Su vida fue un verdadero infierno. Drogas, excesos, violencia. Sin embargo, bastaba con escuchar su voz para trasportarse al mismísimo reino de los cielos. Así fue la vida del ángel endemoniado, la obra de Chet Baker.

Hay mucho para contar sobre este emblemático trompetista y cantante. Pero un dato sobresale hoy en día: el 13 de mayo pasado se cumplieron 30 años de la muerte de este genial artista.

En una lejana Ámsterdam, Baker vivió sus últimos segundos de vida. El suspiro final llegó antes de caer desde el tercer piso del hotel donde estaba alojado. Su muerte, para algunos fue un misterio.

Para comprender un poco las teorías de su fallecimiento, es necesario hacer un breve repaso por su vida. Sobre todo, por su contacto directo con los dealers. Con las deudas y sus consecuencias.

Baker comenzó su carrera en California. Junto al saxofonista Gerry Mulligan se emprendió en un viaje por el cool jazz, aquella movida tranquila y relajada que creció al compás de las olas de la Costa Oeste de Estados Unidos.

Ya por aquel entonces las drogas estuvieron presentes -marihuana, sobre todo- y las consecuencias de su consumo. No hablo de la salud, sino de las leyes: por aquel entonces, los consumidores eran tratados como delincuentes.

Fue así como se quedó en poco tiempo como líder del quinteto que comandaba su colega Mulligan. El saxofonista terminó preso en momentos en el que era elegido como uno de los mejores instrumentistas.

Tiempo después llegó el turno de Baker. El ángel endemoniado comenzó a transitar un camino más pesado, más oscuro. La heroína llegó a su vida para quedarse. Para transformar el rostro del James Dean del jazz en el pergamino más antiguo de la biblioteca de Alejandría.

En el medio, otros altercados afectaron a Chet. Mientras su carrera crecía, en tiempos en los que aparecía en películas italianas, tuvo que visitar la cárcel. Sí, las drogas y sus consecuencias.

Las marcas del consumo se fueron acrecentando. Los problemas también. Dejó una deuda con personas que no perdonan los incumplimientos. Fue así como perdió los dientes y, con ellos, unos años fuera de los escenarios.

Algo más de seis años le llevó volver a tocar como lo hacía. Los dientes son fundamentales para la embocadura de una trompeta, tanto como los dedos para un pianista.

Volvió a hacer cumbre. A poner su nombre entre los más respetados del ambiente. Hasta logró llamar la atención de Bruce Weber, que llevó su vida a la pantalla grande con el documental “Let’s Get Lost”.

Sin embargo, Baker -que de manera gustosa participó de la filmación aportando su visión de los hechos- nunca pudo ver el material terminado. Su vida se terminó antes del estreno. Más precisamente, el 13 de mayo de 1988.

El mito creció.  Y, como todo mito, se habló mucho de su final. Se especuló con otro ajuste de cuentas, que terminó trágicamente con el músico volando desde el tercer piso del hotel.

Otra teoría, más romántica, dice que Baker cayó por ir a buscar su trompeta. Afirma esta historia que no le permitieron entrar y que Chet no quiso irse sin su instrumento, así que comenzó a trepar por los balcones hasta que una mala maniobra lo hizo caer al vacío.

Lo cierto es que, al menos lo que dice la versión oficial, el ángel endemoniado simplemente fue vencido por las drogas. Su habitación, vacía y cerrada por dentro, sólo tenía restos de cocaína y heroína. Su análisis de sangre confirmó el consumo.

Vencido, cayó por el balcón. No hubo un canto salvador. Tal vez su voz hubiese logrado elevarlo una vez más. Como cuando trasladaba a todos a los cielos, entonando “My Funny Valentine”.

Gonzalo Chicote