20160924_002630El pasado 23 de septiembre, en el sótano de un restaurante cercano al Parque Rodó de Montevideo (Uruguay), se presentó por primera vez el cuarteto que dirige Héctor “Finito” Bingert. El saxofonista uruguayo es de esas personas que tienen mucho para contar. Parte de su historia la transmite entre canción y canción. Con un gran manejo del espectáculo, y como si el público no estuviera metido en su bolsillo desde el primer momento que suena su tenor Selmer, se da el gusto de decir algunos chistes. “Siempre quise hacer stand up, pero en mi casa no se reía nadie. Tendría que haber venido acá”, se sincera y hace reír a más de uno. También explicó el por qué de su apodo, siempre en clave de humor: “Era tan flaco que para que vieran que llegué a algún lugar tenía que entrar dos veces”. Otra vez risas. En la cava del Blanes todo fue jazz y sonrisas. Pasaron grandes standars de John Coltrane, algo de bossa nova y hasta “Europa”, el tema que popularizó Leandro “Gato” Barbieri. La química que hubo entre Finito, Sebastián Zinola (piano), Ignacio Correa (bajo) y Jorge Rodríguez Stark (batería) fue verdaderamente atrapante y el público recién se retiró del lugar cuando los músicos aseguraron que no les quedaban temas para tocar.
Unos días después del debut del “Blanes Jazz Cuarteto”, Bingert tuvo la amabilidad de conversar con Animales del Jazz y contó algo más sobre su larga historia como músico, aquella que comenzó cuando era apenas un niño de 6 años y su padre le compró un violín. “No me preguntó si quería tocar o no. Me obligó, prácticamente”, afirmó y aclaró: “Mi padre era músico profesional y tenía conocimiento del mercado, sabía muy bien qué tipo de instrumento y de música me iba a servir como herramienta de trabajo. Él quería que sea músico profesional y lo logró”. El estudio del violín lo mantuvo por siete años, pero no fue el único instrumento que tocó. A los 10 años comenzó a practicar clarinete y poco tiempo después ya estaba tocando el saxo tenor, el instrumento que se convertiría en su fiel compañero de viaje. A los 11 años estaba trabajando profesionalmente. “Ni yo creí que eso fuera verdad. Tuve que ir al sindicato de músicos y ver los registros. Con 11 años ya tenía muchos trabajos y había contribuido a la caja de jubilación”, explicó sorprendido.
Al jazz llegó cautivado por el poeta del saxofón. “Había un disco de Dave Brubeck con Paul Desmond y me gustaba escuchar a Paul Desmond”, contó. No obstante, la cosa cambió cuando se acercó al Hot Club de Montevideo, una de las primeras que se inauguró en el sur del continente americano. “Cuando llegué al Hot Club de Montevideo, el presidente Paco Mañosa me preguntó qué escuchaba y le dije Paul Desmond. Me dijo: ‘No, vos tenés que escuchar a Charlie Parker, que es el creador del bebop‘. Ahí descubrí a Charlie Parker y empecé a orientarme en esa dirección”, recordó.
En ese lugar fue donde aprendió sobre el género sincopado. Sobre todo, de la mano de Mañosa, que era un pianista catalán que sabía mucho de jazz. “Él fue quien, prácticamente, me enseñó a tocar jazz. Me orientó. Yo tenía muchas condiciones. Escuchaba un disco y lo podía imitar. No tenía mucha dificultad para aprender rápido. Además, desde los 6 años estaba estudiando música clásica, leyendo música. Con el clarinete también. Los profesores me enseñaban música clásica, por lo que el jazz no me resultaba difícil”, señaló.

La lista, sin ABBA
El talento del saxofonista uruguayo lo llevó a compartir escenario con grandes músicos de la escena mundial. Muchos de esos momentos, esconden historias interesantes. Otras divertidas. Por ejemplo, el día del cumpleaños del rey sueco, tuvo la responsabilidad de tocar junto a Stevie Wonder… ¡el feliz cumpleaños! De la lista sobresalen nombres de la talla de Jack DeJohnette, Mel Lewis, Jimmy Cobb, Toots Thielemans, Don Menza, Lee Konitz, Friedrich Gulda, Natalie Cole, Marlene Dietrich, Eddie “Lockjaw” Davis, Sivuca y Harry “Sweets” Edison. Uno de los más importantes que le tocó hacer fue de chico, cuando el cantante Nat King Cole se presentó en Uruguay. “Ellos traían una sección rítmica, pero los vientos (la cuerda de saxofones, las trompetas y trombones) se formaban con músicos locales. Y me llamaron a mí. Con 13 años toqué con Nat King Cole. Estuvo cuatro días e hizo cuatro conciertos. Y eso me sirvió mucho en Europa”, reconoció.
20160926_134715Pero no fueron los únicos. En 1975, según recordó Finito, se formó una orquesta con músicos suecos para tocar el repertorio de Buddy Rich en un programa de televisión. Se iba a transmitir de manera directa desde un parque de diversiones. “Buddy Rich era un tipo jodido. Yo no lo sabía, pero todos los músicos suecos sí lo sabían. En un momento se acercó a la sección de saxos y preguntó quién era el solista. Todos los músicos lo señalaron. Yo me preguntaba, qué son generosos. Lo hicieron porque sabían que si a Buddy Rich no le gustaba como tocabas, te sacaba los solos. Tocamos cuatro temas y en tres fui solista. Me escuchó toda Suecia. Y al otro día ya estaban sonando los teléfonos ofreciendo trabajo. Eso me abrió las puertas”, recordó.
También compartió grabación con grandes músicos de la Argentina. “Fulgor” es el ejemplo por excelencia. En el disco participaron Baby López Furst, Jorge “Negro” González y Néstor Astarita. Todos los temas registrados fueron de Bingert. El saxofonista recordó que “se grabó entre el 73 y 74. Luego, vino un crisis del petróleo y la materia prima para hacer los discos comenzó a escasear. Entonces, no se pudo sacar el disco porque no era comercial. Utilizaban lo que tenían para cosas comerciales. Esto lo tuvo el Negro González durante más de 30 años y lo sacó ahora Melopea”. La lista de discos con argentinos puede completarse con “Rubén Rada y SOS”. En aquella agrupación estuvieron Gustavo Bergalli (trompeta) y Luis y Héctor Cerávolo (batería y piano, respectivamente). También formaron parte de la banda dos suecos: Bo Gathú (bajo) y Conny Söderlund (guitarra).
A la hora de hablar de discos, no es posible olvidar el grabado junto a la Latin Lover Big Band, en la que 16 instrumentistas fusionan jazz y candombe. El grupo fue formado por Finito en 1982 en Estocolmo. Originalmente había surgido como un cuarteto: Latin Lover.
Tal vez lo único que le faltó fue tocar con el grupo más famoso de Suecia: ABBA. El grupo inició en 1972, momentos en que Bingert volvió a Uruguay. Para cuando regresó, en 1975, ya se había disuelto. “Lo que me perdí. Todos los saxofonistas grababan con ellos. Grabaron casi todos. Y hoy en día siguen ganando guita los que grabaron por los derechos de intérpretes. Y se han formado grupos para tocar la música de ABBA y que están viajando por todo el mundo. La música de ABBA es como la de The Beatles, cada vez más popular. Eso me lo perdí”, aseguró.
Lo más reciente fue cuando tocó junto a la Jazz Lincoln Center Orchestra. “Me invitaron a tocar en un tema con ellos. Fue en el Teatro Solís de Montevideo”, explicó. Y después Winton Marsalis escribió grandes cosas de Bingert. Las palabras del trompetista fueron recordadas: “Gran paciencia, gran inspiración, fue una experiencia maravillosa haberlo escuchado. Muy bien habló de mi. Eso fue lo más lindo que me ha pasado últimamente”.

Un olímpico
En la canción “Los Olímpicos”, Jaime Ross retrató una de las realidades que viven muchos uruguayos: la necesidad de irse del país para buscar una vida mejor. Algunos con suerte, otras no tanto, lo cierto es que muchos son los que deciden abandonar el terruño para instalarse en grandes ciudades del mundo (como Colombres o Amsterdam). Bingert fue uno de ellos. Uno olímpico más que, cautivado por las películas de Ingmar Bergman, tenía la necesidad imperiosa de ir a vivir a Suecia. “Ese mundo que se puede observar en esas películas, me resultaba atractivo. Me gustaba. Estaba de acuerdo con mi personalidad, con mi manera de ser. Hay como una paz, pero hay un montón de conflictos. Los suecos evitan los conflictos, pero no los ignoran. Vive con ellos, pero los maneja de una forma pacífica, inteligente e intelectual. Toda esa trama me resultaba divertida. Siempre tenía interés en conocer Suecia”, sostuvo.
20160926_134650Si bien visitó el Viejo Continente con la Lecouna Cuban Boys en 1960, decidió regresar a Uruguay. “Me dieron ganas de volverme. Si me hubiese quedado ya hubiese estado en Suecia en el año 1960. Lamentablemente me lo perdí. Tomé una decisión mala”, dice. Sin embargo, su regreso también tenía una explicación lógica: “Extrañaba, pero ya había observado el ambiente jazzistico de Europa y consideré, como autocrítica, que necesitaba aprender más, perfeccionarme. Prácticamente, decidí volver a Uruguay para mejorar como músico de jazz y volver a Europa preparado para competir en el ambiente”. Su regreso al Viejo Continente fue en 1966. “Decidí volver a Europa por cuenta mía. Compré un pasaje. En esa época se viajaba en barco. Tenías que estar 17 días en un barco antes de llegar a destino”, contó. El viaje tenía como objetivo participar de una competencia que organizaba Friedrich Gulda en Viena y que tenía como jurados a grandes músicos de la talla de Art Farmer, J. J. Johnson y Cannonball Adderley. El resultado no fue del todo bueno. “En ese entonces estaba interesado en la forma del free jazz. Me gustaba Ornette Coleman, Archie Shepp, Eric Dolphy. Y presenté un repertorio en ese estilo, pero no fue lo más inteligente. Todo el mundo tocaba bebop… no tocaba free jazz. ¿Qué es lo que pasa con el free jazz? El jurado no puede saber si vos realmente sabés tocar sobre los acordes, sobre las armonías, porque como tocás free, podés tocar cualquier cosa”, explicó. Lejos de desilusionarse por el resultado, siguió su camino con el objetivo de tocar jazz en Suecia. Permaneció en Viena un corto tiempo, suficiente como para tocar en una jam con Joe Zawinul. Luego se trasladó a España, donde un día se reencontró con parte de la Lecouna Cuban Boys que le contaron maravillas del país de sus sueños. Habían estado hacía unos meses y volverían en breve… Pero la orquesta tenía la sección de saxos completa. Las posibilidades de ir a Suecia se paralizaban. La semana siguiente todo cambió. El manager de la banda lo llamó y le dijo “¿Querés ir? Hay un saxo que rechazó el viaje. Hay un lugar”. Obviamente, ni lo dudó. “En 1967 fuimos al sur de Suecia. Me fascinó Suecia. Me enamoré de ese país. Seguimos por Europa. Bélgica, Italia. Después volvimos el verano siguiente al Jazz Estocolmo. Y ahí sí, toqué un mes con ellos, y ya me quedé. Me empezó a ir bárbaro como músico de estudio”, indicó. Las vueltas de la vida hicieron que tuviera que dejar el país unos años después. “Falleció mi padre, en 1970, y tuve que viajar en Montevideo. Me pensaba quedar una semana o dos, y me quedé cinco años. Mi madre había quedado sola y no quería que volviese. Yo ya tenía una familia en Suecia. Mi mujer estaba esperando nuestro primer hijo, que nació en agosto de 1970. Los traje a Uruguay y en Montevideo trabajé con una orquesta durante dos años, dos años y medio”, contó. Tiempo después, gracias a unos músicos suecos conocidos, se instaló en Buenos Aires. El bajista Bo Gathú estaba formando una orquesta y quería contar con el saxofonista. “Teníamos que preparar un repertorio de covers para debutar en el Sheraton Hotel. Me mudé a Buenos Aires y estuve ahí hasta 1975”. En ese año se disolvió el grupo y Bingert decidió volver a Suecia, donde trabajó hasta que se jubiló. En el fin de su carrera en Suecia, no obstante, le sucedió algo increíble. Estaba de gira con un grupo de jazz y en uno de esos conciertos se le acercó un señor y le dijo: “Yo tengo un saxofón Selmer y yo no voy a tocar más. Además, nunca fui profesional, siempre fui amateur, y me gustaría que lo veas”. Entusiasmado con la idea de contar con ese instrumento, aceptó la visita. Al día siguiente se vieron en el hotel donde estaba parando Bingert. El saxo estaba dañado y no lo podía probar porque le faltaba una zapatilla. Una llave estaba fuera de función. No obstante, el señor me dijo: “Me gustaría que este instrumento pasara a manos de alguien que toca”. Ni lerdo ni perezoso, Finito le preguntó: “¿Te gustaría que lo tuviese yo?”. “Me encantaría”, fue la respuesta. La transacción fue de u$s1.000, cuando cualquier Selmer no baja de u$s5.000. Incluso un coleccionista le había ofrecido esa cifra. “Yo no quiero que lo tenga un coleccionista, quiero que lo tenga un saxofonista”. Ese fue el argumento para que el comprador fuera Bingert. “Lo hice arreglar. Cuando probé ese saxo dije ‘este es el mejor saxo que toqué en mi vida’”. Y lo primero que pensó fue: “¿Por qué dios me da esta oportunidad de tener un instrumento tan lindo, cuando yo estoy prácticamente fuera de circulación? Mirá qué equivocado que estuve. Hace 5 años que no paro de tocar jazz acá. Ese es el instrumento que tenía que tener para tocar jazz. Ese saxo, sin que yo lo supiera, me vino como anillo al dedo. Me encanta ese instrumento. Es como un violín, tiene un sonido espontáneo. El saxo es como un Stradivarius para mí. Viste lo que es el destino”, explicó. Una nueva novia, esta vez uruguaya, y una casa en Suecia -donde crió a sus hijos y convivió con su ex mujer- que le quedaba grande fueron los motivos que lo empujaron a volver definitivamente. Así que vendió la propiedad y compró un departamento en Montevideo. “Tengo mis tres hijos allá y mis seis nietos. Que los voy a ver todos los años y ellos vienen acá también. Como jubilado, a mí me gusta más vivir acá”. Por eso, hablar de jubilación es un decir. Lejos de abandonar, Bingert sigue haciendo de las suyas, ahora instalado definitivamente en Montevideo. No sólo con el “Blanes Jazz Cuarteto”, con el que se presenta todos los viernes desde las en la cava del restaurante Blanes -J. M. Blanes y San Salvador, Montevideo, Uruguay-, sino que también prepara algo especial con el clarinete: pronto hará una presentación en un teatro de temas de Benny Goodman.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com