La Melodía
Gonzalo Chicote

Aquella mañana, él se levantó y miró por la ventana que daba al río Hudson. “Hoy puede ser ese día”, se dijo y, pese a no demostrar prisa al cambiarse, estaba convencido de que el día había llegado. Se puso su traje negro, confeccionado especialmente para él por un sastre de Londres; se calzó sus enormes zapatos, y por último, ya de pie frente al espejo, se acomodó el sombrero de copa alta. Sus manos temblaron un poco al arreglar su moño, pero para él ese gesto fue imperceptible. Lo que no pudo evitar fue verse tan avejentado: la última vez que se había mirado a un espejo recordaba apenas unas canas en su cabellera; hoy sólo un puñado de pelos mantenía su antiguo color.

Nadie en la casa había notado sus movimientos. Tal vez porque el pianista había comenzado su rutina, o tal vez porque no esperaban a que se levantara; a fin de cuentas, hacía ocho meses que su actividad se reducía a ponerse el traje, recostarse en la cama y mirar por la ventana. Detenido en el umbral, aspiró profundo mientras cerraba los ojos. “Nueva Jersey es muy predecible. Por el aroma puedo asegurar que es media mañana”. Su reloj le dio la razón.

Caminó lentamente por el sendero que se hallaba al margen del río. El cielo estaba despejado y corría una agradable brisa otoñal. Al detenerse un instante y fijar sus ojos en la ciudad de Manhattan, o al menos en lo poco que se veía de ella, recordó a su amigo, la sonrisa de ese niño en el rostro de un adulto que aparentaba más años de los que en verdad tenía, la cara atónita de los espectadores cuando él comenzaba a tocar su saxo alto, las interminables noches llenas de excesos, y las mujeres: esas figuras de grandes escotes y faldas cortas dispuestas a entregarse a aquellos que ofrecieran una buena compañía o que simplemente les invitaran un trago. Fue una de esas noches cuando aquella melodía comenzó a sonar en su cabeza. Su amigo había hecho referencia a sucesos como ese, pero para él era una novedad. Antes de iniciar el espectáculo se le presentó un pentagrama en blanco sin que él tuviese en claro el porqué. Luego del show, durante el festejo, apareció ella. Su aspecto poco tenía que ver con el de aquellas damas de noches anteriores. Fue eso, sin lugar a dudas, lo primero que lo cautivó. El resto puede reducirse a un cruce de miradas que formaban una clave de sol y, tras un breve acercamiento, se produjo una armadura de claves; conversación y melodía: un mismo ritmo. Le bastó una mirada para darse cuenta de que se casaría con ella, aunque aquella noche no pudo darle un cierre a esa melodía. Siempre tenaz, buscó inspiración en cada momento importante, pero esas notas no volvieron a fluir ni en el nacimiento de su primogénito ni cuando le avisaron en la nursery que su segunda hija era una niña hermosa. A pesar de que a todos ellos les compusiera en el piano, aquel fragmento tenía un único destinatario. Era para ella y para nadie más.

Mientras pensaba en esos años, y continuaba su breve paseo, se presentó ante él un pequeño gorrión que le pareció simpático, aunque llamativo: “¿Qué puede hacer un gorrión en pleno otoño en Nueva Jersey? ¿No se supone que emigran en esta época?”, se preguntó observando lo empecinado que estaba aquel pajarito en impedirle el paso. Cada vez que intentaba esquivarlo, el gorrión agitaba sus alas y se posaba frente a él. Ni su programa de tele favorito le causaba tanta gracia como este gorrión. “Bueno, chiquillo, va a tener que permitirme continuar, que pronto en mi casa estará listo el almuerzo y no quiero hacer esperar a la baronesa. Le aseguro que si la conociese no la haría esperar usted tampoco”. Pronunciado esto, el pequeño pájaro, luego de unos segundos inmóvil, se desplazó lo suficiente como para liberar el camino. Él se quitó el sombrero con un gesto de agradecimiento gentil.

Apenas se había alejado cuando el gorrión comenzó a silbar su melodía. Esa melodía. Él se volteó rápido y notó cierto rasgo conocido en la forma en que la melodía salía del pequeño pico. Esa forma abismal de tocar, como si la música fluyera de él, como si formara parte de él. No había necesidad de explicar las coincidencias que se presentaron. Al unísono, silbaron la melodía y siguieron incluso más allá de lo que él había llegado a conocer aquella noche. Rítmica e improvisación: la melodía. Con los ojos cerrados, repitió una veintena de veces el nuevo fragmento para no olvidarlo durante el regreso a casa. Cuando los abrió, el gorrión se había esfumado.

Al llegar, la baronesa lo recibió con una sonrisa:

– Qué raro es verlo levantado. Pensé que ya nunca se movería de su habitación.

– Es que hoy es el día. Ese día ha llegado –dijo con una sonrisa enorme, y luego, se dirigió al cuarto donde el pianista continuaba su rutina.

De pie frente al piano de cola, con la mirada fija en el pianista, esperó a que éste se enterase de su presencia. Desde el comedor, la baronesa escuchó la gentil pregunta y la respuesta afirmativa. Siempre presente en la vida de sus huéspedes, no quiso perderse lo que sucedía. Sentado al piano, él garabateó un sinfín de notas en el pentagrama y, a continuación, comenzó a interpretar una de las melodías más emotivas que jamás había escuchado. Al finalizar, escribió en el margen superior del pentagrama “Para Nelly”; dobló la hoja en tres, se la entregó a la baronesa y le dijo:

– Envíeselo por correo. Si no le molesta, comeré en mi cuarto.

Una vez en su habitación, se quitó el sombrero y lo colgó. Luego tomó un cepillo, y frotó con cuidado su traje hasta que no quedaron rastros de pelusa. Al fin, se echó en la cama hasta que sus ojos, por el brillo del sol sobre el río Hudson, terminaron de cerrarse.

Cuento breve dedicado a los últimos días de la vida del pianista Thelonious Monk, uno de los impulsores de bebop, en Nueva Jersey.