Jorge Anders orquestaA Jorge Anders le gusta que lo llamen Maestro. Se le nota cada vez que cuenta una anécdota en la alguien le pide un consejo -que siempre da como una flecha en el centro del blanco- y que se lo agradece, según sus palabras, de la misma manera: “Gracias, maestro”. Esa última palabra hace brillar sus ojos. Pero no hay soberbia ni vanidad, sino el orgullo de pertenecer a una raza especial de músicos, esa en la que no hay que dar clases para ser maestro. En una larga charla que mantuvo con Animales del Jazz aseguró que a él no le interesa enseñar. ”No tengo tiempo, ni tengo ganas”, afirma, como al pasar. Claro que, en realidad, mantener una conversación con él es suficiente para aprender.
Su carrera comenzó de adolescente, cuando a los 16 años estuvo en un quinteto que tocaba al estilo de Benny Goodman. Por aquel entonces, el clarinete era su instrumento y el swing, su mejor arma. Aunque prácticamente no conocía a ninguno de los músicos de esa agrupación, se puso al frente. “Cuando subí al escenario todos me miraron y me dijeron, ¿qué tocamos Jorge?”. Ahí, sin esperarlo, llegó la primera lección que dio el “maestro” en la conversación: “La conducción no es algo que vos imponés, hay algo que vos tenés que da confianza y que hace que piensen que vos sos el que sabe”, explicó. Y vaya si sabía. Tanto, que su docente le propuso que lo reemplace en una de las salas más importantes del país. Fue cuando Jorge tenía 18 años que Filolette Martorella (que ya era el clarinetista principal del Teatro Colón) le dijo: “Mirá, yo me retiro pronto y si vos estudiás conmigo, sos mi reemplazante en el Colón”. Sorpresivamente, la respuesta fue negativa. “Yo como un idiota le dije que no, que yo era músico de jazz”, indicó Anders. Y menos mal. De lo contrario, tal vez el jazz nacional e internacional se hubiese perdido de mucho. Apenas un poco después llegó el servicio militar obligatorio. La “colimba”, ese período que muchos recuerdan en pesadillas, le sirvió a Anders para descubrir que tenía afinidad con otro instrumento: el saxo tenor.
Si bien ya hacía de las suyas desde joven, su debut profesional prefiere ubicarlo en el momento en el que comenzó a tocar con el cuarteto en el Club Mogador, aquella agrupación que se había conformado para tocar en el año 1961. Tiempo después armó su propio cuarteto, formado por Jorge González (contrabajo), Néstor Astarita (batería) y Gustavo Kerestesachi (piano), con el que registró su primer disco como líder, titulado “Jazz en Embassy” (1965). Existe un álbum previo de Anders, pero no como líder. Fue en 1964, cuando reemplazó a su amigo Hugo Pierre. Allí tocó el saxo alto para el quinteto de Santiago Giacobbe. La lista de colaboraciones no se detuvo allí, ya que también grabó (esta vez con el saxo tenor) con Osvaldo “Pichi” Mazzei (1966), Rubén López Furst (1966) y Alfredo Remus (1968 y 1970). Su producción propia tampoco decayó. En 1971 grabó dos discos muy distintos. Por un lado, salió a la venta “Jorge Anders y su orquesta” -donde lideraba su propia big band– y, por el otro, vio la luz “Quinteplus”. La particularidad de este último álbum fue que todos los temas fueron escritos por sus músicos (González, Giacobbe, Carlos Lapouble y Gustavo Bergalli). “Un día apareció el Negro González y nos dijo: ‘Muchachos, ¿por qué no dejamos por un tiempo de tocar ‘Las hojas muertas’ y nos ponemos a componer nuestros propios temas?’. El único que entonces lo hacía en el jazz argentino era Rodolfo Alchourrón. Y nos largamos a componer”, le contó en una entrevista a Sergio Pujol. No obstante, nada de eso pudo haber sucedido. En ese mismo año, un accidente aéreo pudo terminar con su vida. “En Córdoba se iba abajo el avión. La gente lloraba y rezaba. Yo, por alguna razón, estaba tranquilo porque sabía si chocábamos no iba a quedar nada”, recordó a Animales del Jazz. Por suerte, el destino tenía preparado otro camino. En 1972 y 1973 hizo dos recordadas grabaciones para el sello Redondel, una junto a la cantante Lois Blue y la otra con el guitarrista Oscar Alemán. Para el año 1976, Jorge Anders ya era toda una eminencia. Y sabía perfectamente cuál era la manera de hacer las cosas. Por eso grabó junto a su cuarteto (que contó con la presencia de Jorge Navarro en piano) el disco “Como tiene que ser”. Fue uno de los últimos registros antes de partir a Estados Unidos.

Viaje al coranzón del jazz
Los motivos que lo empujaron a salir del país que lo vio nacer fueron varios. La dictadura reinante en 1979 y cuestiones personales lo impulsaron al cambio. También pesaron las del índole musical. Fue después de un concierto cuando alguien le dijo “bueno Maestro, hay que irse de acá, porque acá vas a repetir lo que hiciste, pero peor”. Así, pese a que venía trabajando en varios lugares (en el Teatro Embassy, en el primer Jazz & Pop y en lo que ahora es Acqua Records) y tras haber realizado un gran concierto en el Teatro Coliseo con 35 músicos en escena, decidió partir hacia la meca del jazz. ¿Estaba preparado? Tal vez no tanto. “Llegué a Estados Unidos sin inglés, porque nunca pensé realmente irme de la Argentina”, recordó. Sin manejar el idioma, se las arregló igual. Instalado en Nueva York, conoció al saxofonista Mario Rivera (que tocaba en barítono en la orquesta de Tito Puente), que fue quien le consiguió su primer ensayo en tierra norteamericana. A los dos meses de su arribo, estaba a punto de comandar una nueva orquesta, pero había algo que le preocupaba: “Estaba en el horno, no podía hablar en un ensayo”, explicó. Es difícil creer que un director no se pueda comunicar con sus músicos. Aunque las cosas no le fueron tan mal esa primera vez. El trompetista Jon Faddis, que era uno de los músicos de la partida, se le acercó después del ensayo y, tras verlo cabizbajo, le preguntó qué le pasaba. “No puedo hablar”, cuenta que le dijo Anders, a lo que Faddis le contestó: “¿De qué querés hablar? No tenés nada que hablar. Recién llegás y es un idioma difícil. Pero vos tenés lo más importante que tiene que tener un músico de jazz: tenés la música”. Esas fueron las palabras que lo empujaron a seguir. Un tiempo después, dio un gran salto: comenzó a trabajar como instrumentista y arreglador en la orquesta del legendario Edward Ellington. La banda había continuado su labor luego de la muerte del Duke (el 24 de mayo de 1974) gracias a su hijo, Mercer, que fue quien contrató al Maestro. En aquellos años se las ingenió para continuar con su agrupación y para hacer arreglos para el baterista Butch Miles. Y lo hizo tan bien que estuvo a punto de lograr un cambio superador: integrar la orquesta de Willian Count Basie. En una de las presentaciones, se le acercaron y le dijeron: “Escribiste bien, porque si Freddy Green sonríe es porque la orquesta está bien”. Green, que era el guitarrista de la agrupación de Count y que integraba la banda de Butch, se le acercó al final y le hizo la propuesta: “¿Querés venir con Basie?”. Hubiese sido un orgullo decirle que sí, pero tuvo que rechazarla. Todavía tenía contrato con Ellington y, si algo quedó claro de esa anécdota, es que para Anders los contratos hay que cumplirlos. Para 1987, año en que dejó la banda de Ellington para dedicarse 100% a su propia orquesta, Basie había fallecido. Para colmo, Mercer se enojó mucho cuando decidió abandonar la orquesta. “Él esperaba que renueve contrato por cinco años más”, sostuvo y añadió: “Me dijo: ‘a vos la orquesta de Ellington no te alcanza’”. No era cierto. Jorge sabía que había terminado un ciclo. Su contrato estaba cumplido y necesitaba seguir adelante con sus propios proyectos. Además, había sumado una basta experiencia para estar al frente definitivamente de su orquesta. Rememorando las cualidades de sus ídolos, Duke y Count, fue que el Maestro lanzó nuevas enseñanzas. Esta vez, relacionada con los elementos que debe tener una buena banda. “Tenés que tener la música, talento para componer y swing. El jazz sin swing, es música muerta, no existe sin swing. Es la música más aburrida de la historia. Prefiero la peor banda de rock que una banda de jazz sin swing”, fueron sus tajantes declaraciones y recordó lo que decía Basie al respecto: “El jazz es como una casa: primero las bases, después el edificio y después la azotea. La base es el ritmo, después los acordes y arriba la melodía”. A eso le sumó unos consejos para ser un buen líder. El factor humano es vital, según sus palabras. Por eso es importante que la relación con el músico vaya más allá. “La parte personal es la más importante, porque hay que conectarse”, advirtió. Las actitudes paternalistas que adoptó a lo largo de su carrera le dieron buenos resultados. “Soy abierto. Si el músico me quiere hablar, lo escucho. Realmente escucho. Y pongo mi experiencia a su disposición”, explica aunque aclara: “Todo en el marco de una gran eficiencia musical, eso no puede fallar”. También considera importante entender rápidamente qué lugar puede ocupar cada uno de los integrantes. “Si a un músico que toca muchos solos, lo tenés sentado leyendo música, se va a ir. Tenés que avivarte de quién es quién y darle a cada uno lo que tiene que hacer”, aclaró y concluyó: “Es un arte dentro de otro arte”.

Volver y después
En Estados Unidos no sólo grabó más de diez discos -con orquesta y cuarteto-, sino que también conoció a su actual pareja, Maryanne Murray, con quien lleva ya once años de convivencia. La conoció en un after office, en Nueva York. Jorge, como no podía ser de otra manera, estaba tocando con unos amigos. Hacía tango, pero le imponía su impronta jazzera. Murray, que además de enfermera era cantante, descubrió sus trucos musicales. Y eso lo cautivó. Juntos registraron “In the Neighborhood” (2009), con canciones propias y algún que otro standard. Maryanne fue importante para que Anders decidiera volver a la tierra que lo vio nacer, tras más de tres décadas de ausencias. “Yo quería ir a París, pero ella me dijo ‘vamos a Buenos Aires, que me gusta Argentina’. Ella me trajo”, contó el Maestro. Pese a que las cosas no le estaban yendo nada mal, Anders explicó que ya no estaba disponible para salir de giras, que es parte vital de la carrera de músico. “Físicamente no podés viajar, porque no te da el cuerpo. Después de los 60, baja la temperatura”, reconoció. Así que habló con su amigo Hugo Pierre y le contó su deseo de volver. En tres días, ya tenía una orquesta armada para que pueda reinstalarse haciendo lo que más le gustaba: dirigir. De los músicos que tocaron con él en la primera agrupación quedaron pocos. Muchos tuvieron otros compromisos y proyectos. Y él no era quien para retenerlos. Así como se despidió de Mercer, Jorge sabe cuándo debe dejar partir a sus músicos. “Mercer quería un músico para toda la vida. Yo no. Y tampoco le exigiría a un músico mío que esté toda la vida con mi orquesta”, explicó. Hoy en día, no obstante, logró reunir a los músicos que más les gusta. Su orquesta se presenta los jueves en Notorious (Av. Callao 966) a partir de las 21.30 horas (en mayo, resta la función del próximo 26, mientras que el mes que viene sonará el 16 y el 30). Tal vez la mejor enseñanza sea la de verlo en acción. Da gusto ver a Anders frente a los que son la orquesta titular (con algunas variaciones, de vez en cuando), con Miguel Ángel Tallarita, Federico Fernández, Santiago Costanza, Julián López Di Muro (trompetas), Hugo Gervini, Laura Molina, Miguel Píccolo (trombones), Mauricio Deambrosi (saxo alto), Juan Presas (saxo tenor), Hernán Galiano (saxo tenor), Marcelo Garófalo (saxo barítono), Alejandro Kalinoski (piano), Juan Bayón (contrabajo), Damián Carrasco (batería) y Murray (que le da vida a las canciones que interpreta con su dulce voz). Lo que se puede apreciar en el lugar, se puede resumir en una sola palabra: swing.
Uno podría pensar que lo tiene todo: una carrera exitosa, una orquesta que tiene un sonido demoledor y que para colmo está integrada por parte de su familia. ¿Qué más podría pedir? Bueno, siempre hay algo más. Casi al finalizar la charla, deslizó: “El próximo esfuerzo es para ir al Teatro Colón”. Las vueltas de la vida lo llevó a desear tocar en el lugar que rechazó de joven. Claro que no sería de la misma manera. Llegar al Colón con su orquesta será el mejor tributo que le puede dar a Martorella, ya que estaría en el teatro más importante del país como su mentor lo deseó, aunque siendo fiel a su estilo. Sería como cerrar el círculo como al Maestro le gusta: tocando jazz.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com