo. Nadie excepto él y los que lo acompañaron: los trompetistas Don Cherry y Freddie Hubbard, los bateristas Billy Higgins y Ed Blackwell, el clarinetista Eric Dolphy y los contrabajistas Charlie Haden y el pobre de Scott LaFaro, que vivió sólo siete meses más después de esa grabación. No podía creer el revuelo que había generado “Free Jazz: A Collective Improvisation”, aunque ya estaba un poco acostumbrado. Los críticos, una vez más, pensaron que era un chiste. Se burlaban de él y de su idea. Pero siempre hay alguien que puede ver más allá de la miopía que genera convertirse en “un sabio del jazz”. Amiri Baraka fue el único que lo defendió siempre. Fue, sin dudas, quien entendió el sentimiento que se encerraba en ese estilo, en esa música. Su sagaz visión fue la que le sirvió a muchos otros (que llegaron, obviamente, más tarde) a entender de qué se trataba. Cómo leer esa cosa que la mayoría tildaba de “desastre”. Estuvo también al pie del cañón siempre. Desde “Something Else!: The Music of Ornette Coleman”, hasta cuando llegó lo demás: “The Art of the Improvisers”, “The Shape of Jazz to Come”, “Change of the Century” y “This is Our Music”.

Dios conserve la armonía, que es el modo de que salvemos la nave. Cuesta creerlo. Desde pequeño tuvo el mismo problema: el tenía su propio método para aprender y no le gustaba que le digan que era de otra forma. Mejor dicho, prefería intentarlo a su manera. Y mal no le fue. Pero siempre tuvo quiénes lo señalaran. Hasta cuando creó su propia teoría. Porque no sin armonía se viene todo abajo, pero también se requiere de movimiento y de melodía. Esos eran los tres pilares: armonía, movimiento y melodía. Por eso lo dio en llamar harmolódica. Y no se conformó y siempre buscó más. Como cuando se le dio por intentar con la trompeta y con el violín. Pese a los señalamientos su nave siguió siempre su viaje.

Entró al hospital de urgencia. No sabía con exactitud cuál era. El dolor en el pecho no lo dejaba pensar. Sólo recordaba que estaba en Manhattan. Lejos. Muy lejos del Fort Worth que lo vio nacer. También estaba lejos en el tiempo. Habían pasado ya 85 largos años. Y cuantos recuerdos se amontonaron. Muchos. Demasiados quizás. Era todo muy abrumador. Y después, el fin. Si somos libres, todo nos sobra.

Gonzalo Chicote
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