¿A dónde va el jazz?

Santa María Jazz BandMiro por la ventana de un bar en el que sólo me acompañan el mozo y el encargado. En la cocina se oye algo de ruido, aunque desconozco la cantidad de cocineros que hay. Tampoco me interesa, en realidad. El día es lluvioso. Caen gotas y en la vereda, las baldosas rotas le escupen los pies a los pocos que pasan por ahí. Suena algo en los parlantes, pero como no me gusta hago lo de siempre: tomo mi reproductor de música y pongo jazz. Me distraigo con mis pensamientos. Trato de ubicar algo que me sirva de puntapié para iniciar un texto que luego será colgado en el mundo web. Pero no sale nada. Las palabras abundan, pero los conceptos son erróneos, lúgubres, reiterativos. ¿Acaso esto es jazz? La escritura de jazz debería ser algo más abierto, tal vez. Y los escritos siempre son iguales. No sale nada distinto. ¿Se puede hacer jazz escribiendo? Pido la cuenta y salgo a caminar. La lluvia le dio paso a la llovizna y no me molesta mojarme un poco. Sólo un poco, por eso voy buscando los techos que me resguarden. Al pasar por una vidriera sucia algo me detiene. Era una casa de antigüedades donde había de todo. Muebles victorianos, grandes tomos de enciclopedias con encuadernaciones de tela que acumulan humedad y polvo, lámparas, bastones, cuadros y eso: un tocadiscos. Viene a mi mente el sonido gastado de esos discos. De las frituras que se escuchan cuando se ponen a girar y la púa que -sin saberlo quizás- le hace ese daño irreparable a cada surco, cada pista y cada canción, hasta que termina matando a Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Duke Ellington… ¿Cómo sería la música de fines del 1800 en Estados Unidos? Pensar que miles de personas escucharon alguna vez a Buddy Bolden sin saber que estaban enfrente del -quizás- primer músico de jazz. ¿Cómo sonaría? Ahora todos saben de jazz. O no. Pero les gusta simular que sí, porque se creó la idea de que si sabés de jazz, sos culto. Pero… ¿dónde empezó el jazz? En una zona de prostíbulos. En cabarets de mala muerte que habitaban un barrio pobre y con delincuencia. Hoy hasta parece que hubiese nacido en cuna de oro. La gran industria de la música convirtió la magia en dinero. Y se acabó. Hoy se puede disfrutar de Miles Davis en una colección deluxe. Seis cds + libro con fotos + dvd con el concierto en Montreux. Sin embargo, hubo un tiempo en el que ese muchachito se paseaba por las calles, buscando dónde tocar. Como otros. Sin saber en lo que se convertiría. Sólo con la necesidad de tocar, de expresarse y de sacar eso que tenían dentro. Habían chicos que no tenían instrumentos y se esforzaban por ser alguien. Dizzy Gillespie le pedía prestada la trompeta a su vecino para practicar. Charlie Parker tocó para quitarse la vergüenza que le produjo que lo echaran de un lugar por tocar “raro”. Pasaron meses, años, décadas y todo cambió. Ahora muchos llaman jazz a algo que no se sabe qué es. Y otros siguen haciendo el jazz de antes, porque no quieren reconocerle a lo que vino después de Armstrong una evolución positiva. Y ahora… ¿a dónde va el jazz? ¿Se mueve para alejarse o para acercarse? ¿Para alejarse o acercarse a qué? Tal vez a lo único, a lo irrepetible o a lo magnífico. Lo único que espero es que sea libre. Porque sin esa libertad, sin lugar a dudas, nunca va a ser jazz. No va a ser nada. Ni siquiera música.
Vuelvo a casa. Ya no llovizna. Y yo sin poder conseguir un tocadiscos que funcione. Deberá seguir esperando en su lugar el álbum de Santa María Jazz Band. Quedaré a la espera del sonido de las trompetas de Pancho Nisivoccia, Omar Oliveros y Hugo Fracassi. Once temas que fueron registrados cuando ni siquiera había nacido (más precisamente entre el 12 de diciembre de 1979 y el 5 de mayo de 1980), en los que tocaron también los trombonistas Jorge Garrote y Marcelo Ferreyra. Donde Jorge Cichero estuvo dándole a la batería, Dante Mastronardi al piano y Luis Pranzetti a la guitarra. Formando junto a Lulo Gazcón (saxo alto y clarinete), Néstor Givré (saxo alto), Ubaldo González Lanuza (saxos tenor y soprano y clarinete) y Julio Martínez (saxo tenor y clarinete) “el estilo Santa María”. Ese “sello propio” que menciona Abel Deusebio en la contratapa. En la foto del frente, los ojos cerrados del contrabajista Quique Gutiérrez de León parecen lamentarse del pecado de tener el disco y no poder escucharlo. Le pido perdón. A usted y a todos. Para rematar la escena, veo la ironía en el logo del sello RCA-Victor: un tocadiscos y un perro. Es decir, todo lo que no hay en casa. Excepto el “Swing en Buenos Aires”.

Gonzalo Chicote
animalesdeljazz@hotmail.com

2 Comentarios

  1. Que lindo Gonzalo!!!

  2. Caterina Gazcon

    28 marzo, 2019 at 12:38 pm

    Gracias por recordar a esos Grandes del jazz que formaron parte de La Santa Maria Jazz Band

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